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ALFREDO MóÓNICO NAVARRO BENÍTEZ (1868.1951)

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RICARDO Pou FERRARI

ALFREDO NAVARRO

MAESTRO DE LA CIRUGÍA URUGUAYA

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PLUS-ULTRA

EDIC

MONTEVIDEO 2015

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PLUS-ULTRA

EDICIONES

ISBN: 978-9974-XXXXXX Primera edición - XXXXXXXX

ALFREDO NAVARRO, MAESTRO DE LA CIRUGÍA URUGUAYA

O Ricardo Pou Ferrari

Queda hecho el depósito que ordena la ley Impreso en Uruguay - 2015

XXXXXXXX

Minas 1367 - Montevideo.

Queda prohibida la reproducción parcial o total de este libro, por medio de cualquier pro- ceso reprográfico o fónico, especialmente por fotocopia, microfilme, offset o mimeógrafo o cualquier otro medio mecánico o electrónico, total o parcial del presente ejemplar, con o sin finalidad de lucro, sin la autorización del autor.

Diseño de portada y armado: ge Augusto Giussi

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MAESTRO DE LA CIRUGÍA URUGUAYA

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AGRADECIMIENTOS

El autor agradece a las siguientes personas por su invalora- ble colaboración:

Dr. Fernando Mañé Garzón

Dr. Antonio Turnes

Dr. Eduardo Wilson

Dr. José María Ferrari Goudschaal Dr. Jorge Clavijo

Dr. Gonzalo Bosch

Dr. Marcelo Ruvertoni

Dr. Juan Ignacio Gil Pérez

Br. Mariángela Santurio Bibliotecóloga Amparo de los Santos

Lic. Ángel Ayestarán

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PRÓLOGO

n los últimos años la historiografía médica nacional se

ha visto enriquecida por la aparición de gran cantidad

de biografías de figuras relevantes de nuestra medici-

na. La evocación de estas personalidades, muchas de ellas reconocidas en sus tiempo pero luego opacadas por el paso del tiempo, ha permitido evitar el pasaje al olvido y ha logrado el renacimiento de un período ejemplar de la medicina uru- guaya, el constituido por la generación del 900, como lo lla- mara el maestro de la historia de la medicina uruguaya, el Prof. Fernando Mañé Garzón. Sin duda la contribución mayor a este proceso le corresponde al propio Mañé, directamente a través de su inmensa obra personal y, en forma indirecta, a través de la producción de sus discípulos, entre los cuales se destaca el autor de este libro, el Dr. Ricardo Pou Ferrari.

Entre tantas biografías, había una llamativa ausencia: la del Dr. Alfredo Navarro Benítez, primordial figura de la ciru- gía uruguaya y actor principal de la Facultad de Medicina, en la cual ejerció docencia durante más de medio siglo. Aunque son abundantes las menciones apologéticas, o las tangenciales al abordar otros temas, solo Jorge Lockhart lo presenta como tema central en el primer tomo de “Médicos Uruguayos Ejemplares” de Horacio Gutiérrez Blanco. Afortunadamente, este libro viene a llenar con creces esa ausencia. El autor analiza, cuando co- rresponde en forma detallada, diversos aspectos de su vida y su

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persona. No es la crónica de una vida agotando el transcurso temporal, sino una aproximación a la persona, omitiendo epi- sodios carentes de trascendencia, buscando aquellos que real- mente significaron un impacto. El lector habrá de sentir que este personaje, a veces tajante y cáustico en sus dichos, es un ser que por su inteligencia provoca admiración; por su laboriosi- dad, reconocimiento; y por su firmeza, respeto. Es este un logro del autor del libro, consecuencia del profundo conocimiento y comprensión que fue adquiriendo del biografiado, a quien no conoció personalmente, y de su excepcional capacidad para elaborar una narración amena, fluida y de elevada calidad, a la que sus anteriores publicaciones nos han acostumbrado. Tuvo el especial cuidado de incluir la extensa y variada bibliografía de Navarro y, en los anexos, textos del propio Navarro y de sus contemporáneos, reveladores de su pensamiento universitario, así como las críticas que en un momento de su vida recibió de los estudiantes de medicina. Toma cuerpo así un excepcional docente vocacional, un organizador universitario, un cirujano aguerrido, eficiente y respetado. “Todo ello fundamenta y otorga total validez a la afirmación del autor: “La influencia de Navarro

sobre la Cirugía uruguaya solo puede compararse con la de Soca en Medicina”.

El libro consta de 43 capítulos y 18 anexos. En los primeros capítulos se destaca la formación médica de Navarro en París, con sus maestros, sus compañeros de estudio y su tesis de doc- torado. Esta etapa, intensamente vivida, dejó una indeleble im- pronta en el entonces joven estudiante, que se manifestó en la francofilia que ostentó hasta el fin de su vida, y que explicitó tantas veces, como la señalada por Pou Ferrari al referirse al dis- curso de bienvenida pronunciado por Navarro en julio de 1923, con motivo de la visita del Prof. Henri Vaquez a Montevideo.

Luego de retornar a su país, junto con la docencia en la Facultad de Medicina y su actividad profesional, Navarro inte- gró el Consejo de Enseñanza Secundaria y Superior, presidido inicialmente por Alfredo Vásquez Acevedo y luego por su primo

Eduardo Acevedo, desde 1895 hasta abril de 1907. Los dos últi-

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mos años coincidieron con su primer decanato de la Facultad de Medicina. Este período de la vida de Navarro, poco conocido, está prolijamente documentado por Pou Ferrari. En los años que participó de la dirección del Consejo, se aprobó la creación de los liceos departamentales, de la Facultad de Veterinaria y de la Facultad de Agronomía. Navarro, en especial durante los dos años de su decanato, que coincidieron con los del rectorado de Eduardo Acevedo, encontró una gran coincidencia de sus ideas con las del Rector, estableciéndose entre ellos un vínculo armonioso y de recíproco respeto. En este sentido, Pou Ferrari cita el informe del Rector Acevedo de 1906 con sus reiteradas y elogiosas referencias al plan de estudio de Navarro:

“Dos reformas fundamentales ha planeado el doctor Navarro... Una de ellas está destinada a ensanchar el cuerpo enseñante, me- diante la incorporación de jóvenes médicos, bajo forma de profesores agregados, que dictarán los cursos teóricos, mientras que los pro- fesores ya hechos se consagrarían a las clínicas....La otra reforma responde al propósito de organizar prácticamente la enseñanza, re- glamentar de modo eficaz y conveniente el orden y la forma de los exámenes...”

Para completar este preciso resumen de los planes de Navarro, se refiere en otra parte a la tercera reforma promovida por Navarro, la creación de los institutos de Química, Anatomía y Fisiología. Recuerda que Navarro había sintetizado los objeti- vos de los nuevos institutos de la siguiente manera:

“10) Llenar los fines de la enseñanza y para eso hay que dejar bien establecido que será Director de cada instituto el profesor de la materia correspondiente en la Facultad: el Director tendrá, pues, directamente a su cargo la enseñanza de la materia....20 Crear un centro científico del cual puedan salir trabajos originales y donde se formen hombres de laboratorio, sin los cuales la medicina moderna no puede llenar su cometido”.

Este plan reformista, abarcativo de las ciencias básicas a tra- vés de los institutos, compartido y defendido por el Rector y el Decano de Medicina, explica la renuncia de Navarro al de-

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canato al conocerse la decisión de Acevedo de renunciar como Rector ante la inminente aprobación de la nueva Ley Orgánica de la Universidad sin consulta previa a las autoridades universi- tarias. Escribió Navarro en la nota de renuncia:

“....Durante todo mi Decanato yo he encontrado en el Sr. Rector el más franco y decidido apoyo a todo lo que he emprendido en la Facultad de Medicina, y he tratado, en la medida de mis fuerzas, de colaborar en la labor intensa que distinguirá particular- mente su Rectorado: a esa labor que le ha hecho crear tantas cosas de primera importancia en nuestra Universidad y que hará que en el futuro, cuando pasen las pasiones del momento, se haga justicia a su obra meritoria.... Á esa obra, toda personal de Ud., yo he pres- tado como miembro del H. Consejo, el más decidido apoyo....yo he sido uno de sus colaboradores directos y considero, en consecuencia, que cuando, por razones fundamentales, Ud. se retira, debemos de hacerlo igualmente los que hemos aceptado y apoyado su obra”.

De los tres decanatos de Navarro (1905-1907, 1928-1930 y 1930-1933), el primero fue el más fructífero, el que introdu- jo las reformas ya mencionadas. Los restantes también aporta- ron positivamente a la Facultad: Se aprobó un nuevo plan de estudios, se crearon el Instituto de Medicina Experimental, la Facultad de Química y Farmacia y el Instituto de Pediatría. Pero fue durante ellos que se fue gestando una progresiva oposición a sus planteos, como lo hace vislumbrar Pou en su relato, en el que en ese momento prima la parquedad.

La labor docente cumplida por Navarro en la Facultad a partir de 1895 y hasta su renuncia como Profesor de Clínica Quirúrgica en 1945 es analizada por Pou Ferrari desde distintos puntos de vista: sus informes anuales al Decanato, sus investiga- ciones y publicaciones, la formación de una escuela quirúrgica trascendente, la significación del llamado “Día de Navarro” en 1926, a los 30 años de profesorado, evento excepcional en la his- toria de la Facultad, de formidable convocatoria, y el Homenaje de 1944 a los 50 años de recibido su título de médico en París.

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Merece destacarse el rescate de las palabras de homenaje de 1926. Estas manifestaciones ayudan fuertemente al cono- cimiento cabal de Navarro como ser humano, en particular el discurso de José Irureta Goyena, del que acertadamente afirma Pou Ferrari:

“Es un retrato psicológico de Navarro como quizás nadie, ni antes ni después, lo haya logrado, en el que se disfruta de la destreza retórica a medida que su autor va desarrollando la exposición”.

No deje el lector de prestar atención a este discurso, que aun abreviado, no pierde su encanto.

La inesperada irrupción de Navarro en la política nacional en 1933, fomentando y apoyando a Gabriel Terra en su golpe de estado, fue desafortunada y ha sido tratada en forma desa- pasionada por el autor. La supuesta candidez política esgrimida como atenuante, no se compadece con los actos asumidos por Navarro en esa ocasión, que lo ubicaron primero como figura emblemática de la “alianza marzista” de apoyo a Terra, y pos- teriormente, aprobada la nueva constitución, como vicepresi- dente de Terra a partir de junio de 1934. No obstante, en los siguientes años su entusiasmo fue declinando, al mismo tiempo que crecían y se hacían sentir las críticas de los estudiantes de medicina. Los mismos que lo habían impulsado a aceptar el decanato en 1928, ahora lo denostaban. La opinión estudiantil queda bien reflejada en los anexos, donde se reproducen artícu- los de “El Estudiante Libre” de 1933, entre los cuales sobresale el titulado “Pobre viejo Navarro”. En marzo de 1938 finalizaba su actuación en política, a la que jamás volvería.

Navarro siguió siendo Profesor de Clínica Quirúrgica. Ya no era el mismo y la Facultad, en especial los estudiantes, tampo- co. Pero siguió siendo para sus múltiples discípulos, el Maestro. Hasta que en abril de 1945 resolvió renunciar en forma in- declinable a su cargo. Al aceptar su renuncia, el Consejo dejó constancia de su reconocimiento por más de medio siglo de do- cencia y lo designó director honorario del Instituto de Cirugía Experimental, por él creado, para continuar sus investigaciones.

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El autor del libro, en sus consideraciones finales, afirma y a la vez se pregunta:

“Navarro, desde su prematura actuación como vocal del Consejo de Enseñanza Secundaria y Superior, pasando por sus tres Decanatos, tuvo gran preocupación y dedicación por los aspectos pedagógicos ¿Qué había que enseñar? ¿Cómo y quiénes habían de hacerlo? ¿Cómo pasar de la simple información —poblada de ideas sueltas— a la formación —conjunto armónico de conocimientos y capacidades— que hicieran del profesional alguien capaz de conti- nuar aprendiendo y adaptándose según el signo de los tiempos? ¿De qué modo asegurarse de que la antorcha pasara de generación en generación?”

El propio autor, a través del libro, se responde a mismo: Navarro tuvo respuestas para todas estas preguntas y supo apli- carlas. La trasmisión de sus enseñanzas por sus discípulos, en particular por su más encumbrado alumno, Pedro Larghero, a futuras generaciones, y la persistencia de su recuerdo, parecen demostrar que Navarro, en esas respuestas, no se equivocó.

Eduardo Wilson

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Vita, si uti scias, longa est.

Seneca: De brevitate vitae ad Paulinus.

INTRODUCCIÓN

a historia de la Cirugía uruguaya no estaría completa sin la biografía de uno de sus más eximios Maestros: el Profesor Alfredo Navarro Benítez. Su actuación marca una época que se suma a la impronta dejada por los precursores y planta los cimientos de las escuelas por venir, pero además, una inflexión entre ambas: la vieja y la nueva cirugía

Fue Navarro el último de los profesores uruguayos forma- dos exclusivamente en París, señalando la atenuación -si bien no el fin- de la influencia de la cultura francesa sobre la uruguaya. Singular influjo, que dio origen a generaciones de “afrancesa- dos” -que hablaban y pensaban en idioma galo-, las que con- taron incluso con tres grandes poetas franco-uruguayos. En lo que a Medicina se refiere, esa tradición se inicia con los médicos emigrantes de dicha nacionalidad que actuaron en nuestro te- rritorio y culmina con el primer médico académico uruguayo, Teodoro Miguel Vilardebó (1803-1857) y la pléyade de compa- triotas que siguieron igual derrotero. Hasta bien entrada la se- gunda mitad del siglo XX, continuábamos leyendo en su idioma original los tratados de Anatomía de Testut, Grégoire, Poirier y Rouviére, entre otros; seguíamos estudiando Patología quirúr-

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gica en la colección de los “Agregados franceses” y utilizábamos términos acuñados del francés para describir, por ejemplo, los signos semiológicos.

Fue también Navarro el postrero de los “patrones”, que se mantuvo medio siglo en la cátedra con los rasgos de un Maestro.

No obstante lo mucho que se ha hablado y escrito sobre él, la mayoría de los comentarios son elogios que no captan ínte- gralmente la magnitud del personaje o carecen de la perspectiva histórica necesaria para ser ecuánimes y valiosos.

Estudiar su obra científica no es fácil. A través de los años reitera los temas; parece repetirse cuando en realidad los en- riquece, buscando comprobaciones anatómicas, fisiológicas y patológicas complementarias que justifiquen las hipótesis y tratamientos que sobre ellos propone. Por eso, hemos optado, fuera de lo que se acostumbra, por ir presentando sus trabajos a lo largo de la biografía, dado que los mismos están indefectible- mente unidos a su evolución intelectual. Presentamos además una lista de los mismos en orden cronológico, según es tradición en este tipo de obras.

En ésta como en otras publicaciones, surge la evidente no- ción de que en torno a 1900 existió un grupo de personas, de extracción e intereses diversos, que tuvo en común la convicción de la supremacía de la educación, la necesidad de trabajar por el mejoramiento de aspectos hasta entonces descuidados de la rea- lidad -en especial sociales-, cuyos miembros fueron tolerantes y generosos -con su tiempo y con su dinero- y que se nuclearon -y este es un concepto que introducimos- en torno a la figura señera de Alfredo Vásquez Acevedo (1844-1923). Navarro for- parte de esa generación y es muy elocuente la definición que hace de ella en el discurso pronunciado en 1925 en ocasión del homenaje al gran jurisconsulto, al cual remitimos al lector.'

1 Ver Capítulo XXVI .

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Aspiramos a que este apunte biográfico agregue algunos trazos a la ya larga y rica tradición en tal sentido que caracteriza a nuestra Escuela de Historia de la Medicina, bajo la guía y el estímulo del Profesor Fernando Mañé Garzón.

ADVERTENCIA

La presente no es una obra original, simplemente procura reunir en forma sistemática los documentos referidos a Alfredo Navarro Benítez, con algunos comentarios al margen (muchos de ellos referentes a su obra médica que no interesarán sino a los colegas), al tiempo que glosar textos de historiadores nacionales contemporáneos, que ayuden a comprender su circunstancia vi- tal. Otros se encargarán de insertar estos datos en la trama de la historia de nuestra Medicina.

Reproducimos una serie de caricaturas de personajes del Uruguay de la época entre siglos, existente en el Departamento de Historia de la Medicina de la Facultad, de autor desconoci- do, por considerar que tienen, además del significado documen- tal, un notable valor plástico.

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BOSQUEJO DE LA FIGURA DE NAVARRO

ersonalidad multifacética, de rasgos definidos, durante

el prolongado período de su vida profesional Navarro

desarrolló significativas concepciones técnicas, uni-

versitarias y políticas. Así lo han reconocido sucesivos comentaristas en ocasión de los numerosos homenajes que se le dedicaron, antes y después de su desaparición física, dando su nombre a una sala del Hospital Maciel y a una avenida de Montevideo.

La figura de Navarro y su temperamento surgen gradual- mente a medida que se reúnen las anécdotas que recoge la tradi- ción, así como sus escritos y alocuciones públicas.

De estatura baja, complexión fornida, conservó un aire juvenil, casi aniñado. Constantemente inquieto, con energía y disposición para emprender tareas disímiles; curiosidad omní- vora, espíritu de estudio y trabajo. Bien lo muestra la caricatura que reproducimos (Fig. 1), que lo representa en un carruaje de cuya ventanilla sólo asoma una cabeza inclinada sobre un libro, leyendo mientras va de una ocupación a otra.

Cabellos desordenados, prematuramente entrecanos; bigote frondoso; ceño fruncido y facies severa.

Vestimenta algo desaliñada, como si no hubiera tenido tiempo para dedicar una mirada al espejo o terminar de acica- larse entre intervención e intervención.

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Inusual capacidad para verbalizar ideas y observaciones. Iba esto a la par con una gesticulación expresiva. Su pronunciación guardaba reminiscencias del francés, intercalando palabras en este idioma; Francia “le había formado el intelecto pero le ha- bía robado el corazón y la lengua”, dijo al respecto José Irureta

Goyena (1874-1947).*

Se expresaba con énfasis que a veces parecía irritación o agresividad, pero que en realidad sólo implicaba el propósito de transmitir convicción, seguridad y pasión. Guardaba la suavidad para el trato con los enfermos, lo que hacía incansablemente.

De pasmosa destreza quirúrgica y gran rapidez para resol- ver problemas clínicos complejos, fue objeto de la admiración de sus colegas.

Era un gran “hacedor”;? sus más de ochenta años de vida no supieron de descansos ni distracciones, lo que en parte expli- ca el vertiginoso ascenso desde una situación inicialmente mo- desta al pedestal de Maestro indiscutido de la Cirugía urugua- ya. Algunos lo tenían por el “pendant” de Américo Ricaldoni (1867-1928): Navarro en Cirugía, el segundo en Medicina. El discurso de éste último, pronunciado en el homenaje de 1926,* es por demás elocuente en tal sentido: Ricaldoni traza el perfil de su colega como una imagen especular del suyo propio y así demuestra la complementariedad y unidad que han de tener las dos ramas del arte de curar.

Los discípulos -tal el caso de Lorenzo Mérola (1880-1935)- 5 señalaron la capacidad de Navarro para sugerirles trabajos científicos y guiarlos a través de la enmarañada selva de los he- chos clínicos, bosquejando con claridad diagnóstico, pronósti- co y tratamiento, además de las hipótesis que el caso sugería. También, la capacitación práctica, que les impartía por medio de indicaciones precisas, enseñándoles desde el vendaje, la in-

2 Irureta Goyena, J. Discurso, en: Homenaje, (1927), op cit: 75-84. 3 Tomo prestado este término, que me parece felizmente expresivo, de la obra del Dr. Augusto Soiza Larrosa. 4 Ricaldoni, Américo . Discurso, en: Homenaje al Profesor... (1927): 47-53. 5 Mérola, L. Discurso, en Homenaje (1927), op cit: 93-101. 20

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cisión y la sutura, hasta las maniobras quirúrgicas más compli- cadas. Esto revelaba un dominio absoluto de todos los aspectos que importan al éxito de la cirugía, adquiridos como estudiante y acrecidos a través de una práctica asidua y de lecturas incesan- tes. La anatomía topográfica o quirúrgica en primer lugar, pero también la fisiología y la patología. En todas estas disciplinas Navarro fue dejando sus huellas en cada uno de los firmes pasos de su fulgurante carrera docente, que rápidamente culminó en la Cátedra de Clínica quirúrgica.

Ciertas aristas de su personalidad han dado lugar a sutiles ironías por parte de comentaristas bien intencionados: su afi- ción por el ajedrez (en partidas con los subalternos que siempre él debía ganar)” (Figura 2), su frustrada vocación de estratega militar, la aparente dureza en el trato, la constante inquietud, la incansable búsqueda de solución a los problemas más diversos. Como proclamaba Irureta Goyena en el ya referido discurso, luego de enunciar cada una de sus excentricidades: “¡Hay que perdonarlo! Son las facetas de un genio”.

Algunos historiadores de la Medicina han afirmado que Alfonso Lamas (1867-1954), su colega y “contrincante” polí- tico, fue quien dio origen a la mayoría de las escuelas quirúr- gicas uruguayas. Quizás por su carisma, haya sido más patente el impacto intelectual sobre sus alumnos y continuadores de estos. Sin embargo, Navarro forjó personalidades quirúrgicas de gran relieve, algunas desaparecidas prematuramente, como fue el caso de Francisco Ruvertoni (1884-1936), primer ciru- jano del Instituto de Neurología; otras, como Horacio García Lagos (1873-1956), de más notoria actuación en el ámbito pri- vado (Hospital Británico). No obstante, el lazo de unión más fuerte entre Navarro y la cirugía nacional del futuro fue Pedro Larghero Ybarz (1901-1963), alumno suyo tardío y uno de los grandes quirurgos uruguayos de todos los tiempos. Como prue- ba de tal afirmación, el que esto escribe recuerda las palabras de quien fuera su iniciador en cirugía, Luis María Bosch del Marco

6 Ricaldoni, A. Discurso en: Homenaje (1926), op cit:

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(1912-1983), que evocaba frecuente y fervorosamente a sus dos maestros: Navarro

y Larghero.

Navarro creó a su al- rededor una atmósfera de esfuerzo, rigor científico y crítica constructiva, am- biente del que se nutrie- ron sucesivas generaciones que llegan hasta nuestros días. Sus principales rasgos pueden sintetizarse en los siguientes puntos: preemi- nencia de la clínica; im- portancia de la oportuna indicación; pulcritud en la técnica; seguimiento del

Figura 2. Navarro jugando al ajedrez. Ruverto- paciente; evaluación de las

ni observa la partida. Archivo del Dr. Eduardo consecuencias del acto qui- Wilson. rd : rúrgico sobre el organismo

considerado como un todo; jerarquía de la anatomía patológica; un lugar destacado para la experimentación fisiopatológica.

Según creemos, sólo tuvo Navarro -sin contar al ya men- cionado Lamas y el inseparable colaborador de éste, Luis P. Mondino (1867-1957)- una figura de envergadura que pudiera comparársele en la cirugía de ese tiempo: Enrique Pouey (1858- 1939), excompañero suyo de estudios en París. Diez años ma- yor, retornó a Montevideo en 1888, luego de cursar la carrera íntegramente de nuevo en la capital francesa. Fue, al decir de Velarde Pérez Fontana (1897-1975), el “organizador” de la ci- rugía nacional.” Su actuación inicial se superpuso a la última etapa de la de José Pugnalin (1840-1900), “precursor”, según el adjetivo que Augusto Turenne (1870-1948) le adjudicó a éste

7 Pérez Fontana, Velarde . Andreas Vesalius bruxellensis, Montevideo, MSP, 1963.

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último.* Pouey trajo al país y popularizó la cirugía laparotómica (Fla nueva cirugía”), en particular ginecológica, pero también biliar y gástrica; incursionó además ocasionalmente en aspectos tan ajenos a su especialidad como la neurocirugía. Por lejos, éste y su alumno Luis P. Bottaro (1868-1947) fueron los tempranos impulsores de la cirugía abdominal. Basta comparar -como lo hicimos en su oportunidad con Mañé Garzón” los porcentajes de laparotomías en relación al total de intervenciones practica- das por los antes nombrados con los otros servicios quirúrgicos del hospital de Caridad. Le siguen las casuísticas de: Alfonso Lamas, el propio Navarro, Gerardo Arrizabalaga (1869-1930), Luis P. Lenguas (1862-1932) y otra gran figura aún histórica- mente poco estudiada, Jaime H. Oliver.

No obstante la tendencia de Navarro, en su carácter de cirujano general, a tratar casos de Patología externa y su ini- cial predilección por la urología y la traumatología, a partir de su arribo a Montevideo, paralelamente a los protoginecólogos nombrados, practicó él también la “nueva cirugía”, abocándose a intervenciones abdominales y torácicas complejas e incluso neuroquirúrgicas, como se verá más adelante. Sin embargo, si examinamos sus publicaciones tardías, de los años 30 y 40, la primera temática vuelve a tener preeminencia.' Sus alumnos siguieron esta directriz, como puede verse por los temas de las Tesis y Monografías de Agregación de Mérola, Larghero y del propio Abel ChifHet (1904-1969), quien sensu stricto no perte-

neció a su escuela, pero recibió su influjo.''

Detrás de las publicaciones de Navarro queda un amplio cono de sombra: sus actuaciones privadas, primero en domici- lio y más tarde en los sanatorios, de las que tan sólo rescatamos algunas que fueron destacadas en la prensa por la notoriedad de

8 Turenne, Augusto . Historia de la Facultad de Medicina de Montevideo: los precursores. An Fac Med (Montevideo), 1936; 21 (1-3); 5-17. 9 Pou Ferrari, R y Mañé Garzón, E Luis Pedro Lenguas, Maestro de cirujanos y pre-

cursor de la doctrina social católica en el Uruguay, Montevideo, Eltoboso, ed, 2005. 10 Ver: An Inst Clín Quir y Cir Exp, Montevideo, 1932-1944. 11 Crestanello, Francisco A. Abel ChifMet. El equilibrio entre espíritu, ciencia y arte en cirugía. Montevideo, 2012, 759 págs.

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los pacientes. Esta práctica quirúrgica fue la que paralelamente a la docencia, hizo rápidamente de Navarro un famoso y notorio referente.

La arista menos conocida y quizás más original y fecunda en consecuencias para la cultura nacional, fue la que desarrolló Navarro como dirigente universitario. La misma tuvo por es- cenario el Consejo de Enseñanza Secundaria y Superior, al que fue precozmente incorporado en 1895 y que se superpone en parte a su primer Decanato de la Facultad de Medicina. En gran medida a consecuencia de su empuje, se crearon las Facultades de Veterinaria y de Agronomía, de las que fue Decano interi- no; también se reorganizaron los cursos de Odontología y de Química y Farmacia.

Desde los sitiales antes citados tuvo ocasión de acompañar iniciativas concebidas en su mayoría por José Batlle y Ordóñez (1856-1929) y llevadas a la práctica por los Rectores de la Universidad, Alfredo Vásquez Acevedo en la última etapa de su prolongada actuación y Eduardo Acevedo Vásquez (1857-1948) durante su breve desempeño. En el Consejo, Navarro interactuó asimismo con otros integrantes de la generación del *900.

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MI

NIÑEZ Y JUVENTUD EN MONTEVIDEO (1868-1886)

Ifredo Mónico Navarro Benítez nació en Montevideo el 4 de mayo 1868. Hijo de Antonio Navarro (c 1803- c 1880), funcionario de la Comisión de Caridad y 1213 y de Juana Benítez Barreto; tenía un hermano, Gabriel (casado luego con Angélica Lussich Márquez, quizás parienta de la segunda esposa de Alfredo). Fue bautizado en la Iglesia del Reducto, '* parroquia correspondien- te al lugar de su nacimiento, que era una casa, frente por frente al Manicomio Nacional (quinta de Vilardebó), del que el padre era administrador.

Beneficencia Pública,

12 En 1855 figura como “cabo” de las salas del Hospital de Caridad (Ver: Institu- tos de Beneficencia “La América del Sur. Revista semanal de política, religión, moral, literatura, educación, ciencias y artes”, Montevideo, 1855, 1:10). En di- ciembre de 1856, cuando llegaron las primeras monjas de la orden del Huerto a ese nosocomio, está entre quienes las recibieron. Desde 1860 fue administrador -conjuntamente con el homeópata Dr. Christian Korth- de la sección Hombres del Asilo de Dementes (dependencia de la Junta Económico Administrativa de Montevideo, instalada en 1860 en la quinta de Vilardebó, donde a partir de 1867 se comenzó a construir el magnífico edificio, que hizo de él uno de los mejores hospitales en su género de Sudamérica).

13 Publicó un interesante trabajo: Navarro, Antonio . Estadística del Asilo de De- mentes, (sección Hombres). Bol Soc Cien Letr Montevideo, 1879, 3: 357.

14 Ver Anexo Documental No 1.

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Abel J. Pérez (1857-?),'* con mirada de pedagogo, refiere algunos rasgos que ayudan a comprender mejor la figura de Navarro joven:

“Fue desde sus primeros años un niño juicioso, sin esas explosiones tan comunes en su edad; era silencioso, reservado y constituía desde entonces su distracción absorbente, la lectura, que era una pasión irresistible y dominadora; en esa pasión suya, había evidentemente curiosidad; pero no frívola y banal, sino fecunda y noble, que lo impulsaba a investigar el por qué de los sucesos que se desarrollaban ante sus ojos y cuyo origen desconocido le interesaba [...] Fue un niño realmente notable por su modo de ser, por los chispazos de su inteligencia brillan- te, destacándose con acentuados rasgos propios entre los com- pañeros de su generación, en que no escaseaban, seguramente, los elementos distinguidos. Confirma esta apreciación el hecho de que siendo casi un niño, cuando realizaba sus estudios de preparatorios, fueron tan brillantes sus exámenes de historia y de filosofía, asignaturas que lo apasionaban, especialmente la historia, que premiando justicieramente aquel triunfo le- gítimamente conquistado, entró de inmediato a formar parte de los tribunales examinadores de esas materias, no obstan- te su poca edad. Su gran pasión de estudiante, sin embargo, que perdura aún |...) fue la historia, a la que dedicaba su preferente atención, empeñándose concienzudamente en una absorbente tarea de investigador, buscando siempre en los su- cesos culminantes, al través de los siglos, la explicación de los grandes dramas y de los profundos misterios que llenan sus páginas, y en los que se encuentra, con frecuencia, la solución de los múltiples problemas que ofrece a la atención de los es- tudiosos el desarrollo de la civilización humana. Por la índole de estas aficiones [...] los amigos de su familia [...] se empe- ñaban en que el joven estudiante se dedicara al estudio del Derecho, convencidos que se relacionaban con éste, más íntima y profundamente, sus aptitudes naturales. Pero él, felizmente, se mantuvo opuesto radicalmente a tales sugestiones, manifes- tando siempre que su pasión verdadera lo hubiera llevado a ser militar, carrera que le atraía más que cualquiera otra y que, si no había cedido a esos impulsos, era debido a la promesa

Periodista, escritor, pedagogo, Inspector General de la Dirección General de Ins- trucción Primaria, político.

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Figura 3

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solemne que había hecho a su padre, a quien adoraba sobre todas las cosas, de que estudiaría medicina y cirugía, propósito que su promesa hacía inquebrantable y que realizó en la for- ma descollante que es notoria. Conociendo esas veleidades por la carrera militar, me he preguntado muchas veces, cómo con tales ideas orientadas hacia rutas aparentemente tan diversas, pudo triunfar tan indiscutiblemente en estudios científicos de índole tan distinta y no si es la influencia lógica que fluye naturalmente del triunfo que implica la gloriosa conquista de un diploma, o porque encuentro cierta relación espiritual en- tre las dos carreras”. '*

En efecto, agregamos nosotros, entre el arte militar y la cirugía pueden plantearse analogías: “luchar contra el enemi- go”, localizarlo, trazar una estrategia y una táctica para “darle batalla”, tener valentía y rapidez mental para afrontar los ines- perados obstáculos...

Realizó Navarro los estudios secundarios en su ciudad na- tal, egresando como Bachiller de la Universidad de Montevideo en 1885,'” durante el Rectorado de Vásquez Acevedo, quien ya desde 1881 venía esbozando la reorganización de la Enseñanza Secundaria a través del proyecto de Reglamento de Estudios

Libres.'*

16 Pérez, Abel J. La vida ejemplar de un hombre de ciencia. Del Diario “Imparcial”, en: Homenaje, 1927, op cit: 159-190.

17 An Univ (Montevideo), 1898; 9: 1045.

18 Acosta y Lara, Horacio . Palabras pronunciadas en la Facultad de Arquitectura por el Arquitecto H. Acosta y Lara. An de la Univ (Montevideo), 1925;117:50-51.

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IV

Beca a París (1886-1894)

orría el año 1885; era la época del último gobier-

no de Máximo Santos (1847-1889). Pedro Visca

(1840-1912) (Fig.3), fundador de la Clínica Médica

en el Uruguay, ocupaba una banca en el Senado. Si bien nada afín al Presidente, en octubre de ese año, influyó so- bre sus compañeros legisladores más cercanos a éste -en espe- cial su suegro Agustín de Castro (1823-1897)-, en el sentido de aceptar la propuesta del Poder Ejecutivo de nominar a Navarro como candidato a una beca oficial para estudiar Medicina en Francia.

“En la sesión del 14 de octubre, De Castro solicita que se eleve el monto [de la subvención] por considerarla insuficien- te, aduciendo que tiene un hijo estudiando en Europa, para lo cual le es necesario por lo menos 150 pesos mensuales. Visca no asistió a esta sesión” .?

Desde la época en que era médico del Manicomio Nacional (entre 1872 y 1879) mientras don Antonio Navarro actuaba allí como Administrador, Visca conocía a Alfredo - a quien había tratado de niño de una “afección ganglionar del cuello”-, admi- raba sus aptitudes y seguía con atención sus progresos académi- cos. De ahí que lo apadrinara en esta instancia tan trascenden-

19 Diario de Sesiones de la Cámara de Senadores, 1885, 28: 366-374. en: Mañé Garzón, E Pedro Visca. Fundador de la Clínica Médica en el Uruguay, Monte- video, 1983; 1: 307.

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tal. Navarro siempre se refirió a Visca en térmi- nos de agradecimiento y veneración. No obstan- te, en oportunidad del homenaje que le tributó el cuerpo médico nacio- nal al viejo Maestro en 1908, con motivo de comemorarse los cin- cuenta años de su ingre- so al Internado de París, el nombre de nuestro biografiado no aparece entre quienes promo- vieron el acto ni al pie

del magnífico per gami- Figura 4. Los becarios orientales previos a Navarro, no que se le entregó q entorno al profesor de histología. El tercero de pie,

de izquierda a derecha es Joaquín de Salterain y el

Visca en esa ocasión. A cuarto, Enrique Pouey. Circa 1886. Del archivo ico-

diferencia de Navarro, nográfico del Departamento de Historia de la Me- su cole ga y comp añero dicina de la Facultad de Medicina de Montevideo. de estudios en la capital

francesa, Gerardo Arrizabalaga (1860-1930), formó parte asi-

duamente de las tertulias que eran habituales en la casa de Visca.

En 1884 habían partido con igual destino y en similares condiciones, Francisco Soca (1856?-1922), Enrique Pouey y Joaquín de Salterain (1856-1926), si bien estos ya eran, al mo- mento de concedérseles la subvención, médicos egresados de la

Universidad de Montevideo (Fig.4).

Ignoramos las razones, pero el viaje de Navarro se apla- hasta el año siguiente; probablemente porque debía resolver antes de la partida la situación económica de él y de su único hermano menor, huérfanos de padres, o bien porque recién en 1886 cumplía la mayoría de edad. Sea de ello lo que fuere, en los documentos franceses a que hemos tenido acceso figura su

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inscripción en la Facultad de Medicina de París para el último trimestre de 1886.

Fue su apoderado en París el entonces Ministro Plenipotenciario del Uruguay, Coronel Juan José Díaz (1839- 1902), quien actuó entre 1872 y 1889, en distintas jerarquías, como representante diplomático de nuestro país en Francia.”

En el citado legajo, consta que Navarro fijó domicilio en el número 5 del Impasse Nicole (que a partir de 1906 fue pro- longado, abierto y convertido en rue Pierre Nicole, situada en el quinto Arrondissement, próxima al Observatoire y a Val-de- Gráce). Compartió allí un departamento con otros estudiantes de Medicina orientales: Antonio M. Harán (¿-?), los ya nombra- dos Pouey y Salterain y con el músico Luis Sambucetti (1860- 1926).* Este emplazamiento, a una cuadra del bulevar Saint Michel y a otro tanto del de Port-Royal, era ideal para asistir a los numerosos cursos y actividades hospitalarias que, todos ellos, podían alcanzarse caminando desde allí.

Según tradición oral, durante los años que duró su perma- nencia de en París, Navarro trabó una relación amorosa episto- lar con la única hermana de uno de sus compañeros de estudios en esa capital, Carlos Nery Salvañach (1869-1927), de nombre María Elena (n.1885), con la que contrajo enlace a poco de lle- gar a Montevideo en 1896.

Veremos seguidamente en detalle la carrera médica:

En los dos primeros trimestres de 1887 cursó Historia Natural, Física y Química, rindiendo en julio el examen co- rrespondiente con calificación de “Bien”. El 3 de mayo de ese año dio la prueba práctica de Disección con nota de “Trés

20 Díaz también fue el autor de las cartas de recomendación para que Pouey y de Salterain pudieran asistir al laboratorio de Pasteur y conocer personalmente al investigador.

21 Pou Ferrari, R. El Profesor Enrique Pouey y su época, Montevideo, Plus Ultra ed, 2011: 120.

22 Pou Ferrari, R. y Mañé Garzón, E. Carlos Nery, fundador de la Escuela de Nurses en el Uruguay, Montevideo, Plus Ultra ed, 2013: 7.

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Satisfaisant” y el 31 del mismo mes, los exámenes orales de Anatomía e Histología (“Extrémement satisfaisant”).

El 12 de febrero de 1889, Navarro ingresó por concurso como Externo de los Hospitales y Hospicios de la Asistencia Pública de París, desempeñándose, sucesivamente, en los ser- vicios de cirugía del Hótel-Dieu (sala dirigida por Edouard Brissaud [1852-1909]) y en el Hospital Tenon (junto a Marie- Xavier-Louis-Albert Blum [1844-1914])).

A fines de 1890, se presentó por primera vez al concurso del Internado, quedando como “Interne Provisoire”, prolon- gando de este modo su actuación en el Hospital Tenon.

En diciembre de 1891 concursó nuevamente, junto a ochocientos postulantes, logrando el cuarto lugar entre cuaren- ta ganadores, como “Interne Titulaire”, cargo que ejerció en los Hospitales Saint-Antoine y de La Pitié en 1892 y en el Beaujon durante 1893 y la primera mitad de 1894. Ya hemos descrito en otra oportunidad la severidad y exigencia de este concurso y del desempeño del cargo correspondiente.”

En octubre de 1893 rindió el examen de Fisiología (FPassable”), con lo que culminaron las pruebas correspondien- tes al primer año del doctorado.

El 11 de abril de 1894, salvó Medicina operatoria (prue- ba práctica) con calificación de “Trés Bien”; el 23 de ese mes, las pruebas orales de Patología externa, Partos y Medicina operatoria (“Tres Bien”); el 7 de mayo, Patología interna y Patología general (Tres satisfaisant”) y el 15 de junio, Higiene, Medicina legal, Materia médica, Farmacología y terapéutica (FSatisfaisant”), culminando de ese modo los exámenes de se- gundo, tercer y cuarto año del doctorado. El 3 de julio salvó Clínica externa (“Tres Bien”); el 6, Clínica obstétrica (“Tres Bien”) y el 7, Clínica externa y prueba práctica de Anatomía patológica, terminando así el quinto examen del doctorado. El

23 Pou Ferrari, R y Mañé Garzón, E. El Doctor Julepe. Vida y obra del Dr. Francisco Antonino Vidal, Montevideo, Plus Ultra ed, 2013.

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tribunal estuvo integrado, en el primero de los exámenes ci- tados, por Adolphe Pinard (1844-1934), Albain Ribemont- Dessaignes (1844-1940) y Henri Varnier (1859-1902) y en el último, por Georges Dieulafoy (1839-1911), Balleti (¿-?) y Pierre Marie (1853-1940).

La Tesis, calificada como “Extrémement Satifaisant” versó sobre “Contribution 4 l'étude de 'hydronephrose” y su defensa tuvo lugar el 23 de julio de 1894. El tribunal fue presidido por Paul-Jules Tillaux (1834-1904) y, en calidad de vocales, Félix- Marie-Louis Léjars (1863-1932), Pierre Delbet (1861-1957) y Paul-Julien Poirier (1853-1902). De este modo, Navarro obtu- vo, a los 26 años de edad, el Diploma de Doctor en Medicina.?*

Los que acabamos de consignar son hechos puntuales que marcan una carrera por demás brillante, lo que ha sido refren- dado espontáneamente en las sencillas palabras con que la fun- cionaria Madame Edith Pirro de los Archives Nationales de

France, acompañó el envío de las constancias. 2

24 Ver Anexo Documental No 5: A-G.

25 «A piéce jointe la numération du dossier d'étudiant d'Alfredo Navarro de Pan- cienne faculté de médecine de Paris, brillant étudiant, diplómé en 1894, con- servé aux Archives Nationales sous la référence AJ/16/6878. Mme. Edith Pirro. Chargée d'études documentaires responsable des fonds du Rectorat de Paris et des universités parisiennes, Pierrefitte-sur-Seine».

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DDIU Sante pi -. mein A LA FACULTÉ DE MÉDECINE, Los Profossours. o cr o da pr 4 us e ts RARA)

.*

r DA nl eS a A o a A po A mn A E 5_5Ó gg Inn

Figura 5. Los profesores de la Facultad de Medicina de París en 1888. De: Bium Santé.

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PRACTICANTE EXTERNO, INTERNO PROVISORIO E INTERNO TITULAR

al como hemos adelantado, Navarro fue primero

Externo en 1889 y a fines del año siguiente accedió

al cargo de Interno Provisorio. En el concurso de di-

ciembre de 1891, obtuvo la titularidad como Interno de la Asistencia Pública de París.

He aquí los nombres de algunos de los integrantes más notorios de esa promoción:

-Victor-Armand Pauchet (1869-1935), famoso cirujano, oriundo de Amiens, que luego practicó en La Pitié de Paris, siendo autor de importantes trabajos, creador de instrumentos y de técnicas operatorias; mantuvo una larga vinculación amistosa con Navarro; visitó Montevideo.

-Ange-Jean Guepin (1866-1829), quien realizó significati- vos aportes a la urología.

-Henri Dufour (1867-1947), neurólogo.

-René-Georges Jacquinet (1864-1938), Director de la Escuela de Medicina de Reims y Presidente de la Academia Nacional de dicha ciudad.

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“Gilbert Sourdille (1867-1962), notorio oftalmólogo, de los primeros en estudiar el tratamiento del desprendimiento de retina en 1918.

-Paul- Jean Richer (1849-1933), asistente de Charcot, ana- tomista, profesor de anatomía artística en la Ecole Nationale Supérieure de Beaux-Arts.

-Georges-Antoine Demantké (1867- 1937), médico forense. -Émile-Eugéne Sergent (1867-1943), profesor de Clínica

médica, director del Hospital Boucicaut, amigo de Navarro, que también visitó Montevideo.?

-Jean-Maurice Savariaud, quien hacia 1922 era cirujano jefe de Servicio en el Hospital Beaujeon.

-Auguste-Marie Brindeau (1867-1955), profesor de

Obstetricia, autor de un importante tratado sobre esa materia.

-Ladislas-V.Landowski (1867-1954), dermatólogo, ami- go de Marcel Proust; Georges-Jean-Baptiste Marion (1869- 1960), cirujano y profesor de Urología y futuro maestro de Luis Surraco.?””

-Charles-Samuel Banzet (1867-1936), cirujano de destaque y fundador de la sección quirúrgica del Hospital Privado des Peupliers.

Navarro desarrolló las tareas inherentes al cargo entre enero de 1892 y fines de julio de 1894, fecha de otorgamiento del diploma de Doctor en Medicina. Las mismas tuvieron lugar en los Hospitales Saint-Antoine y Beaujon (figura 6), junto a los

profesores Paul-Jules Tillaux (1834-1904), Frangois-Joseph-

26 En la nota enviada al Comité de Homenaje a Navarro, Sergent expresa: “Tuve el gran honor de ser su colega de internado; en la sala de guardia del hospital Saint-An- toine, donde hemos vivido codo a codo todo un año, se creó una amistad profunda cuyos lazos se han apretado aún más estrechamente en la inolvidable estadía que he hecho entre vosotros, en Montevideo, en setiembre último” (Homenaje, 1927, op cit: 282.).

27 Ver lista completa de la generación de Internos de 1891 en Anexo Documental No 6.

28 Cirujano de los Hospitales, (1863), Agregado de Cirugía (1866), Profesor de Operaciones y Anatomía topográfica (1879), Profesor de Clínica Quirúrgica

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Hospital Saint-Antoine Hospital Beaujon

Figura 6. Hospitales donde Navarro actuó como Interno.

Benjamin Polaillon (1836-1902),% Jean-Jacques-Paul Reclus (1847-1914) y Théodor Tufhier (1857-1929,* que suplía a Théophile Anger, 1836-1913) (Figura 7).

Hizo sus prácticas de Medicina operatoria en el Anfiteatro de Clamart, como puede verse en la figura adjunta, donde apa- rece un grupo de internos disecando (Figura 8).

Participó de las reuniones, muchas veces desopilantes, que se desarrollaban en las salas de guardia, a las que asistían pinto- res, escritores, artistas y otros diversos y singulares personajes del

París bohemio (Figura 9).

Reproducimos fotografías de época en a que puede identifi- carse a Navarro (Figuras 10, 11 y 12).

(1890), Director por largo tiempo del Anfiteatro de Clamart. Fue autor de un “Tratado de anatomía patológica con aplicaciones a la cirugía” (1873-1875), Ejerció en los hospitales Saint-Antoine, Lariboisiére, Beaujon y La Charité.

29 Cirujano de los Hospitales, actuando en los hospitales de La Pitié (donde José Máximo Carafí fue su Interno en 1879) y Hótel-Dieu. Fue autor de importantes estadísticas hospitalarias y trabajos sobre fisiología, patología y cirugía del útero. Publicó un tratado de Cirugía en cuatro tomos (1896-1898).

30 Cirujano de los Hospitales (1879), Agregado de Cirugía (1880) y Profesor de Clí- nica quirúrgica (1895). Actuó en el Hótel-Dicu, La Pitié y La Charité. Fue autor de numerosos libros y artículos y propulsor de la cocaína como anestésico local.

31 Cirujano de los Hospitales (1887), Agregado (1889), Profesor de Patología ex- terna (1890). Actuó en La Pitié, Lariboisiére y Beaujon. Mantuvo una prolonga- da vinculación con los cirujanos norteamericanos.

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Tillaux Polaillon

Reclus

Figura 7. Los “patrones” de Navarro

Culminada su actuación, recibió la Medalla de Oro (Lauréat) como reconocimiento a los servicios prestados a la Asistencia Pública.??

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Es imprescindible remarcar que la formación quirúrgica de nuestro biografiado tuvo lugar en el período cuando la anti- sepsia recién se insinuaba y aún reinaba la Medicina operatoria

32 Fichiers de Pierre Moulinier. Corpus des étudiants étrangers et des femmes regus docteurs en médecine entre 1807-1907, Biumsanté, 2013.

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LES INTERNES DE SAINT-ÁNTOINE A LA SALLE D'AUTOPSIE. Figura 8.

Figura 9- La sala de guardia Ilustraciones tomadas de: Le Monde Illustré, juillet, 1893 (n*18).

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Figura 1 0. Navarro (el primero, de pie, a la derecha) en el Hospital Beaujon, París. De archivo del Dr. Eduardo Wilson

iS e E a A 2 a: . Figura 1 1. Navarro (en el extremo derecho de las filas de personajes de pie), en París. De archivo del Dr. Eduardo Wilson.

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Figura 1 2. Navarro (el cuarto de izquierda a derecha, de pie) en París. De archivo del

Dr. Eduardo Wilson.

o Anatomía quirúrgica, con el respaldo de la Patología externa. Con notable precisión, en una conferencia de 1915, Navarro define así dicha época:

“Hace más de veinte años, cuando yo tenía el honor y el placer de ser interno en el Hospital San Antonio, la consulta externa se celebraba en un viejo edificio, donde, además del local para la Administración, había dos grandes salones pa- ra las policlínicas médicas y quirúrgicas y una sala de espera donde se agrupaban los numerosos desgraciados que venían diariamente en busca de alivio y de consuelo.

Apenas el personal médico entraba en la sala de Consulta, se oía la voz, un tanto agria, del viejo portero que gritaba: las heridas, los golpes, los bultos, para la cirugía; lo demás para la medicina. He ahí cómo en las últimas décadas del siglo XIX, un portero de la capital francesa definía la cirugía. En su lenguaje popular, él traducía bien su pensamiento que era el de muchos: las enfermedades quirúrgicas son las que se ven: y ¿acaso los sabios decían otra cosa cuando en los libros de la épo- ca dividían la patología en externa e interna? A esa definición de la cirugía, arte manual, correspondían las características

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del cirujano: el hombre de acción, que corta y arranca; un simple trabajador en carne humana. Ya de antiguo se decía: es preciso tener <joven cirujano, viejo médico, rico boticario>; para el primero la firmeza de mano, la experiencia para el segundo, la cantidad de remedios para el último. Nadie mejor que Balzac definía, sin decirlo, cómo se concebía entonces al cirujano...cuando escribe: <la gloria de los cirujanos se parece a la de los actores; sólo existe durante su vida y no es apreciable cuando ellos desaparecen>”.

A continuación, una anécdota que pone de manifiesto la jerarquía profesional y docente que tenía Navarro ya en tiem- pos de Interno: con motivo del homenaje de 1926, el enton- ces Profesor de Clínica quirúrgica de París, Louis-Marie-Arséne Ombredanne (1871-1956) -que visitaría Uruguay al año si- guiente-, envió una nota al Comité Organizador, en la que re- cuerda que él fue uno de los más antiguos alumnos de Navarro:

“Era en 1892 6 1893. Navarro era interno en Saint- Antoine. ¿Se acuerda aún de un estudiante de segundo año, al que él iniciaba en los elementos de la cirugía, y en el que tenía confianza suficiente como para confiarle a veces la carga de montar sus guardias en el hospital? Para mí, no olvido jamás que fue mi maestro y amigo”. *

El médico e historiador de la medicina Juan Ignacio Gil Pérez se pregunta, con razón, cómo adquirió Navarro la des- treza quirúrgica que poseía a su arribo a Montevideo. Creemos que los cirujanos delegaban en los Internos la ejecución de las intervenciones, en especial en horas de la noche, cuando estos últimos eran los únicos técnicos presentes en el hospital, pues- to que allí vivían (de ahí la denominación del cargo). Por otra parte, disponían de un recinto, el antes mencionado anfiteatro de Clamart, al cual convergían todos los cadáveres de los hospita- les de París que no eran reclamados por familiares, pudiendo los alumnos elegir aquellos más aptos para hacer y repetir los ejer- cicios de “operaciones”, tantas veces como fuera necesario hasta dominar las distintas técnicas quirúrgicas. Muchos concurrían,

33 Navarro, A. La evolución de la Cirugía a través del tiempo. An Fac Med (Mon- tevideo), 1915, 1 (sup): 45-55 (ver Capítulo XXXVII ). 34 Homenaje , 1927, op cit :285

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además, a laboratorios de experimentación, donde practicaban procedimientos operatorios en perros, lo que era una forma eficaz de adquirir manualidad, como lo prueba la notable destreza de quienes se dedicaban exclusivamente a esa tarea (caso de Claude Bernard, por ejemplo). Finalmente, es posible que los cirujanos convocaran a los Internos como ayudantes, tanto en las operacio- nes hospitalarias como en las que efectuaban en el medio privado.

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VI

COMUNICACIONES PRESENTADAS ANTE LA SOCIÉTÉ ANATOMIQUE (1893)

omo tantos otros Internos, Navarro presentó traba- jos científicos ante la legendaria Société Anatomique de Paris. En la sesión del 24 de noviembre de 1893, dio a conocer dos: “Hydronéphrose expérimentale par y ectopie rénale” 4 y “Lithiase urinaire expérimentale avec hydro-

néphrose” 28 (Figuras 13, 14 y 15)

En el primero de ellos, refiere tres laparotomías sucesivas en un perro, separadas por intervalos de un mes. Tras provocar una ectopía renal doble por fijación posterior en la primera, luego de transcurrir el plazo señalado, comprobó que mientras el riñón derecho seguía siendo de aspecto normal, el izquierdo había in- crementado su longitud. Practicó a continuación la ligadura del hilio renal derecho. Treinta días más tarde, advirtió que éste se había atrofiado, en tanto el izquierdo se había vuelto blanqueci- no, blando y con “aspecto de herradura”. A consecuencia de esas modificaciones y por la gran convexidad de su borde externo,

35 Navarro, A Hydronéphrose expérimentale par ectopie rénale. Bull Soc Anat Pa- ris, 1893; 7: 633. 36 Navarro, A. Lithiase urinaire expérimentale avec hydronéphrose. Bull Soc Anat

(Paris), 1893; 7: 658.

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el órgano había sufrido una rotación de 90% sobre mismo. Sacándolo del abdomen vio una ligera acodadura del uréter algo por debajo del hilio, sin torsión. Al exteriorizarlo, el volumen renal se redujo bruscamente. Lo repuso entonces a su topografía primitiva a fin de asegurar la adecuada eliminación urinaria. En una tercera operación, observó que el riñón se mantenía en el mismo sitio, con iguales dimensiones que al comienzo; realizó seguidamente la nefrectomía y demostró que, en la pelvis renal de la pieza resecada, podía inyectar, sin dificultad alguna, cinco centímetros cúbicos de líquido. Como comentario dice:

“Demuestro experimentalmente el mecanismo de la hi- dronefrosis por riñón móvil y el valor funcional del órgano en la hidronefrosis abierta, dado que [un riñón único] ha sido suficiente para asegurar la vida del animal”.

La segunda comunicación es muy breve. Presenta ante la concurrencia múltiples riñones conteniendo cálculos. Dichos órganos provenían de perros a cuya dieta había adicionado, du- rante un mes, cuatro gramos de oxamida.*” Algunos de ellos habían sido extraidos más de veinte días después de la interrup- ción de la antedicha dieta. “Esto confirma -dice- la existencia de una litiasis renal aséptica y demuestra que los cálculos experimen- tales persisten a pesar de la interrupción de la oxamida”. Un perro murió de uremia, fue autopsiado y se comprobó la obstrucción total bilateral de los uréteres.

AoOK

Como puede apreciarse, no son experimentos elaborados, ni tampoco lo son las conclusiones. Sin embargo, denota la adhe- sión del autor al principio conceptual de provocar en el animal situaciones similares a las observadas en la clínica y consignar los hallazgos, infiriendo así posibles mecanismos fisiopatogénicos. Véase, de todos modos, con qué lentitud se insinuaban estos cri- terios, recién cuarenta años después que Claude Bernard (1813-

37 Compuesto neutro, cristalino blanco (C202 (NH2) 2) obtenido mediante el tratamiento de oxalato de etilo con amoníaco. Es la amida de ácido oxálico. Anteriormente llamado también oxalamida.

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1878) vaticinara que si el hospital era “el vestíbulo de la medi- cina científica,[...] el laboratorio sería su verdadero santuario” Y Mientras tanto, los discípulos de Johannes Miller (1801-1858) de Berlín ya habían avanzado considerablemente en el camino de la fisiopatología experimental y clínica.

Resulta evidente que estas experiencias estaban enfocadas al tema de la Tesis de doctorado.

38 Bernard, Claude. Introduction 4 Pétude de la médecine expérimentale, Paris,

Collége de France, 1859.

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Figura 1 3.

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a Hydronéphrose expérimentale par ectopie rénale, par

M. Navarro, interne des hópitaux. 1 Yagi! un chien chez lequel le 20 septembre 1893, on a produit ne double ie rénale. e tnds lez reins étaient sensiblement ¿gaux en volume ésentaient 5 eentim. 1/2 de longueur et 2 centim. 1/2 de largeur

ette derniére dimension étant prise entre le póle et le hile).

o di laparotomie exploratrice, au cours de laquelle on constate que le rein droit est normal, tandis que le gauche mesure Aanatias de lana Y enretére droit est lié afin de voir, par la suile,

Figura 1 4.

658 SOCIÉTÉ ANATOMIQUE. DÉCEMBRE 1893

Lithiase rénale expérimentale avec hydronéphrose, par M. Navarro, interne des hópitaux.

J'ai lhonneur de présenter á la Société plusieurs reins contenant des calculs obtenus en mélangeant pendant un mois quatre grammes par jour d'oxamide á Palimentation des chiens en expérience. Quel- ques-uus de ces chiens ont eté opérés plus de vingt jours aprés la ces- sation de Voxamide : il y avait des calculs. Cela confirme Vexistence d'une litbiase rénale aseptique (Ebstein et Nicolaler) et démontre que pen Dee expérimentaux persistent malgré la cessation de Poxa= mide. ;

Dans un autre cas, le chien est mort d'urémie, et 4 Pautopsie Pai trouvé des calculs qui, d'un cóté remplissaient le bassinet et bou- chaient Porilice supérieur de Puretére, et de P'autre cóté siégeaient dans Vuretére el avaient déterminé une hydronéphrose fermée. ,

Figura 1 5.

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vH

TESIS DE DOCTORADO (1894)

on respecto al trabajo doctoral, apadrinado por Tuffier, el mismo es sobrio y completo. Se limita al estudio de las hidronefrosis no complicadas. (Figura 16)

Dedica el primer capítulo a la clasificación de estas lesiones, que divide en completas o incompletas, y a cada una de ellas, a su vez, en definitivas o transitorias. Hace referencia a los experimentos realizados en perros, algunos de los cuales expu- simos en el capítulo previo, cuya evolución siguió por períodos de hasta cinco o seis meses mediante laparotomías repetidas. Estas fueron efectuadas en el laboratorio de Albert-Jules-Franck Dastre (1844-1917), médico que primero fue preparador de Claude Bernard en el Collége de France, más tarde Agregado de Ciencias Físicas en dicha institución (1867) y por último, Profesor titular de Fisiología en la Sorbona (1886). (Figura 17)

El segundo capítulo de la Tesis está consagrado al “riñón móvil”, adhiriéndose el autor a la teoría de la “válvula”, propues- ta y sustentada por Rudolph Virchow (1821-1902), según la cual la hidronefrosis, en estas situaciones, es siempre secundaria a la flexión del uréter.

En el capítulo tercero se refiere a las hidronefrosis provoca- das por litiasis y las de origen traumático.

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CONTRIBUTION A L'ÉTUDE

DES

HYDRONÉPHROSES

Faculté de Médecine de Paris

THÉSE pour LE DOCTORAT EN MÉDECINE

PARIS G. STEINHEIL, ÉDITEUR 2, Rue Casimir-Delarigne, 2 10

Figura 1 6. Carátula de la Tesis de Paris

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Cada aseveración está refrendada por comprobaciones clí- nicas, anatomo patológicas (autopsias) y experimentales

bu tex ( y : Académio rationale de médecios

ha Prolemess DNANTRE

Tufher Dastre Figura 1 7

Refiere dos modalidades macroscópicas de riñón hidrone- frótico: el “aplanado” y el que adquiere forma de “herradura de caballo”. La tesis carece de imágenes que ilustren este u otros hallazgos. Señala que, en realidad, son dos formas sucesivas en la evolución del riñón móvil. Unido por el hilio a un punto fijo, cuando desciende, el órgano primero se alarga longitudi- nalmente y se aplana, al tiempo que su eje mayor rota hacia la horizontal, de modo que el polo superior queda hacia afuera (siendo el responsable de la compresión extrínseca de la primera porción del uréter). Más adelante, el riñón, que sigue alargán- dose, lo hace a expensas de su borde externo (ahora inferior), de modo que se incurva en torno al hilio, adquiriendo el aspecto “en herradura” a concavidad superior. Esos hallazgos, observa- bles en la clínica en estadios tardíos, pueden verse, en sucesivos

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momentos evolutivos, en los casos experimentales, cuando se practican varias laparotomías. La consistencia es menor en la primera fase que en la segunda, cuando la fibrosis aumenta. Es posible revertir este proceso -hasta cierta etapa- corrigiendo la posición del riñón. Cuando se lo verticaliza quirúrgicamente, puede verse una súbita evacuación de la orina retenida en la pelvis renal hacia el uréter y la corrección espontánea de la de- fectuosa orientación del órgano, como ya se ha referido.

En los casos de hidronefrosis por riñón móvil, en experi- mentos en perros despiertos en los que el órgano ha sido exte- riorizado, se observa que su compresión o punción no despierta dolor, pero que éste aparece cuando se inyecta líquido en el in- terior de la pelvis renal mediante una jeringa, incrementando el volumen y la presión del contenido. De ello saca en conclusión que el dolor, que es más frecuente en mujeres y que sobreviene en forma de crisis violentas y acompañadas de fenómenos neu- rovegetativos, obedece a la distensión más o menos aguda de la pelvis renal. Los referidos episodios clínicos pueden desaparecer instantáneamente (por compresión del abdomen, cambio de posición, reposo, etc.), debido, como es obvio, a la evacuación de una retención transitoria.

Es interesante el capítulo cuarto, titulado “Valor fisiológico del riñón en las hidronefrosis, consideraciones sobre su tratamien- to”. Pone en duda las conclusiones que puedan sacarse del exa- men de la orina, puesto que la misma a veces proviene de la acu- mulada en “bolsas de hidronefrosis”, razón por la cual, o bien no está en comunicación con la vejiga, o bien se reabsorbe con el paso del tiempo. De sus experimentos concluye que cuando se libera el uréter, el riñón, aparentemente atrófico, puede re- cuperar su función. De eso, así como de ciertas observaciones anatomoclínicas, concluye:

“La nefrectomía para el tratamiento de la hidronefro- sis, debe ser abandonada [...] Es necesario, a cualquier precio, conservar el riñón, que puede ser el único funcionalmente útil. Es preferible, tratándose de un riñón móvil, hacer la nefrorra- fia, o si lo que se procura es extirpar un cálculo, la nefrotomía”.

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Manifiesta por último:

“Proponemos aún hacer la nefrotomía toda vez que no se sepa dónde asienta el obstáculo, con la finalidad de cateterizar el uréter desde arriba y de este modo alcanzar el obstáculo y extirparlo; luego, de inmediato, el riñón será suturado. Esto es preferible a la nefrostomía definitiva, que crea una situación de enfermedad y aún la pérdida funcional del órgano. Hay casos en que se está frente a una hidronefrosis por acodamiento ureteral y se halla un uréter de inserción muy alta por debajo del cual queda una bolsa que no se puede vaciar por el sim- ple enderezamiento del órgano; de no ser así, provocaría una estasis urinaria permanente. En tal caso, en el perro, hemos

resecado dicha bolsa y unido los dos labios de la herida renal”.

La Tesis pone de manifiesto que en los servicios clínicos donde el autor actuaba se practicaban con frecuencia interven- ciones sobre la vía urinaria con buenos resultados. Tengamos presente que la precocidad y variedad de intervenciones renales y el éxito de las mismas obedecían a que en Francia, tanto el riñón como el uréter se abordaban por vía extraperitoneal, evi- tando las complicaciones de la laparotomía transperitoneal, vía por la que, en otros medios y más adelante, se abordaron las vías urinarias.

Se ha dicho que esta tesis contiene una observación anató- mica original, que en realidad es una breve mención sin especial destaque, a fin de poder explicar la solidaridad anatómica entre el polo inferior del riñón y la porción inicial del uréter. La mis- ma se ha dado en llamar “Vigamento o lámina reno ureteral de Navarro”, la cual sería una condensación del tejido conjuntivo que vincula los puntos antedichos. Consultado al respecto, el avezado cirujano urólogo Dr. Jorge Clavijo, manifiesta que exis- te una notoria condensación del tejido célulo adiposo perirrenal en esa topografía, la que se identifica fácilmente por palpación entre dos dedos, distinguiéndose, por la resistencia que ofrece, del resto de esa capa adiposa, que en otros sitios se disgrega con

39 Algunos autores de la época tambén usaban el término “laparotomía” para de- signar la incisión de la parte posterior de la pared del abdomen, aun cuando no se entrara en la cavidad peritoneal (Juan Gil Pérez, comunicación personal).

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AE a

Figura 18. Grupo de médicos uruguayos en París, circa 1892. Sentados, de izquierda a derecha: Augusto Turenne, Carlos Nery, Lorenzo Lombardini, Alfredo Navarro (senta- do en el respaldo), Manuel Quintela o Enrique Castro. De pie, de izquierda a derecha: Bernardo Etchepare, Antonio Harán, ¿?, Florentino Felippone y Gerardo Arrizabalaga. Foto cedida al autor por el Dr. Alfredo Pernin (h).

facilidad. La formación de marras es muy vascularizada y el ci- rujano debe ser cuidadoso de no arrancarla al enuclear el polo inferior del riñón, puesto que, al desgarrarse, puede ocasionar el desprendimiento de la corteza renal o un sangrado de la pared del uréter. En suma, al citado especialista no le cabe duda de la realidad de esta formación anatómica, pese que desconocía el epónimo.

A nuestro juicio, la originalidad principal de la Tesis radica en la caracterización de los diversos estadios evolutivos de la hidronefrosis por riñón móvil.

AOK

El mismo año en que Navarro obtenía su título en París hacía lo propio, también luego de haber sido Interno titular, Gerardo Arrizabalaga,* quien regresó de inmediato a Montevideo. Sería, sucesivamente, siguiendo el camino de Navarro, profesor de

40 Arrizabalaga, Gerardo . Du traitement des rétrodéviations utérines par la fixation de Putérus á la paroi vaginale antérieure. Colpohystéropexie, Thése, Paris, L.

Bataille éd, 1894, 84 págs.

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Medicina operatoria, de Patología quirúrgica y de la Tercera Clínica Quirúrgica (desde 1909 hasta su muerte en 1930).

En otra ocasión hemos comentado en detalle los numerosos uruguayos que en ese momento realizaban en París sus estudios médicos o complementaban allí los conocimientos adquiridos en Montevideo. * (Figura 18)

41 Pou Ferrari, R y Mañé Garzón, E. Carlos Nery (1865-1927) Médico, diplomá- tico y fundador de la Escuela de Nurses en el Uruguay, Montevideo, Plus Ultra ed,2014: 17-18.

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VII

RETORNO A MONTEVIDEO (SEGUNDO SEMESTRE DE 1894)

e las palabras de un testigo presencial, Horacio García Lagos, puede el lector hacerse una idea de lo que significó la llegada de Navarro a Montevideo:

“En 1894 me encontraba yo en el zaguán de la vieja Facultad de Medicina, cuando [Navarro] llegó a visitar el edificio tan pobre de aquella época y a sus más pobres laboratorios.

Lo miré con la curiosidad que despertaba en nosotros la justa fama de que venía precedido; miré su porte, su traje, su gesto, y su voz. Todo era netamente francés. Había asi- milado en siete años el estilo y el espíritu de la gran nación, debido tal vez a alguna ley misteriosa que había hecho de su organismo terreno fértil para tal semilla. La suerte bien podía haberlo hecho nacer en Francia. (Figura 1 9)

Sentí la fascinación de su palabra y me subyugó el cau- dillo que hay en él, con ese poder misterioso que nadie sabe dónde reside y que todos sienten al hablar con él.

Se hospedó en un hotel en la calle 25 de mayo [que] se llenó de enfermos que acudían en busca de su ciencia; en los corrillos de la Facultad no se hablaba sino de su llegada. Y

desde ese momento su influencia se hizo sentir”.2

42 García Lagos, H. Discurso, en: Homenaje al Doctor Alfredo Navarro al cumplir los 30 años de Maestro. 6 de Noviembre de 1926, Montevideo, Barreiro yRamos ed, 1927: 56.

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Revalidó su título en 1895.8 Casi de inmediato, el Poder

Ejecutivo lo designó Vocal del Consejo de Enseñanza Secundaria

y Superior. En lo que tiene que ver con la Facultad de Medicina

presentó en el seno de ese cuerpo la propuesta de dividir en dos

el curso de Patología externa o quirúrgica.

Navarro es narrada por Abel J. Pérez en los siguientes términos:*

Una de las primeras actuaciones profesionales notorias de

5

“Cuando volvió era aparentemente casi un niño, pero un niño singular, de mirada profunda y penetrante, al que precedía, como una leyenda armoniosa, el rumor de sus triun- fos distantes; había en su actitud una seguridad sugestiva que inspiraba confianza y que revelaba un poder latente, para cu- ya difusión sólo le hacía falta una tribuna que deseaba con- quistar y que estaba seguro que conquistaría [...] Asistía nues- tro joven biografíado, al doctor Julio Herrera y Obes [1841- 1912], [ex]presidente de la República [entre 1890 y 1894] (Figura 20), al que por una ignorancia realmente incompren- sible, tres médicos aislados o reunidos, habían complicado en forma inverosímil, una enfermedad harto común y banal, agravándola hasta darle proyecciones de indiscutible desenlace mortal. Llamado nuestro hombre, fue tan rotundo y categórico en afirmar la insignificancia esencial del mal sobre el que se le consultaba, que los colegas, derrotados, metieron violín en bol- sa, sin perjuicio de vengarse subrepticiamente después [...] Un día, cuando ya Herrera estaba mejor, me encontré con el joven facultativo en el cuarto del enfermo y nos pusimos a conversar sobre diversos temas, tocando, entre otros, el de la verdadera influencia de Pasteur en la medicina moderna, tema entonces de gran actualidad, y al oír este nombre, manifestó Herrera, sinceramente, su ignorancia sobre la acción trascendental de aquel maestro en su lucha contra la rabia y en sus otras cru-

43 44

45

An de la Universidad (Montevideo), Tomo IX , Ne XII : 40.

En ese momento integran el Consejo: Alfredo Vásquez Acevedo, Elías Regules, Eduardo Brito del Pino, Juan Monteverde, Claudio Williman, José Scoseria, Juan P. Castro, Domingo Mendilaharsu, Carlos de Castro, Alfredo Navarro, Florentino Felippone, Lindoro Forteza, José Ramón Mendoza, Lucas Herrera y Obes, Juan E. Saráchaga, Eugenio Garzón y Enrique Azarola (Secretario Gene- ral). An Univ (Montevideo), 1898;9:872.

Pérez, Abel J. “La vida ejemplar de un hombre de ciencia”, en: Homenaje al doc- tor Alfredo Navarro al cumplir los 30 años de Maestro, Montevideo, Barreiro y Ramos, 1927: 170

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Figura 19. Navarro a su regreso a Montevideo. De: Revista «Rojo y Blanco».

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Dr. dalla Herrera y Obes

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Figura 20. Julio Herrera y Obes

zadas, pidiendo datos al respecto [...] Nuestro hombre tomó la palabra y empezó su exposición con una claridad y una amenidad tan atrayente y sugestiva, que nos conquistó desde el primer momento, manteniendo el mismo interés sin decaer por una hora, haciendo comprensible para nuestra ignorancia la obra del colosal maestro hasta en sus proyecciones científicas, en forma tal, que nunca he olvidado aquella lección magis- tral. Y cuando terminó, y nuestro joven se fue para continuar sus visitas, Herrera, entusiasmado, me dijo: <-Este joven es un sabio genial, y no obstante su juventud, estoy convenci- do que alcanzará rápidamente un enorme prestigio científico, para honra suya y gloria de nuestro país, que bien necesita de cerebros de esta luminosidad creadora, soberbia y atrayente>”.

Con respecto a esta de Navarro, se ha dicho, más específi-

camente:

“Tres médicos atendían al ilustre enfermo y su pronóstico era sombrío. Navarro descubrió de inmediato que el cuadro infeccioso gravísimo se debía a un ántrax del dorso. Además, tenía un adeno flemón, que drenó de inmediato; comenzó a

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aplicar sus famosas compresas de alcohol y éter y las inyecciones de leche intramusculares, y el enfermo evolucionó bien en poco tiempo. Montevideo, un pueblo en esos momentos, lo constitu- en una especie de héroe de la cirugía” .*

46 Navarro, Alfredo (h). Alfredo Navarro. Nota de la Redacción, in: Horacio Gu- tiérrez Blanco (ed): Médicos Uruguayos Ejemplares, Montevideo, 1988, 1: 23.

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IX

INICIO DE LA ACTUACIÓN EN EL HOSPITAL DE CARIDAD Y EN LA FACULTAD DE MEDICINA: SUS PRIMERAS PUBLICACIONES CIENTÍFICAS EN UkruGuay.

partir del 26 de abril de 1895 ocupó, interina y ho-

norariamente, la cátedra de Medicina operatoria y

Anatomía topográfica, cuyo primer titular, Enrique

Pouey había dejado vacante, al ser nombrado, tam- bién interinamente, catedrático de Clínica Ginecológica, creada en ese momento.

Desde 1897, Navarro se desempeñó además como Cirujano del Hospital de Caridad, en calidad de jefe de la Sala “Presos” (también conocida con el nombre “Hermandad de Caridad”). En el ejercicio de esta función tuvo oportunidad de observar, tratar y comunicar a la Sociedad de Medicina, varios casos de heridas, traumatismos, infecciones, así como intervenciones quirúrgicas, acompañando sus aportes con nutridas referen- cias bibliográficas. Muchos años después, José René Martirené

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(1868-1961) -también graduado de médico en París en 1898-* comentaba que en esa época no había médicos de guardia en el Hospital, por lo que quienes actuaban allí, como era el caso de Navarro, tenían que asistir a las consultas e intervenciones de

urgencia, cualquier día y a cualquier hora” .*%

El 6 de abril de 1896 - subrayamos la brevedad de su actua- ción al frente de Medicina operatoria- fue nombrado Profesor interino y honorario de Patología quirúrgica. Pese a que su des- empeño duró muy poco tiempo, puso especial esmero en la pre- paración de sus clases, como se aprecia al leerlas, ya que fueron publicadas a punto de partida de las versiones “taquigrafiadas por C. Otero”- en la revista “La Facultad de Medicina”. (Figura 21) Las consideramos a continuación:

. AY AO pm NA pr

«o 20 d ( Ya Mn el

1 í OS

REV]

STA Mba. para la; Umaña y

Vacional” de Darriso y Ramos Calle 85 de Mero 995 Figura 21. Carátula de la revista “La Facultad de Medicina”.

1) “Curso de patología externa: fracturas expuestas”. En este artículo define y clasifica este tipo de lesiones, al tiempo que llama la atención sobre su gravedad ante la posible infec- ción, de donde la importancia de ceñirse al método antiséptico. Seguidamente, se ocupa de las fracturas ocasionadas por armas

de fuego.

47 Martirené, J. Réfléxions sur quelques cas d'arthrites aigues chez 'enfant, These, Paris, H. Jouve éd, 1898, 71 págs.

48 Martirené, J. Discurso en el homenaje al Profesor Navarro, en: Homenaje op cit: 21.

49 La Facultad de Medicina. Revista quincenal. 1896; 1 (1): 6-8.

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2) “Curso de patología externa (continuación)”.* Esta lec- ción trata de las complicaciones de las fracturas, distinguiendo las que sobrevienen en el curso de la consolidación (inflamato- rias, vasculares, nerviosas, gangrena de la piel, musculares, de- bidas al estado general o a fenómenos tróficos consecutivos), las ocasionadas por retardos en la consolidación y seudoartrosis y las consecutivas a deformaciones del callo.

3) “Curso de patología externa (continuación)”.*” Prosigue con las complicaciones, en esta oportunidad las alteraciones en la formación del callo. ?

4) “Curso de patología externa (continuación)”.” Sigue es- tudiando, específicamente, las fracturas de clavícula.

5) “Curso de patología externa (continuación)”.*” Expone

las fracturas de omóplato, húmero, olécranon, apófisis coronoi- p p

dea, extremidad superior del radio, extremidad inferior del ra-

dio y antebrazo. *

6) “Curso de patología externa (continuación)”” * Trata sobre las fracturas de miembro inferior, extendiéndose en las de cuello de fémur y en las hidrartrosis de la rodilla asociadas a

fracturas. >?

7) “Curso de patología externa (continuación). Leucoplasia bucal y cáncer de lengua”.%

8) “Curso de patología externa (continuación). Flemones

del piso de la boca”.*

50 Ibídem. 1896; 1 (2): 4-6. 51 Ibídem. 1896; 1: (3): 2-6. 52 Ibídem. 1896; 1: (3): 2-6. 53 Ibídem, 1896; 1 (4): 5-8. 54 Ibídem, 1896; 1 (4): 5-8. 55 Ibídem, 1896; 1 (5): 7-15. 56 Ibídem, 1896; 1 (5): 7-15. 57 Ibídem; 1896; 1 (6): 5-15 58 Ibídem, 1896; 1 (Suplemento 7): 7-11. 59 Ibídem; 1896; 1 (6): 5-15 60 Ibídem. 1896; 1 (9): 7-11. 61 Ibídem; 1896; 1 (9 ): 3.

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9) “Curso de patología externa (continuación). Flemones

farí ifarí E ale baj aríngeos y perifaríngeos”.” En estos tres últimos trabajos, pone

énfasis en las dificultades clínicas y operatorias que plantean los

procesos cancerosos o supurados de esas regiones, “riesgosas”

por sus reducidas dimensiones y riqueza vascular y nerviosa.

11) “Las apendicitis”. Nos extenderemos algo sobre este

tema que es en cierto modo paradigmático en la introducción

de la laparotomía de urgencia. Comienza afirmando:

“El estudio de las apendicitis que tanto ha preocupado a los cirujanos de estos últimos tiempos es de completa actua- lidad. Ella está siempre a la orden del día, tan grande es la importancia y es por esa razón que su estudio nos ocupará varias sesiones”.

Se explaya sobre la etiopatogenia, señalando el viejo con-

cepto de tiflitis y periflitis. Asevera:

“Se demostró la falsedad de esas doctrinas por un hecho quirúrgico: las intervenciones efectuadas por los cirujanos ale- manes, pero más que nada gracias a los trabajos de los ciruja- nos americanos, Fit2* de Boston y muchos otros, que intervi- niendo de urgencia en casos de tiflitis, se encontraron con que siempre el apéndice estaba alterado y el ciego, poco o nada. En la inmensa mayoría de los casos, lo que se constata en la in- tervención quirúrgica es la inflamación del apéndice íleo cecal y no del ciego [...] Para no citar más nombres les indicaré las discusiones de la Sociedad de Cirugía de París que han aclara- do tanto estas grandes cuestiones: las formas de las apendicitis, los abscesos a distancia y sobre todo las indicaciones de la in- tervención quirúrgica; estas cuestiones han salido renovadas de estas discusiones que han hecho época”.

Descarta la teoría del cuerpo extraño como causa de la

apendicitis y afirma que la inflamación simple de la pared del

apéndice (a veces formando una cavidad cerrada en su interior)

62 63 64

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Ibídem. 1896; 1: (9):3-6.

Ibídem; 1896 ; 1 (10): 6-14.

Fitz R.H. Perforating inflammation of the vermiform appendix; with special reference to its early diagnosis and treatment. Am J] Med Sci 1886; 92: 321-46.

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basta para explicar el cuadro clínico. Luego describe el mismo, caracterizado por dolor generalizado en la fosa ilíaca derecha y

“se dice que hay un punto máximo allí donde el apén- dice toma su punto de inserción, es decir a igual distancia del ombligo y de la espina ilíaca antero superior; es el punto de Mac Burney.* Por la simple presión del dedo se provoca un dolor violento a ese nivel. Sin embargo, eso es algo teórico porque el dolor está generalizado a toda la fosa ilíaca; claro es que en esas condiciones existirá también en el punto de Mac Burney. Se agregan síntomas de reacción peritoneal, estreñi- miento, vómitos y un ligero movimiento febril; 37% 5, 38%, 38, raramente más”.

En estas circunstancias aconseja, además del reposo en ca- ma, los laxantes suaves y la bolsa de hielo en la región abdomi- nal dolorosa.

Si se está en presencia de una peritonitis localizada, en cuya semiología diagnóstica Navarro se extiende:

El tratamiento es una de las cuestiones más arduas de la cirugía, de las más debatidas, y las conclusiones que se tie- nen no están aún bien establecidas. Todos los cirujanos están de acuerdo en hacer esta intervención con la mayor rapidez posible, es decir, contentándose en asegurar el drenaje de los abscesos y no resecando el apéndice sino cuando su extirpación no exija maniobras considerables [...] Si no hay pus (¿quién puede asegurarlo?)”, aconseja los laxantes.

Pasa luego a considerar las apendicitis con peritonitis ge- neralizada primitiva, cuyo dramático cuadro clínico describe. Sintetiza su idea del siguiente modo:

“Señores, si queréis curar, debéis intervenir pronto. Tendré siempre presente un caso de apendicitis que empezó a las 8 de la mañana, operado a las 9 de la noche por uno de mis maestros y terminándose por la muerte a las 5 de la mañana del día siguiente. Es decir, señores, que aún así seguramente el éxito será vuestro premio, pero curaréis algunos casos si no perdéis ni una hora, si sabéis proceder como buenos clínicos,

65 McBurney C. Experience with early operative interference in cases of disease of

the vermiform appendix. NY Med J 1889:50: 676-684.

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es decir, no esperando como se hace a menudo, los síntomas de reacción peritoneal. No se discute más sobre la técnica: laparo- tomía mediana y grandes lavajes y drenaje”.

Se refiere a continuación a las peritonitis a repetición. Termina haciendo breve mención a las apendicitis en los niños y en los viejos, así como de otras presentaciones raras.

Evoca ejemplos para grabar en la mente de sus alumnos la urgencia y gravedad de la patología en cuestión, entre ellos, la muerte de Léon Gambetta (1838-1882).

Finaliza Navarro con esta frase ambigua pero de gran pro- fundidad conceptual, en cuanto destaca el lugar preponderante de la realidad en el avance de la medicina:

“Pero aquí, más que en ninguna parte, tengan siempre presente que cada hecho bien observado trae su nueva ense- ñanza y que en cuestión de apendicitis la cirugía no ha dicho aún su última palabra”.

No cabe duda que en esta clase el Profesor revela toda su capacidad docente, así como el dominio de la bibliografía y de la clínica. Si bien es cierto que habla de la necesidad de un diagnóstico y un tratamiento quirúrgico precoz, no lo enfati- za suficientemente, atándose aún a los conceptos de sus viejos maestros.

12) “Lecciones de patología externa. Riñón”, (manuscrito), Montevideo, 1898.

De la misma época a que hemos hecho referencia, perte- nece un manuscrito, conservado en la Biblioteca Nacional de Medicina de Montevideo, que lleva el título antes mencionado, de 473 páginas de extensión (Figura 22) y que, al decir de Jorge Lockhart “constituye el primer curso completo de urología dicta-

66 Abogado, periodista y político republicano y anticlerical. Fue Presidente de la Asamblea Nacional, Jefe de gobierno y Ministro de Asuntos exteriores durante la TIT República.

67 Ver también: Puig, Roberto y Ríos Bruno, Guaymirán Consideraciones médi- co-históricas sobre la muerte de Gambetta, Ses Soc Urug Hist Med, Montevideo, 1984.

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do en nuestra Facultad”.* Como puede apreciarse en el índice (Figura 23) que reproducimos, además de las hidronefrosis (y su relación con el riñón móvil), que tan bien había estudiado Navarro en su Tesis, figuran lesiones traumáticas, infecciosas (agudas y crónicas, inespecíficas y específicas), tumores (benig-

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Figura 22. Carátula de las clases de urología de Navarro.

68 Lockhart, J. Primer curso de urología dictado en el Uruguay por Alfredo Nava- rro en 1898, Ses Soc Urug Hist Med, 1981; 3: 68-69

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críben las diferentes lecciones: 1. Contusíones y desgarradu ras del riñón (pp. 1-26); 2. Herídas del riñón (pp. 27-43); 3. Lítiasis renal quirúrgica (pp. 45-61); 4. Estudio anatómi co del ríñón aséptico (pp. 63-81); 5. Alteraciones concomi- tantes a la litiasis renal (pp. 82-99); 6. Anuría calculosa (pp. 101-128); 7. Accidentes de la litiasis renal de obs- trucción y de infección (pp. 129-155); 8. Pielonefrítis quí- rúrgica y pionefrosiís (pp. 157-177); 9. Etiología y patoge- nía de las pionefrosís (pp. 179-203); 10. Flemón perinefríti- co (pp. 205-227); 11. Formas anatómicas y patogénicas de la tuberculosis renal (pp. 229-247); 12. Tuberculosis renal (cor tínuación) (pp. 249-269); 13. Tumores del riñón (Neoplasma: malígnos) (pp. 271-288); 14. Neoplamas de riñón (contínua- ción) (pp. 290-312); 15. Tumores líquidos del riñón (pp. 313 337); 16. Riñón móvil (339-365); 17. Riñón móvil (contínua” ción) (pp. 367-384); 1£.Riñón móvil: tratamientos (pp. 387-

400); 19. Widronofrosís (Pp. 402-425); 20,

Hidronefrosís ín- termítentes (pp. 428-448);

21. Riñón móvil e hidronefrosís (faz horizontal) (Pp. 450-475); 22,

tente (pp. 477-496); 516);

Hidronefrosia no intermí 23, Hiídronefrosís traumática (pp. 498

24. Fístulas renales Y porírrenales (pp. 517-532).

Figura 23. Indice de las clases de urología. Tomado de Ses Soc Urug Hist Med

nos y malignos), litiasis y complicaciones renales de la cirugía. Puede suponerse que, por más que se trate de una versión ma- nuscrita, los varios cientos de páginas significan muchas horas de clase y el consiguiente trabajo que habrá implicado su prepa- ración. Comenta sobre el particular el destacado urólogo com- patriota ya referido Jorge Clavijo:

“Para empezar, casi 500 páginas, aún manuscritas, es más un libro que un curso. Las lecciones incluyen temas típi- cos de la época, en especial las patologías infecciosas, que eran muy prevalentes y graves en la era pre-antibiótica. La forma

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de describir las patologías difiere de la actual, por ejemplo, <Accidentes de la litiasis renal de infección y de obstrucción>, se traduciría hoy como pielonefritis obstructiva litiásica y dila- tación pielocalicial obstructiva litiásica, respectivamente. No son accidentes, ya que son previsibles; hoy los llamamos com- plicaciones. Los <Tumores líquidos del riñón> hoy se denomi- nan quistes renales.

El <riñón móvil> hoy se cataloga como ptosis renal y su valor patológico es comparable a la retroversión uterina, situa- ciones ambas a las que en su tiempo se atribuyeron diversas manifestaciones y fueron objeto de frecuente corrección, gene- ralmente por métodos quirúrgicos. Es incierto lo que se engloba dentro de la <hidronefrosis intermitente>, probablemente sea un cólico nefrítico secundario a un síndrome de estenosis de la unión pielo-ureteral (sindrome de Nesbitt), caracterizado por una dilatación pielo calicial intermitente, durante periodos de mayor diuresis (disparadas por alcohol, por ejemplo) donde di- cha unión claudica. Todo muy interesante, y es la mejor forma de poder imaginar cómo será la urología del futuro”.*?

El 11 de octubre del año 1896, Navarro pasó a dirigir interi- namente la Segunda Clínica Quirúrgica -creada en ese momen- to-,% en la que fue confirmado recién el 22 de abril de 1903. La sala “Maciel” era un recinto pequeño, mal ventilado y peor calefaccionado, con veinte camas y algunos catres, que carecía de quirófano propio, razón por la cual, durante los primeros tiempos, el Profesor practicaba las intervenciones en el de la sala “Presos”.

En 1899, Alfonso Lamas (1867-1957) (Figura 25) ocupó la Primera Cátedra de Clínica quirúrgica -que era la inicial, re- genteada por espacio de veinte años por José Pugnalín (Figura 24), desde su ingreso al profesorado en 1879 hasta su renuncia en 1899. Del punto de vista edilicio esta sala (“Jacinto Vera”), no sólo era más grande que la de Navarro, sino que tenía qui- rófano bien acondicionado e instrumental que el titular había traído en sus repetidos viajes a Europa.

69 Jorge Clavijo: comunicación personal, 2014. 70 Este dato difiere de los expuestos hasta el presente por otros historiadores que señalan que dicha cátedra fue ocupada en primer lugar por Alfonso Lamas.

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Figura 24. De archivo de la Dra. Sandra Burgues Roca.

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A comienzos de 1904, Lamas fue destituido por resolución del Poder Ejecutivo, a causa de su participación en la guerra ci- vil en calidad de Cirujano Mayor del Ejército revolucionario.”* Navarro lo sustituyó en la antedicha posición académica, la que le fue conferida en propiedad el 8 de agosto de 1904,"? y que ocuparía hasta su renuncia voluntaria el 26 de abril de 1945. Debe señalarse que, a pedido de docentes, estudiantes y egresa- dos y por mediación del propio Navarro, una vez finalizada la contienda, Lamas fue repuesto en el cargo de Catedrático, ésta vez de la Segunda Cátedra -que había sido la de Navarro-, en la que permanecería hasta su retiro, también voluntario, en 1935.

Figura 25. Alfonso Lamas.

71 El Profesor Raúl Praderi afirmaba que Lamas, en su calidad de presidente del Directorio del Partido Nacional en 1904, había sido el portavoz responsable de declarar la guerra al gobierno constitucional de José Batlle y Ordóñez. Lamas fue el Cirujano Mayor del Ejército revolucionario.

72 An Univ (Montevideo), 1904; 15: 860.

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Figura 26. Caricatura de Navarro enseñando. De archivo del Dr. Eduardo Wilson.

Dicho sea para destacar el desinterés económico de nuestro biografiado y agregar así un pincelazo más a su retrato, a partir de 1909, hizo donación de sus estipendios como docente “para mejorar sus servicios y aliviar a la Asistencia Pública Nacional de una parte de sus obligaciones”. También donó un equipo comple- to de radiología para su Servicio, además del que ya existía desde 1898 en la Sección Fotografía y Radiografía (hasta esa fecha de- nominada Sección de Fotografía y Microfotografía), que estuvo a cargo de Augusto Turenne entre 1898 y 1908. En esta fecha, retorna de Europa Leopoldo Thevenin (1878-1912), donde ha- bía permanecido por espacio de dos años luego de la obtención

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del título en Montevideo. Trajo consigo un nuevo equipo de Rayos X que donó al Hospital. A partir de ese año sustituyó a Turenne al frente de la Sección mencionada, que dirigió hasta su muerte en 1912. Al año siguiente, regresó de Europa Carlos Butler (1879-1945), donde había adquirido el radium por en- cargo de la Facultad de Medicina. En el mismo 1913 se fundó el Instituto de Radiología, del que Butler pasa a ser Director y luego primer profesor de la especialidad.”

73 Eduardo Wilson , comunicación personal, mayo 2015.

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APORTES DE NAVARRO A LA CIRUGÍA NACIONAL AL INICIO DE SU DESEMPEÑO PROFESIONAL Y DOCENTE

. . % CARICATURAS CONTEMPORÁNEAS as innovaciones 1n- % .. wéuicos

troducidas precoz- DOCTOR ALFREDO NAYARRO

mente por Navarro

a la cirugía nacional pueden resumirse como sigue:

1) Aplicación estricta de la asepsia (al menos en cuan- to a instrumentos y materiales se refiere), de acuerdo a los principios de Pasteur, genera- lizando el uso del autoclave”? y el empleo de la gasa simple esterilizada (en lugar de la gasa fenicada).

74 La primera estufa de Poupinel fue y que ia Pri joe traída de Europa e instalada, a fi- ia : nes del siglo XIX , en el Hospital Figura 27. Navarro. De: Biblioteca Na- de Caridad, por donación de José cional de Montevideo (cedida por el Dr. Pugnalin. Juan Ignacio Gil Pérez)

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2) Uso sistemático de guantes de goma esterilizados para operar.” 76

3) Empleo del suero fisiológico para la reposición hidrosa- lina (por vía subcutánea o intraperitoneal, mucho después, por venoclisis).

4) Difusión de la anestesia local, utilizando los derivados de la cocaína, según los trabajos de Reclus” y la anestesia raquídea, a partir de entonces muy usada (practicada por el propio ciru- jano) en cirugía abdominal y ginecológica, sola o asociada con inhalación de éter o cloroformo a muy bajas dosis.

5) A diferencia de sus inmediatos antecesores y algunos coetáneos, Navarro casi no operaba en domicilio sino que lo hacía en sanatorios. Desconocemos la fecha de la instalación del primer sanatorio de Navarro (que fue en sociedad con Eduardo Blanco Acevedo [1884-1991] y Angel Gaminara [1883- 1960]), situado en la calle Canelones entre Ejido y Santa Lucía (hoy Santiago de Chile). Luego de poco tiempo, en los primeros años del siglo XX , lo trasladó (como único propietario) al ubi- cado en Agraciada y Asencio, que mantuvo toda su vida.”?

Los principales tópicos abordados tempranamente por Navarro fueron los siguientes:

75 En los comentarios a un trabajo de Pouey y Fausto Veiga, de 1900, titulado “Epidemia de infección post-operatoria”, publicado en la Revista Médica del Uruguay (RMU, 1900;3:102-112 y 122-135), Navarro hace referencia a la uti- lización de los guantes estériles y de mascarillas preconizado por Mickulicz en 1897, en el Congreso Alemán de Cirugía .

76 En torno a 1904, sabemos con certeza que en la cirugía ginecológica, sólo se utilizaban guantes esterilizados para realizar los tactos vaginales en casos de pa- cientes infectadas o en las maniobras quirúrgicas vaginales, mientras que las la- parotomías se efectuaban “a mano desnuda”, previo lavado, cepillado y enjuague en líquidos antisépticos.

77 Reclus, Paul . La cocaine. Paris, Masson et cie éd, , 1903. Refiere que al momen- to de esta publicación lleva más de 7000 procedimientos quirúrgicos realizados con esta anestesia.

78 Con posterioridad, se produjo un distanciamiento entre Navarro y Blanco Ace- vedo, como lo hace saber este último en oportunidad de votar el apoyo de la Asistencia Pública Nacional al Homenaje a Navarro en 1926.

79 Cretanello, Francisco A. Abel ChifHet. op cit: 204-205.

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1) Tal como se desprende del tema elegido para la tesis de doctorado, Navarro se dedicó con preferencia a los temas de urología. *

“Era famoso en la época su recorrido por la ciudad en un carruaje conducido por un poderoso tronco de caballos y con las sondas uretrales rigurosamente asépticas que llevaba en un recipiente y con las cuales trataba a los prostáticos” *

Si bien siguió siendo un referente en materia urológica, cedió la enseñanza de la materia a su alumno Luis A. Surraco (1882-1970),% también formado en París -hizo un primer viaje como becario de la Facultad entre 1912-14 y otro en 1923; en ambos concurrió a la clínica de Henri Marion. En 1922 Surraco ocupó la recién creada Cátedra clínica de dicha especialidad, que funcionó en una sala cedida por Navarro, hasta que en 1931, con el retiro de Juan Francisco Canessa (1869-1939), pu- do ocupar, como espacio propio, la sala “Cabrera”.

2) Otra área en la que se destacó Navarro fue la traumato- logía, que estaba restringida a maniobras de reducción, inmo- vilización y sección subcutánea de tendones. Años después, en 1933, puso en contacto a uno de sus Jefes de clínica, Domingo Vázquez Rolfi (1901-1968), y al ayudante del Laboratorio de Cirugía Experimental, José Luis Bado (1903-1977), con el Profesor Vittorio Putti (1880-1940), del “Instituto Rizzoli” de Bologna. A su regreso al país, estos iniciaron la práctica de es- ta nueva especialidad quirúrgica, llegando a ser Bado el primer Profesor titular de la cátedra respectiva en 1952.

80 Otros famosos referentes de la urología francesa habían sido Félix Guyon (1831- 1920) y el cubano nacionalizado francés Joaquín Albarrán (1860-1912).

81 Lockhart, J. Alfredo Navarro, en: Horacio Gutiérrez Blanco (ed) Médicos Uru- guayos Ejemplares, 1987, 1: 22-23

82 Luis Surraro fue primero practicante Interno de Canessa, Soca y Navarro. En París, junto a Marion, aprendió los principios de la cirugía prostática. Fue fun- dador de la Sociedad Uruguaya de Urología y de la Revista correspondiente. Fue Jefe de Servicio del Hospital Maciel y, como ya se dijo, Profesor titular desde 1922. Miembro de varias Academias, entre ellas la francesa. (Lockhart, J. La historia del hospital Maciel, Montevideo, 1982: 96).

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3) Las más frecuentes eran las intervenciones propias de la Patología externa, tal como podía observarse en cualquier otro servicio quirúrgico.

4) No obstante lo dicho, ya a fines del siglo XIX, Navarro efectuó intervenciones neuroquirúrgicas y laparotomías com- plejas, algunas con buenos resultados.

5) Un aspecto de la cirugía abdominal abordado algo después fue el concerniente a las vías biliares. La primera colecistostomía habría sido efectuada en torno a 1893 por Lamas (aunque es muy discutido si la formación quística que extirpó era una vesícula biliar); la segunda en 1899 por Enrique Pouey;* la tercera por Luis P. Lenguas; de la cuarta a la séptima por Jaime H. Oliver. Y 88 Luis P. Bottaro fue el primero en efectuar una colecistectomía.*”

6) Como ya fue expuesto, Navarro se interesó en el diagnós- tico y operación precoz de la apendicitis aguda. Según consta en la Tesis de Juan Aranguren,% en 1897 intervino a un enfermo que se hallaba ya en fase de gangrena, y a dos mujeres jóvenes con apendicitis aguda, todos los cuales curaron.

7) Estando a cargo de la sala “Presos”, trató numerosas heri- das penetrantes de abdomen y tórax. Fue un decidido partidario de la operación precoz en las primeras.

83 Lamas, A. Un caso de colecistostomía. Rev Med Urug, 1898; 1: 79.

84 Praderi, R. y Bergalli, L. Notas para una historia de la cirugía uruguaya desde la Independencia hasta principios de este siglo, Montevideo, 1981, 52 págs.

85 Pouey, E. Colecistostomía por cálculo enclavado en el conducto cístico. Rev Med Urug 1899; 2: 33-35.

86 Lenguas Luis P. Colecistostomía transhepática. Rev Med Urug, 1901; 4 :430-33.

87 Oliver, Jaime H. Gastro enterostomía y colecistostomía. Rev Med Urug 1900; 3:289. 88 Oliver, Jaime H. Dos casos de obstrucción calculosa del colédoco, operados por

extracción del cálculo, sutura del colédoco y drenaje de la vesícula. Rev Med

Urug, 1903; 6: 369-72.

89 Bottaro, Luis P. Litiasis biliar. Hidropesía de la vesícula; cálculo enclavado en el canal hepático. Hepaticotomía, colecistectomía. Rev Med Urug, 1905; 8: 115. 90 Aranguren, J. Peritonitis agudas de origen apendicular, Tesis de Doctorado,

Montevideo, 1898. 91 Rizzi, Milton Historia de las heridas penetrantes de abdomen. RMU, 2009; 25 (4). Versión online: http://www.rmu.org.uy/revista/proximo/heridas (consulta

realizada el 4 de febrero de 2015).

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8) Entre las primeras actuaciones quirúrgicas privadas, está la efectuada el 5 de diciembre de 1896, según lo consigna la revista “La Facultad de Medicina”:

“Los Doctores Navarro y [Augusto] Turenne acaban de practicar una importante operación de ovariotomía a la esposa del señor Edgardo Hilaire, reporte de “La Nación”. Fue una operación llena de serias complicaciones, que fueron vencidas gracias a la maestría y capacidad de los inteligentes cirujanos. El Dr. Carlos Nery [1865-1927] tomó a su cargo el clorofor- mo. Asistieron y ayudaron los Dres. [Pedro] Visca, Bernardo Etchepare [1869-1925], Antonio M. Harán y otros. La pa- ciente se halla en estado relativamente satisfactorio” 2

Era ésta una de las intervenciones abdominales más frecuen- tes, realizada con la finalidad de evacuar y extirpar quistes de ova- rio de grandes dimensiones. Recuérdese que ya en 1883, en la co- nocida Tesis de Angel Brian (1850-1923) sobre las laparotomías en el Uruguay,” esta indicación figura en primer lugar.

Figura 28. Grupo de médicos en Montevideo (c.1897). El tercero de en la segunda fila de izquierda a derecha es Ángel Geminara, el siguiente es Navarro. De archivo del Dr.

Eduardo Wilson

92 Operación. La Facultad de Medicina 1896, 2: 11.

93 Brian, A. Primeras laparotomías realizadas en la República Oriental del Uruguay. Historia de la cirugía uruguaya. Tesis para optar al grado de Doctor en Medicina, Montevideo, 1883.

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XI

ASCENSO SOCIAL

omo dato indirecto que señala la rápida nombradía

alcanzada por Navarro, su retrato y datos biográfi-

cos aparecen, en 1896 y 1898, respectivamente, en

una revista montevideana: “Semanario Festivo”% y en otra de la capital de Soriano: “Mercedes Ilustrada”.”

El 24 de diciembre de 1896, contrae matrimonio con María Elena Nery Salvañach,* a quien conoció personalmente recién a su regreso a Montevideo. Tuvieron una hija, María Marta Navarro Nery, nacida el 2 de noviembre de 1897 y bautizada el 18 de no- viembre.” Se casó el 21 de setiembre de 1922 con H. Sinforiano Castro,” abogado de profesión (sin descendencia).” Por razones que desconocemos -quizás porque Navarro no podía hacerlo por ser divorciado- José Irureta Goyena actuó como padrino de la boda de María Marta en representación de su amigo.

En diciembre de 1900 Navarro fue testigo del casamiento de su cuñado Carlos Nery Salvañach con la hija del Presidente de la República, Carmen Cuestas Fernández.'% En algún mo- mento posterior a 1907 -fecha de aprobación de la primera ley

94 El profesor Alfredo Navarro, Semanario festivo, Montevideo, 1896; 3:34. 95 Doctor Alfredo Navarro, Mercedes Ilustrada, 1898, 4: 1.

96 Ver Anexo Documental No 2.

97 Ver Anexo Documental No 3.

98 Ver Anexo Documental No 4.

99 Angel Ayestarán: comunicación personal.

100 Pou Ferrari, y Mañé Garzón, E Carlos Nery, op cit: 42.

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de divorcio-el matrimonio Navarro-Nery se disolvió. Navarro se casó en segundas nupcias con Dolores Lussich Nin (1885-?), con quien tuvo dos hijos: Alfredo, -brillante médico, Profesor de Clínica Endocrinológica, miembro y presidente de la Academia Nacional de Medicina- y Gastón -notorio Ingeniero Agrónomo, Profesor de Genética en la Facultad de Agronomía-. Doña Lola fue su compañera de toda la vida, falleciendo años después que su esposo. La vinculación de la familia Navarro-Lussich con los esposos Castro-Navarro fue siempre muy afectuosa.

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Figura 29. De: Biblioteca Nacional de Montevideo (cedida por el Dr.

Juan Ignacio Gil Pérez).

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XII

EL SUPUESTO ASESINATO DEL PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA Juan IDIARTE BORDA (1897)

oco después de la Batalla de “Tres Árboles”, un joven

anarquista, de nombre Antonio Ramón Ravecca, ame-

nazó con un revólver al Presidente Juan Idiarte Borda

(1844-1897) (Figura 30) cuando este descendía del carruaje a la entrada de su casa en la avenida 18 de julio. El atacante fue reducido y detenido.

El 25 de agosto de 1897 ocurrió un atentado que -ésta vez sí- costó la vida al Primer Mandatario y que fue atribuido a un fanático opositor, Avelino Arredondo.

Jorge Luis Borges (1899-1886) nos ha dejado, con su habi-

tual maestría, una narración imaginaria de este hecho:

¿No habían dado las tres cuando arribó a la Plaza Matriz. El Te Deum ya había concluido; un grupo de caba- lleros, de militares y de prelados, bajaba por las lentas gradas del templo. A primera vista, los sombreros de copa, algunos aún en la mano, los uniformes, los entorchados, las armas y las túnicas, podían crear la ilusión de que eran muchos; en realidad, no pasarían de una treintena. Arredondo, que no sentía miedo, sintió una suerte de respeto. Preguntó cuál era el presidente. Le contestaron:

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- Ese que va al lado del arzobispo con la mitra y el báculo.

Sacó el revólver e hizo fuego.

Idiarte Borda dio unos pasos, cayó de bruces y dijo cla- ramente:

-Estoy muerto.

Arredondo se entregó a las autoridades. Después decla- raría:

-Soy colorado y lo digo con todo orgullo. He dado muerte al Presidente, que traicionaba y mancillaba nuestro partido. Rompí con los amigos y con la novia para no complicarlos; no miré diarios para que nadie pueda decir que me han incitado. Este acto de justicia me pertenece. Ahora que me juzguen.

Así habrán ocurrido los hechos, aunque de un modo más complejo; así puedo soñar que ocurrieron.” '"

Figura 3 0. Juan Idiarte Borda

101 Borges, Jorge Luis. Avelino Arredondo. El libro de la arena, Buenos Aires, 1975.

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Figura 3 1. Cortejo fúnebre del Presidente Idiarte Borda.

En realidad, la verdadera causa de la muerte de Idiarte Borda

es, aún hoy, una suposición, ya que, al no haberse practicado au- topsia, sólo se basa en “el certificado del Dr. [Juan H.] Grolero, los informes verbales y en probabilidades”. Dicho profesional, médi- co de policía, consignó que sólo halló el orificio de entrada de la bala, pero no el de salida y que no se recuperó el proyectil. De acuerdo a lo expresado por el defensor del acusado, el Dr. Luis

Melián Lafinur (1850-1939):102

“Me han dado la razón sobre esto los distinguidos profe- sores de Medicina doctores Navarro y [Elías] Regules [1861- 1929], honra y prez el primero de los facultativos uruguayos, y aplaudido catedrático de medicina legal el segundo, los cuales, dentro del término probatorio, produjeron el siguiente informe que me excusa de toda insistencia sobre que no hay prueba de que don Juan Idiarte Borda muriese a consecuencia de la bala de Arredondo. Hablan los notables médicos: <Los que suscriben tienen el honor de evaluar el informe que usted se sirvió pedirles sobre si puede ser prueba médico legal de la muerte del señor Idiarte Borda por herida de arma de fuego, el certificado de f123 expedido por el señor doctor Grolero. Ellos piensan que no es posible, en ausencia de autopsia, llegar a las conclusiones del señor médico legista arriba citado. En efecto:

102

Melián Lafinur, Luis . Causa política de Avelino Arredondo: acusado de homi- cidio en la persona del Presidente de la República. Defensa del abogado Luis Melián Lafinur ante el Jurado de primera instancia, Montevideo Imp Latina,

1898: 67.

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poco vale el argumento sacado de la rapidez de la muerte, que puede haber sido instantánea o muy rápida sin que ningún vaso de la región haya sido interesado. El argumento que se podría sacar de la situación del orificio de entrada de la bala tampoco es concluyente, puesto que la dirección de un proyectil no está sujeta a leyes matemáticas, y pudo muy bien el proyectil desviarse y seguir un camino que no es el que se supone en el presente caso. Está bien probado en efecto que en cualquier parte del organismo la situación del orificio de entrada no per- mite asegurar cuál ha sido el trayecto seguido por el proyectil, pues que ese trayecto no sólo depende de las condiciones in- trínsecas del proyectil, es decir, de su fuerza, sino también la resistencia que opone la región. En consecuencia, pues, no es posible afirmar cuál ha sido la dirección de la bala: ¿hirió el corazón, la aorta, o la vena cava?, o ¿no hirió ningún vaso del mediastino? Sólo la autopsia hubiera podido revelar esos pun- tos. Nuestra afirmación es tanto más exacta, tanto más firme, que sin autopsia no se puede afirmar cuál ha sido la dirección del proyectil sino que ni se puede afirmar que el proyectil ha interesado ningún órgano, ningún vaso cuya existencia íntegra sea necesaria para la vida, puesto que la muerte puede ser una simple coincidencia. Está probado, en efecto, que un sujeto puede morir instantáneamente al creerse herido, sin que haya sido herido realmente, o cuando la herida que le ha sido hecha no interesa sino la piel. Por no citar más que un ejemplo, re- cordaremos que los enfermos que tienen una angina de pecho, enfermedad que puede no haberse revelado con ningún sínto- ma anteriormente, mueren por la más simple impresión moral o física recibida. Los infrascritos creen, pues, que no es posible, con el simple certificado del doctor Grolero, afirmar que la muerte de don Juan ldiarte Borda ha sido debida a ruptura de un vaso por el proyectil>”.

Termina Lafinur diciendo que:

“la muerte de Borda es y será eternamente un misterio, porque, en ausencia de estudio anatómico que falta en el pro- ceso, siempre resultará una coincidencia la de la muerte de Borda ante la agresión de Arredondo, que bien puede ser y será sin duda una de tantas muertes por síncopes nerviosos, como consecuencia de emociones de cólera, miedo y aún alegría, o por lesión orgánica hasta entonces oculta”.

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XIII

ÍNFORMES DE ACTUACIÓN DE LOS PROFESORES DE LAS CLÍNICAS

QUIRÚRGICAS DE LA FACULTAD DE MEDICINA (1901)

on la finalidad de contextualizar la actividad clínica

de Navarro al frente de su cátedra y poner de relieve

la escasez de recursos materiales con que contaba,

al tiempo que compararla con la casi idéntica situa- ción de su colega Lamas, transcribimos los informes respectivos, redactados por dichos profesores durante el decanato de José Scoseria.

Sería bueno poder trasladarnos imaginariamente a este es- cenario: salas de hombres (la Comisión de Caridad no permitía que los estudiantes entraran en las de mujeres; más tarde, a la sala “Jacinto Vera”, se sumó la de mujeres, llamada “Cirugía A), de escasa capacidad, con algunos catres suplementarios, sin cale- facción (a principios de siglo, Navarro hizo poner de su peculio, calefacción en todos los ámbitos de su Servicio),'% con luz a

103 Navarro (h), A. Discurso pronunciado en la Décima Reunión Conjunta de las Academias Nacionales de Medicina del Plata, Buenos Aires, 27 de octubre de 1997. Pedro Larghero Ibarz. In: Pedro Benedek, Jorge C. Pradines, Guaymirán A. Ríos Bruno, Felipe S. Vázquez Varini, Walter Venturino. Pedro Larghero. Cirugía y Pasión, Montevideo, S/E, 2000: 110.

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gas para lo imprescindible (la electricidad recién fue instalada en 1904). Las salas de operaciones eran espacios mejorados, en donde, previamente a cada intervención, se tomaban medidas especiales de limpieza con antisépticos, No obstante, el ciru- jano, ayudantes y observadores accedían en su vestimenta de calle (a lo sumo cubiertos por un delantal para evitar manchas), sin gorros, mascarillas ni guantes y con los mismos zapatos con que recorrían las calles de una ciudad, transitada por carruajes y tranvías de caballo, cuyas demás condiciones de higiene estaban lejos de ser adecuadas... Por más que existían recintos separados según se fueran a practicar operaciones sépticas o asépticas, los pacientes procedían y volvían a la misma sala compartida, don- de improvisados enfermeros hacían curaciones descuidadas. No sorprende que se haga referencia en la bibliografía de la época a casos de tétanos!% o a “epidemias” de infecciones. En ese en- torno, los cirujanos asumían y compartían con los pacientes los riesgos entre morir de la enfermedad que los traía a la consulta o a consecuencia de una complicación operatoria.

Se lee en Anales de la Universidad de 1901:!%

“Primera Clínica Quirúrgica- Ha sido designada con el nombre de “Clínica José Pugnalini” [sic], en honor del meri- torio catedrático que la desempeñó durante 20 años. Se halla hoy bajo la dirección del doctor Alfonso Lamas, teniendo como Jefe de Clínica al doctor Luis Mondino, y funciona en la sa- la <Jacinto Vera>. Consta el servicio de siete compartimien- tos destinados: 3 para enfermos, en los cuales hay 34 camas permanentes y 12 desmontables, 1 para servicio de la sala, 1 para sala de curaciones y el último para sala de operaciones. La sala de operaciones es una instalación moderna hecha en muy buenas condiciones de higiene y comodidad: posee todos

104 Juan Francisco Canessa había ideado, en 1901, con la finalidad de tratar los síntomas neurológicos de la enfermedad, la inyección de suero antitetánico en el cráneo a través de una trepanación. Al año siguiente, Juan Bianchi publicó una Tesis titulada “Contribución al estudio del tratamiento del tétanos”. (Wilson, E. La neurocirugía en el Uruguay antes de 1904. Rev Med Urug, 1992, 8: 161-173 y Wilson, E. Neurosurgical treatment for tetanus. Hist Neurosc, 1997, 6: 82- 85).

105 An Univ (Montevideo), 1901; 11: 689-690.

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los aparatos de esterilización necesarios, un completo arsenal quirúrgico, mesas de operaciones, lavabos, etc.

Segunda Clínica Quirúrgica. Funciona en la sala “Maciel” bajo la dirección del doctor Alfredo Navarro. El puesto de Jefe de Clínica, desempeñado hasta hace poco por el doctor [Horacio] García Lagos, se halla vacante actualmente. Tiene este servicio 19 camas y 4 catres en la sala; un cuarto de operaciones sépticas con una mesa y todos los instrumentos y accesorios correspondientes y una sala de operaciones asépticas, con mesa de operaciones, estufas de calefacción y de esterili- zación y todas las instalaciones necesarias. El instrumentario (sic) de la sala es actualmente incompleto; está a llegar el re- cientemente adquirido en Europa por el catedrático”.

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XIV

PARTICIPACIÓN DE NAVARRO EN EL CAMPO DE BATALLA (1904)

eclarada por segunda vez la guerra civil en los pri-

meros días de enero de 1904, el presidente Batlle

crea, el 8 de ese mes, la Junta Central de Auxilios

bajo la presidencia de Pedro Figari (1861-1938). La misma envió, en los más de nueve meses que duró la revo- 106 repetidas misiones sanitarias. La 13% fue destinada a Tupambaé, poco después de la batalla, saliendo de la capital el 25 de junio. La dirigía Navarro y estaba integrada por los practi- cantes Leopoldo Thevenin, Juan Carlos Dighiero (1880-1923), Rafael Schiafhno (1881-1955), Hilarión Loriente (graduado en 1904), Alberto Vázquez Barriére (1872-1976), Eduardo Birabén, Mario Simeto (1882-1930), Alejandro Nogueira (1882-1952) y Esteban Sanguinetti. 19 108

lución,

106 Terminó con la Paz de Aceguá, el 24 de setiembre de 1904.

107 Praderi, Raúl y Bergalli, Luis Notas para una Historia de la Cirugía Uruguaya..., op cit, 1981; 34.

108 Según Augusto Soiza Larrosa y otros estudiosos de la medicina de guerra de la época, no hay evidencias de que Navarro haya formado parte de las “expe- diciones sanitarias” que actuaron en el campo de batalla durante la revolución de 1897. Si se sabe que asistió e intervino a numerosos heridos trasladados al Hospital de Caridad, alguno de los cuales fue motivo de comunicaciones ante la Sociedad de Medicina.

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Dice con más detalle Abel J. Pérez: '”

“Salió [Navarro] dos veces [a la campaña]: su primera expedición duró muchos días, en cuyo tiempo recorrió penosa- mente largas distancias, en las peores, en las más deplorables condiciones; en la segunda, cediendo al pedido del Presidente Batlle, se dirigió a Melo, donde estaban poco menos que aban- donados trescientos heridos. No es sobre una carilla de papel en que se enumeran los quilómetros recorridos, las ciudades visi- tadas y las horas transcurridas, lo que da la medida del esfuer- zo realizado y el sacrificio cumplido; es preciso conocer de cerca la soledad de nuestros campos en la vida normal y los peligros imprevistos de nuestras agitaciones revolucionarias; la lejanía irremediable de todos los lugares de refugio y la carencia de to- do auxilio eficaz, el desamparo de esos núcleos precarios de po- blación, en que los habitantes desaparecen, abandonando sus hogares cuando suenan los clarines guerreros, cuyo significado sangriento recuerdan con temor las partidas sueltas de aventu- reros de todo orden, que aprovechan las luchas civiles para uti- lizar su prestigio o provocar el terror que inspira en las gentes sencillas, a fin de realizar su provecho, robando o asesinando a mansalva, a favor de la soledad de los distritos desamparados por la guerra civil; todo lo aceptó nuestro amigo, haciendo sin desmayo una cruzada piadosa para llevar a los heridos un alivio a sus dolores; durmió malamente en la llanura desierta y húmeda, dolorido y cansado pensó en el lecho amigo y dis- tante, sintió hambre al cruzar la campaña desolada”.

Según Augusto Soiza Larrosa,

“un desagradable episodio aconteció con la expedición a la ciudad de Melo donde se acumulaban unos 300 heridos de ambos ejércitos procedentes de la batalla de Tupambaé, la más cruenta de la guerra. El presidente Batlle había ordenado que todos los revolucionarios heridos fueran considerados prisione- ros de guerra y los que pudieron huyeron al Brasil asistidos por el Dr. Alfredo Navarro, quien los entregó en Aceguá a los médicos del ejército revolucionario (tal vez en el hospital <del Minuano>). Batlle castigó tal conducta y cesó de inmediato al jefe de la misión a Melo [en representación de la Comisión

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Pérez, A- ]. op cit, 1926:188.

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Nacional de Caridad] el Dr. Luis Piñeyro del Campo [1853- 1909] por incumplimiento de su expresa orden”

Este hecho es referido en forma distinta por Alberto Piñeyro

Gutiérrez, quien manifiesta que Piñeyro del Campo debió ac-

tuar en dos de las expediciones sanitarias:

“la número cinco, luego de la batalla de Fray Marcos, y en especial, la número catorce, luego del combate de Tupambaé, el más sangriento de todos los enfrentamientos de esa Guerra. En medio de esta tarea, recibe un cambio de las órdenes ini- ciales del Presidente Batlle, indicando que los heridos del bando revolucionario debían ser trasladados a Montevideo, en condiciones de prisioneros de guerra, tomando Piñeyro del Campo una difícil y penosa resolución: dividir la expedición, dejando parte de ella en Melo y acompañando, junto al mé- dico Dr. Luis P Bottaro, a los heridos del lado rebelde, hasta entregarlos en lugar seguro para sus vidas y su libertad, en la ciudad brasileña de Bagé. Por esa época, ya estaba vigente la Primera Convención de 1864, que comprendía el Convenio de Ginebra para el mejoramiento de la suerte que corren los mi- litares heridos en los ejércitos en campaña. Dicha Convención, elaborada por Henri Dunant (1828-1910) generó la creación de la Cruz Roja Internacional, y le hizo acreedor al Premio Nobel de la Paz de 1901”.""

Es más probable que haya ocurrido esto último, ya que

Navarro no fue objeto de ninguna amonestación y, como en-

seguida veremos, estaba en contra de la atención de los heridos

revolucionarios.

AOK

Por gentileza del notable historiador de la Medicina, Dr.

José María Ferrari Goudschaal , hemos tenido oportunidad de consultar un libro de difícil ubicación, titulado “De Tupambaé

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111

Soiza Larrosa, Augusto . La Medicina militar antes del Hospital Militar. La sa- nidad y los hospitales militares del siglo XIX (II ). Las guerras civiles de 1870 a 1904; en: Hospital Central de las Fuerzas Armadas. Centenario. 1908- 18 de julio - 2008: Montevideo, 2008: 96.

Piñeyro Gutiérrez, Alberto. Luis Piñeyro del Campo: caridad y dignidad. Bio- grafía, Montevideo, Artemisa ed, 2009: 242 págs.

IOI

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al Apa”,'** en cuya primera parte, su autor, el periodista Luis Suárez, se refiere a la “Expedición de auxilios de Heridos de Tupambaé (revolución de 1904)”. La dedicatoria dice:

“Al Dr. Alfredo Navarro, alma mater de la Expedición de Auxilios a los heridos de Tupambaé”.

La misma,

“recogió, curó y condujo a Montevideo a los heridos del ejército gubernista caídos en [dicha] batalla”.

Todos los restantes enfrentamientos,

fueron un <floreo> en relación al crecido número de he-

ridos que debió atenderse en Tupambaé”.

La orden de partida fue dada en la tarde del viernes 24 de junio desde el Ateneo (sede de la Junta), lo que dio lugar a

“una complejísima tarea, por la diversidad de los ele- mentos componentes y la rapidez con que se debía reunirlos [...] En los almacenes de la Comisión Nacional de Caridad, el Sr. Vicente Curci ocupábase del material de curación y en los hospitales los médicos y practicantes alistaban los instrumentos de cirugía”.

Igual actividad reinaba en la sede de la Junta,

“desde su benemérito presidente, Dr. Pedro Figari, hasta el último miembro de las subcomisiones”.

Debió prepararse un tren expreso, y además,

“los breacks a utilizar al abandonarse el convoy, [...] los carros y muladas, los caballos de tiro [...] y de silla”.

Fue preciso reunir también:

“camillas, colchones almohadas, frazadas, ropas, ali- mentos, vajilla, instrumentos y multitud de objetos diversos,

112 Suárez, Luis: De Tupambaé al Apa. Expedición de auxilios a los Heridos de Tupambaé (revolución de 1904). Un año en el Paraguay. Recorriendo el África Francesa, Montevideo, Barreiro y Ramos ed, s/f. (la fotocopia del ejemplar tiene esta dedicatoria m: “Al doctor Abel J. Pérez, con la estima de su amigo afmo. Luis Suárez. Montevideo, diciembre de 1930”).

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procurando no omitir ninguno, porque una vez abandonada la ciudad, los expedicionarios sólo podrían valerse de sus pro- pios recursos”.

A la media noche, estaban prontos. El convoy,

“con carga heterogénea, amontonamiento de cosas, bes- tias y personas. Su lujo constituíalo un vagón dormitorio; su fuerza, la cabeza de hierro crepitante, con un único ojo, cente- lleante, ciclópeo, y dos grandes orejas, dos banderas de la Cruz Roja flameándole a los lados”,

partió a la 1 y 20 de la madrugada del 25 de junio.

Esta operación se desencadenó por el aviso enviado por el Coronel Pablo Galarza (1869-1930) al Presidente Batlle, de que en Tupambaé se estaba dando una cruenta batalla, en la que se enfretaban

“cinco mil hombres de tropa de las tres armas [del Ejército gubernista] ante diez mil civiles deficientemente ar- mados [del revolucionario)”.

Mientras viajaba, el cronista recuerda las expediciones pre- vias en las que había participado, especialmente la

“primera, [cuando,] mientras el tren nos transportaba, el Dr. Navarro, que fue su jefe técnico, dictó una clase inol-

vidable.

Suponiendo que íbamos a encontrarnos en plena batalla -en aquel entonces librábase en Illescas y Mansavillagra-, el Dr. Navarro, con ese orden y claridad en el decir que son una de sus excelsas cualidades de profesor, planteó todos los casos de orden profesional-moral, digamos así, y de técnica de auxilios a los heridos.

¿Médicos y practicantes, deberían ir a la línea de fuego, exponiendo sus vidas? ¿Cómo deben ser tratadas las heridas de armas de fuego en la cabeza, en el tórax, en el vientre, en las extremidades? ¿Cómo, las de arma blanca, diferenciando las de tajo con las de puntazo perforante? Nunca sus discípulos le oyeron con mayor atención. Las enseñanzas del maestro ten- drían aplicación inmediata, en medio del combate, viendo

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matar y exponiéndose a morir, y le oímos, mientras el tren nos llevaba rápidamente hacia el campo de batalla, que al llegar, entramos limpio de ejércitos y de heridos y sin casi señales de combate [...]

Actualmente, seis meses de guerra hacían innecesarias esas lecciones y en la inacción impuesta por nuestra prisión rodante -que no marchaba tan ligero como deseábamos -dis- cípulos y no discípulos, debimos soportar la impaciencia del lento transcurrir de las horas”.

A las diez de la mañana, arriban a Nico Pérez, lugar hasta donde llegaba la vía férrea. Debieron trasladar todo hacia vehí- culos de tracción a sangre.

“Terminados los preparativos, el Dr. Navarro, el [Alberto] Sr. Lacordell [e] y los practicantes subieron a los coches; nosotros montamos a caballo y, dada la voz de mando, todo el convoy se puso en movimiento rumbo a Valentines”.

Tardan unas cuatro horas y al anochecer, acampan en Valentines, donde

“conseguimos una habitación grande, en la que pusiéron- se colchones en el suelo, y después de una comida a base de conservas y galleta, nos acostamos medio vestidos, tapados con frazadas sin sábanas, a la espera de la luz del día siguiente”.

Se ponen en marcha a las seis de la mañana, llegando a las tres de la tarde “2 lo de Bacello, donde estaban los heridos del Coronel Galarza”.

Entran en comunicación con el jefe militar, que

“tenía a su cuidado más de cuatrocientos heridos, dise- minados por casas, carretas y fogones, a los que se había hecho una cura tan prolija como las apremiantes circunstancias per- mitieran [...]

Hicimos formar en círculo el convoy expedicionario e ins- talar el campamento del personal en el centro. Organizamos las rondas de las caballadas y al mismo tiempo inicióse la des- carga del material [...]

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Tomamos posesión de buena parte de la casa. La habita- ción del frente, la más grande de todas, libre de muebles, fue transformada en hospital de sangre.

Allá, mientras el Dr. Navarro y los practicantes, cubiertos ya con blancas túnicas, se ocupaban de la desinfección de los instrumentos y de las manos, lleváronse los heridos, pálidos, desangrados, cuyo estado requería pronta asistencia. cubiertos ya con blancas túnicas, se ocupaban de la desinfección de los instrumentos y de las manos, lleváronse los heridos, pálidos, desangrados, cuyo estado requería pronta asistencia.

Y el Dr. Navarro y sus ayudantes pusieron mano a la obra. Unos daban la anestesia, otros desinfectaban el campo operatorio, otros alistaban los instrumentos. Se trabajaba con varios heridos a la vez. Todos debían pasar por las manos del cirujano. A medida que se sacaban las vendas, dejando al des- cubierto heridas chorreando humores, un olor nauseabundo se esparcía por la sala, mezclando con los penetrantes gases del cloroformo y del éter.

Y el bisturí del Dr. Navarro, en movimientos ágiles, nerviosos, precisos, cortó la piel, se hundió en los músculos y descubrió los huesos. Estos comenzaron a crugir, mordidos por los dientes de las sierras.

Habíanse practicado veinticinco operaciones de urgen- cia, y ya la oscuridad de un crepúsculo invernal, muy a pesar del cirujano y sus discípulos, arrancóles el bisturí de las manos.

Las noticias eran contradictorias, si bien todas coincidían, luego en que iban dos días de lucha y, pese a su minoría núme- rica, las fuerzas gubernistas poseían más disciplina, dirección y armamentos (en especial las ametralladoras), lo que les permitió imponerse.

“Había sido una carnicería espantosa, [...] y, según di- ferentes cronistas, los muertos y heridos saravistas llegaban al milllar o sumaban varios miles”.

Da cuenta que el Dr. Luis Ponce de León había sido herido en el abdomen, Ramón Arocena, en una pierna; ambos estaban

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al cuidado de Juan B. Morelli; todos prisioneros de las fuerzas gubernistas.

“Al conocerse estas noticias, ya comenzó a agitarse entre nosotros la idea de si deberíamos o no ir en busca de los heridos revolucionarios, al terminar la cura de los gubernistas.

El Dr. Navarro -y su palabra era casi decisiva- se mani- festó por la negativa. Enseñábale la experiencia que el ejército revolucionario al evacuar sus heridos hacia el Norte en di- rección de Melo y la frontera del Brasil, haría estéril nuestro esfuerzo y que en cambio él tendría que separarse de heridos en estado grave que requerían su presencia.

Nuestra práctica personal era idéntica [...], sin embargo, sostuvimos la afirmativa, porque en el caso actual había una diferencia [con respecto a otras expediciones]: los heridos nacionalistas eran tantos, que aún después de los cuatro días transcurridos, quizás hubiese sido imposible obtener los me- dios de locomoción necesarios para conducir a todos y hubie- ran quedado algunos en las casas más próximas al que había sido el campo de batalla. Además, asistíanos razones especiales. Formábamos parte de la Comisión de la Junta C. de Auxilios y teníamos particular interés en dejar constancia, con hechos de nuestra neutralidad. A causa del origen oficial de la Junta, esa condición inherente a nuestro humanitario cometido, era puesta en duda por muchos. La Cruz Roja, que respondía a Ginebra, desautorizada por el gobierno y sustituída por no- sotros, nos hacía una campaña desfavorable, acusándonos de parcialidad a favor del Partido Colorado en el desempeño de nuestra misión. Convenía desvirtuarla, aún a riesgo de cami- nar inútilmente algunas leguas”.

Vino luego la necesaria pausa del sueño.

“El amanecer de una fría mañana invernal puso a todos en pie y sin dilación nos dedicamos al cuidado y cura de los

heridos.

Conforme la luz fue suficiente, comenzaron de nuevo a funcionar los bisturíes, pinzas y sierras del cirujano y sus discípulos, cortando carnes, ligando vasos y serrando huesos.

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El hedor nauseabundo de la tarde anterior vuelve a en- señorearse de la casa, con mayor intensidad aún. Ahora, el desfilar de pacientes, con sus heridas manando pus sanguino- lento, no tiene fin”.

Unos eran desinfectados, otros operados bajo anestesia, rá- pidamente sustituidos por nuevos casos, entre gritos, conversa- ciones, Órdenes y hasta risas contenidas.

El piso estaba cubiero de humores, vendas, gasas, algodo- nes, lo que se barría a paladas cada poco.

Los efectos de la anestesia, aplicada “con la máscara o con un cucurucho de papel lleno de algodón embebido en éter”, eran variables.

“Eran las tres de la tarde y seguíase trabajando sin in- terrupción ¡Ni nos acordábamos de que no nos habíamos de- sayunado!

Allí mismo, en una caldera, hicimos un poco de café, lo dejamos asentar, servimos una taza y nos situamos detrás del Dr. Navarro. Este operaba un hombro, y en aquel pre- ciso/ momento, bien descarnado y el hueso a la vista, serraba la clavícula. Casi sin detenerse en su humanitaria tarea, fue bebiendo de nuestra mano el café en pequeños sorbos, parti- cipando también nosotros de algunos de ellos para distraer las forzadas esperas impuestas por las circunstancias”.

A las seis de la tarde, luego de

“un esfuerzo agotante de doce horas consecutivas, y sin haber tomado más alimento que una taza de café solo, se ha- bía terminado de curar al último herido.

Cuando todos nos hubimos aseado lo mejor posible, sus- pirando por un baño tibio, hicimos nuestro almuerzo-cena”,

Con referencia a la cura de los heridos revolucionarios, se mantuvieron las opiniones encontradas. “La declaración categó- rica del Dr. Navarro de que él, por su parte, no iría, puso punto final a la discusión”.

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Durante la noche, pasaron, silenciosas, las tropas de Galarza en retirada hacia Nico Pérez. Según ellos, debería haber heridos en los campos de batalla.

A la mañana siguiente, lo primero fue plantear nuevamen- te la pregunta acerca de si se iría o no en busca de los heridos saravistas. Se decidió afirmativamente por mayoría. Navarro y algunos practicantes conducirían los heridos a Montevideo, mientras tanto otros procurarían rescatar heridos. A último mo- mento, Navarro optó por acompañarlos.

Recorrieron leguas en carro sin ver a nadie, hasta que avis- taron un grupo perteneciente al ejército revolucionario, quienes respetaron la condición de médicos y, cuarto de hora después,

“en una de las vueltas de nuestra ruta, vimos, bajando una loma, al tranco, en dirección opuesta a la nuestra, la si- lueta de un jinete, al parecer de recia contextura, montado en

un caballo tordillo [...]

Era el General Saravia, cabalgando solo.

“Después de sendos apretones de mano, se entabló con- versación sobre los acontecimientos acaecidos y el objeto de nuestra misión, bien puesta en evidencia por las insignias de la Cruz Roja que ostentábamos. [Saravia dijo:] -La trompea- dura fue regular [...] Nosotros, como éramos mayor número, presentábamos más blanco y tuvimos más bajas que el enemi- go, pero le derrotamos”.

Al rato, se unió al grupo Germán Ponce de León, ayudante del General, quien

reconoció a los amigos del grupo, saludando primero que a nadie al médico de la expedición con un < ¿Cómo está Dr. Navarro?>. Saravia, que no conocía a ninguno de noso- tros, al oir nombrar al Dr. Navarro, levantó los ojos que tenía fijos en el suelo para descubrir quién respondía a ese nombre. La conversación interrumida la llegada de Ponce de León, se continuó. Saravia y el Dr. Navarro la mantenían casi exclu- sivamente [...]

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El Dr. Navarro le ofreció material de curación que él aceptó agradecido, conviniéndose dejarlo depositado en la casa de Bacello”.

Saravia les garantizó que, en caso de darse un nuevo enfren- tamiento, el grupo sanitario sería respetado.

Unos instantes después, el caudillo volvió sobre sus pasos y

“un tanto irritado, preguntó si era cierto que los heri- dos Luis Ponce de León y Ramón Arocena y su médico, Dr. Morelli, habían sido hechos prisioneros y, obteniendo respuesta afirmativa, disgustóse vivamente, informándose si seríamos nosotros quienes los llevarían a Montevideo; a lo que el Dr. Navarro contestó no ser tal cosa posible, por cuanto la Cruz Roja no conducía prisioneros. Saravia volvió a dar toda clases

de seguridades”.

De retorno al improvisado hospital se encontraron con di- ficultades para acomodar en carretas de bueyes a los heridos que debían trasladarse a Montevideo.

Hecho eso, ya de madrugada, partieron hacia Valentines, formando una caravana de dos leguas de largo; el coche de los médicos, que tenía los mejores caballos, iba adelante; algunos, con heridos, fueron quedando por el camino al no disponer de relevos. Recibieron refuerzos de una partida comandada por el Cnel. Ortiz que iba en ayuda de las fuerzas de Galarza.

Vueltos a Nico Pérez tuvieron conocimiento, a través del jefe de la estación de ferro-carril que el

“Miércoles 29, a las cuatro de la tarde, habían llegado a Nico Pérez los primeros expedicionarios, dándoles mucho tra- bajo el transporte de los heridos desde los carros a los vagones.

A las diez de la noche, había partido el primer expreso, conduciendo 230 heridos, a cargo de los practicantes Dighiero, Simeto y Vázquez Barriere.

El segundo tren expreso, con 90 heridos, había salido a las diez de la mañana del jueves. Iban en ese tren el Dr. Navarro, el Sr. Lacordell, su secretario Gibbs y los practi-

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cantes Schiaffino, Loriente, Nogueira, Birabén, Thevenin y Sanguinetti,

El viernes primero de julio, llegábamos nosotros a Montevideo en el tren ordinario. La Estación Central, des- pués de la gran aglomeración a que dio lugar la llegada de los expresos de los días anteriores, estaba vacía y silenciosa, como acostumbraba en aquella época luctuosa.

Acompañamos los heridos al Hospital Maciel, recomen- dando se les pasara a la sala del Dr. Navarro [...]

Más tarde, éste nos contó que cuando con los practicantes que le acompañaban en su breack llegó a Valentines, falto, como toda la expedición, de elemento de movilidad, había cri- ticado en voz alta a la Junta C. de Auxilios; y que el mayor Iribar, oyéndolo, lo condujo ante el Coronel Vergara, que con su División había llegado a aquel lugar. El coronel dio orden de que los mejores caballos que poseían fuesen dados a la ex- pedición sanitaria. Desgraciadamente, como eran caballos de silla y estaban transidos, de poco o nada sirvieron.

Fue entonces que él y los practicantes que lo acompaña- ban decidieron ir a pie a Nico Pérez, atravesando la Sierra de Sosa, y, nada expertos, creyendo acortar el trayecto cor- tando en línea recta, abandonaron el camino nacional. Las peripecias de la travesía que duró de las 7 de la mañana a las 9 de la noche, hora en que llegaron a una casa de los suburbios del pueblo, hizo que la bautizaran con el nombre de la <noche triste>.

Hasta aquí la narración de Luis Suárez, que por cierto tra- duce acertadamente los esfuerzos y sacrificios de esa guerra.

Después de esta expedición el periodista decidió irse a vivir al Paraguay.

AoOK

Durante el tiempo que duró la contienda, el Cirujano Mayor y, a partir de ese año, Jefe de Sanidad del Ejército, Dr. Emilio Eduardo Martínez (1866-1932)** se hizo cargo de la sa-

Este médico también había cursado íntegramente la carrera en París, egresando en 1891 con la siguiente tesis: “Du diagnostic et du traitement des appendici-

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la “Presos”, a fin de asistir a los heridos, pese a que el número de q

los mismos superó la capacidad de ese recinto, debiendo alojarse

en otras salas del hospital e incluso en casas vecinas. 11*

tes”, Paris, Jouve éd, 1891, 107 pp. 114 Soiza Larrosa, Augusto . La asistencia médico quirúrgica en la guerra civil uru-

guaya. Salud Militar, 2004; 6 (1): 66-81.

III

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xV

ASISTENCIA DE UNA DIVA (1905)

15 de setiembre de 1905 se inauguró el Teatro Urquiza (Figura 3 2), con un espectáculo a cargo de la gran actriz francesa Sarah Bernhardt (1844-1923). Llegó ésta a Montevideo por tercera vez -las anteriores visi- tas habían sido en 1886 y 1893- con problemas en una pierna.

(Figura 33)

Relata el caso Mañé Garzón:!'?

“Luego de ser llamados para asistirla varios facultati- vos, sin obtener éxito en la remisión del dolor, fue llamado Navarro quien diagnosticó una artritis serosa (hidropesía de rodilla). Indica y practica la punción evacuadora,** con la consiguiente remisión del dolor”,

Se le aconsejó una semana de reposo, pero la diva no siguió ese criterio y en complicidad con el empresario, salió al escenario tres noches después de la que se había estipulado inicialmente.

Continúa Mañé:

“El texto publicado en <El Siglo> fue el siguiente: < Los críticos afirman que la suya es “una nueva forma de ser y de

115 Mañé Garzón, Fernando . Clínica viva: Cap. II : Sarah Bernhard es asistida en 1905 de una hidrartrosis de rodilla por Alfredo Navarro, Montevideo, 2006, Ministerio de Relaciones Exteriores, Consejo de Educación Técnico Profesional, Historia-Humanismo-Ciencia, Vol 8, 2006: 27-30.

116 Samuel Pozzi recordaba, años después, la magnitud del derrame evacuado, lo que había llamado su atención.

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Figura 3 2. Teatro Urquiza (1905-1931)

vivir sobre la escena, una forma completamente inesperada al decir de los textos. Sobre su vida se cuentan muchas historias sorprendentes: los rumores indican que monta a caballo en el Bois de Boulogne para entrenarse como jockey, se deleita in- terpretando papeles masculinos de Hamlet o Lorenzaccio, y en sus frecuentes estallidos de irascibilidad, lanza cepillos, peines y vestidos a la cabeza de sus sirvientes. Su vida de derroche y boato constituye el comentario obligado en el ámbito teatral y en los círculos sociales europeos. Anoche, excentricidades y fábulas al margen, Sarah Bernhardi demostró al inaugurar el escenario del Teatro Urquiza con “La sorciére” de Victorien Sardou [1831-1908], por qué se ha transformado en un per- sonaje mítico, que subyuga y asombra al público con su mag- nética presencia. En la Sala de Andes y Mercedes, construida sobre planos del Arquitecto Horacio Acosta y Lara [1875- 1966] y realizada por su par Guillermo West, la cautivante Sarah Bernhardt se sobrepuso a la dolencia que le obligó a pos- tergar su presentación en el tinglado montevideano y cumplió una actuación, en la cual ratificó su calidad de eximia actriz.

El estreno estaba anunciado para el día 2, pero una afec- ción, localizada en su rodilla derecha, que le causaba irresis- tibles dolores al caminar, determinó un paréntesis de incerti- dumbre.

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El doctor Alfredo Navarro fue llamado, luego de que otros galenos fracasaron en sus intentos por aliviar el dolor que aque- jaba a la actriz. Sin hesitar, Navarro diagnosticó hidropesía en la articulación y aconsejó una inmediata punción para evacuar el derrame líquido de la articulación, causa del dolor.

La terapia dio resultado y la <divina Sarah> (como la han bautizado sus legiones de adoradores) se recuperó en 48 horas y obsequió su arte a los ávidos espectadores montevidea- nos> [...]”.

Como lo hemos señalado en otra oportunidad,**” muchos años después, la actriz debió ser sometida a la amputación del miembro inferior derecho, a causa de un “tumor blanco” de rodilla, afección de origen tuberculoso que quizás ya era inci- piente cuando visitó Montevideo. El mal recuerdo que la actriz guardó de esa experiencia, se resume en una nota que envió a Samuel Pozzi (1846-1918), antes de que este emprendiera viaje a Buenos Aires en 1910, en la que lo despide en estos términos: “Mon pauvre docteur dieu, tu vas entre les barbares...”*8

Figura 3 3. Sarah Bernhardt (a la derecha, dibujada por Carlos Federico Sáez, 1899)

117 Pou Ferrari, R. El profesor Pouey, op cit, 2011:126. 118 Pou Ferrari, R. El Profesor Pouey, op cit, 2011: 127.

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XVI

ACTUACIÓN DE NAVARRO EN EL CONSEJO DE ENSEÑANZA SECUNDARIA Y SUPERIOR

a misma comienza el año de su arribo a Montevideo

con la designación como Vocal del Consejo, enton-

ces aún bajo la presidencia del Rector Alfredo Vásquez

Acevedo, “organizador” de la Universidad uruguaya moderna.'*?

La cumbre de la intervención de Navarro en política di- rectiva universitaria, que se superpone en parte a su primer Decanato (de abril de 1905 hasta abril de 1907), correspon- de al movimiento renovador de la Universidad en su conjun- to, encabezado por el Rector Eduardo Acevedo Vásquez (doble primo hermano de Vásquez Acevedo y cuñado de José Pedro Varela, 1845-1879). Acevedo fue designado en tal jerarquía por el Presidente Batlle en mayo de 1904 -en razón de que el hasta entonces Rector, Claudio Williman (1861-1934), pasó a ocupar

119 En esta época de actuación de Navarro el Consejo de Enseñanza Secundaria y Superior estaba integrado por los siguientes miembros: Alfredo Vásquez Acevedo (Rector), Elías Regules (D. de la E de Medicina y Ciencias Anexas); Eduardo Brito del Pino (D. de la E de Derecho y Ciencias Sociales); Juan Monteverde (D. de la E de Matemáticas); Claudio Williman (D. de Enseñanza Secundaria). Vocales: José Scoseria; Juan P. Castro; Carlos de Castro; D. Mendilaharsu; A. Navarro; E Feli- ppone; L. Forteza; J. R. Mendoza; Lucas Herrera y Obes; J. E. Saráchaga y Ezequiel Garzón; secretario: Enrique Azarola. (An Univ [Montevideo], 1898; 9: 872).

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el Ministerio de Gobierno-. Primero Acevedo desempeñó el car- go interinamente, posteriormente -a partir de julio- en calidad de titular; siguiendo los mecanismos previstos por la ley, tomó posesión el 6 de agosto.'” Contó siempre con el total apoyo del presidente Batlle. Se sabe que en plena guerra civil, aquel solicitaba audiencia a éste último, a efecto de pedir recursos eco- nómicos para la construcción de edificios y el Presidente dejaba por un momento los graves y urgentes problemas relacionados con la contienda para recibirlo. No bien terminada la lucha, en octubre de 1904, se procedió a la colocación de la piedra funda- mental del futuro edificio de la Facultad de Medicina, emplaza- do en la Plaza Sarandí; un año después, comenzaban las obras

de la Universidad Central. Como afirman Oddone y Paris:'”!

“Eduardo Acevedo accede al rectorado precisamente cuando se cierra el ciclo de nuestras guerras civiles [...] Si bien no fue extenso el período en que dirigió la institución, se liga en cambio a su nombre una de las más sustanciales reformas de la estructura universitaria [...] Dos grandes cambios que- daron planteados por estos años: [...] el régimen de promo- ciones y [la reconsideración] de la orientación misma de la Universidad. Con el amplio respaldo [del] Poder Ejecutivo [...], Acevedo procuraba asociar la enseñanza superior a las dos grandes fuentes de la riqueza nacional en el sector agrope- cuario, escasamente desarrolladas y mal tecnificadas”.

120 Formaban el Consejo de Instrucción Secundaria y Superior en esta otra etapa : Rector: Eduardo Acevedo. Decanos: Carlos María de Pena (E de Derecho e interino de la E de Comercio); Alfredo Navarro (F. de Medicina y Ciencias Ane- xas e Interino de las Facultades de Veterinaria y Agronomía); Eduardo García de Zúñiga (Ede Matemáticas); Angel Carlos Maggiolo (Enseñanza Secundaria). Miembros honorarios: Pablo De María, Claudio Williman, José Scoseria, Elías Regules, Eduardo Brito del Pino, Martín Aguirre, Juan Pedro Castro, Carlos de Castro, Juan A. Saráchaga, Juan Zorrilla de San Martín, José Román Mendo- za, Alfredo Vásquez Acevedo, Ezequiel Garzón, Carlos Vaz Ferreira, Domingo Mendilaharsu, Juan Monteverde, José Serrato, Juan P. Lamolle y Luis Andreoni. Miembros electivos: Américo Ricaldoni, Duvimioso Terra, Gerardo Arrizabala- ga, Gabriel Terra y José Irureta Goyena. (An Univ [Montevideo] 1907; 18; 447).

121 Oddone, Juan y Paris, Blanca. La universidad uruguaya del militarismo a la cri- sis. 1885-1958, Montevideo, Departamento de Publicaciones de la Universidad de la República, op cit: 57 y sig.

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El propio Rector manifiesta que

“contó en todo con la colaboración estrecha de dos Decanos: el de Medicina (Navarro) y el de Derecho (Carlos María De Pena [1852- 1918])”.:2

Podemos resumir una tan brillante como variada actuación de este memorable Consejo en los siguientes hitos: 1) plani- ficación y reglamentación de los “Liceos departamentales” en el interior del país; 2) creación de la Facultad de Veterinaria (1903-1906); 3) fundación de la Facultad de Agronomía (1907); 4) reformulación de los planes de estudio de la Facultad de Medicina, establecimiento de los cargos de Profesores agre- gados y planificación para la puesta en marcha -que ocurrió con posterioridad- de nuevos Institutos (aparte del de Higiene Experimental, que funcionaba desde 1895).

1) En lo que respecta a los “Liceos departamentales”, los mismos obedecieron a una directiva emanada directamente del Presidente Batlle, quien solicitó que una parte del presupuesto destinado a las nuevas Facultades se usara para la “difusión de la enseñanza secundaria”, lo que fue resuelto de ese modo por el Cuerpo Legislativo, indicando al Consejo Universitario “que trazara el plan a que tal idea debía someterse”.

En el seno de este órgano surgieron dos tendencias dife- rentes:

“Una, inspirada en el propósito de dotar a los Departamentos de liceos de bachillerato completo y otra, según la cual esos liceos debían prescindir del plan de bachillerato y resolver el problema de la enseñanza media, desvinculada de todo carácter profesional”.

Decía el Rector con gran acierto y conocimiento del tema:

“El problema de la enseñanza media no está resuelto, no se ha adelantado siquiera en el país. Tenemos enseñanza primaria y enseñanza preparatoria (aunque se la llame se-

122 Informe del Rector Eduardo Acevedo. An Univ (Montevideo), 1907; 18, 458 págs. Las referencias que siguen a la presente proceden de la misma fuente, hasta que no se indique otra diferente.

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cundaria, es preparatoria), no tenemos verdadera enseñanza media, faltándonos los liceos que en Europa y Norte América responden a ese fin. En Montevideo esa deficiencia es en cierto modo atenuada por la existencia de ciertos institutos particu- lares y por el concurso de profesores que dictan cursos a perso- nas que no quieren ni pueden concurrir a la Universidad. En campaña el mal impera en toda su extensión y se hace notar con todas sus consecuencias. Fuera de la enseñanza primaria no hay elementos de cultura. En unos cuantos centros urbanos hay institutos de enseñanza preparatoria; concurren a ellos los que aspiran obtener un título profesional. Los demás, después de abandonar la escuela primaria no reciben otra educación, y aún cuando quisieran, no encontrarían dónde recibirla”.

Navarro agregaba:

“Las naciones no son moralmente grandes, no son in- telectualmente fuertes, por lo que vale un círculo reducido al que se llama élite intelectual. Una élite necesita encontrar una esfera inmediata más, mucho más numerosa, capaz de inter- pretar sus ideas, capaz de realizar muchos de los propósitos que aquélla tiene que limitarse a señalar. Esa clase intermedia, ilustrada y educada, en aptitud de comprender las verdaderas necesidades de la vida, dotada de espíritu científico a la vez que de espíritu práctico, ¿dónde puede formarse? Unicamente en liceos de enseñanza media, como los ha concebido y plan- teado el Consejo Universitario. Verdad es que se dirá que los institutos de bachillerato completo suplirían la obra de esos liceos, que darían a los departamentos la cultura cuya falta se hace sentir en todos los órdenes de la actividad. Pero hay en ello un error, un profundo error! Esos institutos de bachillerato darían lo que nadie pide, lo que el país no necesita, lo que el país rechaza ya porque está pletórico de tales elementos: daría más bachilleres que serían mañana más médicos y abogados. Acentuariamos así el mal del bachillerismo y del doctorismo, que, arrancando para nuestra raza de las mismas entrañas de la madre patria, se ha ido acentuando con el transcurso del tiempo en nuestra joven nacionalidad, porque el estigma hereditario se ha visto singularmente favorecido por los estí- mulos crecientes que le ofreciera el Estado. Se contesta que esos bachilleres seguirían otros rumbos, que dejarían las sendas, hoy atestadas, de la abogacía y de la medicina, para encami- narse a las de la agronomía, de la veterinaria, del comercio,

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etc., que pueden ofrecer para el futuro campos más fecundos a la acción de todos los hombres inteligentes y estudiosos. Pero ésta es también una ilusión, que los hechos desmentirían y los antecedentes no justifican. El título de doctor y no de otra cosa, es todavía en el país, y lo será por mucho tiempo, una preocupación dominante, casi diríamos una verdadera supers- tición. El hombre inteligente y laborioso que no se ha con- seguido esa carta de nobleza intelectual, queda en situación de inferioridad notoria respecto del que la tiene más o menos bien adquirida. Por eso el que ingresa a estudiar bachillerato, y con mayor razón el que lo termina, difícilmente se resigna a desistir del empeño de conquistarla: quiere ser doctor y lo será a toda costa, y lo será aún cuando la profesión no ofrezca ya perspectivas materiales halagúeñas. En política, en literatura, en la prensa, hasta en la vida social, el doctor pasa siempre, por obra de la superstición indicada, delante de los demás, sea cual sea su valor y aunque no valga nada. Esta idea fascina todavía a la juventud, aún de Montevideo, y fácil es compren- der que en los departamentos de campaña la fascinación ha de ser todavía más poderosa, más irresistible. Un ejemplo reciente puede robustecer este razonamiento. Más de treinta jóvenes han terminado sus estudios sobre bachillerato en 1905. Todos van a Derecho o a Medicina; todos quieren ser doctores”.

A raíz de estas y otras largas discusiones se llegó a la creación de los llamados “Liceos”, en los que se brindaría una enseñanza de índole generalista, en forma tal de preparar a los jóvenes pa- ra desempeñarse con competencia en diversas actividades. Los mismos estarían bajo la jurisdicción de las autoridades centrales pero sometidos a sus propios jerarcas. Cada uno poseería todos los implementos necesarios para la enseñanza y “el fomento de la ejercitación y el aprendizaje individual o directo por el alumno y el estudio personal sobre cosas y fenómenos naturales”. A ellos ac- cederían quienes tuvieran aprobado el tercer año de las escuelas rurales o el quinto de las urbanas. Los cursos durarían cuatro años, salvados los cuales,

“se expediría un certificado de estudios de Liceo que habilitará para el ingreso a las Facultades de Comercio, Agronomía y Veterinaria, a los cursos de Notariado, Farmacia, Odontología y Agrimensura”.

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El Consejo estableció en forma estricta y pormenorizada las materias que se dictarían en cada año. Asimismo, las con- diciones que deberían reunir los que aspiraran a los cargos de directores y profesores de los Liceos.

Se agregarían a los anteriores otros dos años, estos de “Preparatorios”, con la finalidad de habilitar a los estudian- tes para el ingreso a las Facultades de Medicina, Derecho o Matemáticas.

nécror EDUARDO ACEVEDO

Periodistx muy digno de"alaba

que en punto 4 hosestidad, sirro de ejemplo, que con todo lo malo rompe lanzas,

y que dico verdades 6010 10 Lemplo

Jada ver que se ocupa de Anznras.

eo he ¡bata alli? y bomler de seso ¡basta añb!

Carlos M. de Pena Eduardo Acevedo Figura 34. (de Caras y Caretas, 1890)

2) Creación y puesta en marcha de la Facultad de Veterinaria

En enero de 1903, “el Gobierno, a pedido de las autoridades universitarias, creó varias becas que fueron acordadas a algunos jó- venes que se habían distinguido en las aulas [...] que debían cursar sus estudios en la Facultad de Veterinaria de La Plata y, una vez re- cibidos, estaban obligados a radicarse en el país”. La Facultad

123 Creación de tres Becas de veterinaria. An Univ (Montevideo), 1903; 13: 318-20. 124 Bianchi Frizera, Angel Escuela de Veterinaria de Montevideo. Bosquejo históri- co. An Fac Vet. 1943, 4 (2): 341

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de Veterinaria quedó establecida por decreto del Poder Ejecutivo de fecha 28 de noviembre de 1903, en primera instancia “anexa a la Facultad de Medicina”. Debido a la guerra civil, recién co- menzó a funcionar en junio de 1905 en el Servicio Seroterápico del Instituto de Higiene Experimental, €con 9 estudiantes que habían dado el examen de conjunto que comprendía todas las asig- naturas exigidas en la Facultad de Agronomía y Veterinaria de La Plata, los que, pese a ser transitorios, fueron prorrogados por varios

años” 5

Los estudios comprendían tres años con obligación de rendir los exámenes semestralmente. Los primeros profesores fueron los Dres. Teodoro Visaires!'? en Anatomía y disección, Enrique Puppo en Bacteriología, Arturo Incháurregui en Fisiología (sus cursos se daban en la Facultad de Medicina).

En 1906, el Rector y el Consejo presentaron un proyecto completo de reorganización de la anterior así como el estableci- miento de una Escuela de Agronomía. Entre esta fecha y la de- signación del Dr. Salmon, Navarro actuó en calidad de Decano de ambas instituciones educativas.

En 1907 la Facultad se trasladó a la quinta de Pereira, en la calle Rivera esquina Bulevar Artigas. Se sumaron entonces al cuerpo docente los Dres. Diego Blasi en Patología gene- ral, Anatomía Patológica y Parasitología, Héctor Larrauri en Zootecnia y Ricardo Baldassini en Terapéutica y Farmacología. Simultáneamente se contrató, en carácter de Director de la Escuela, al renombrado veterinario y bacteriólogo estadouni- dense Daniel Elmer Salmon (1850-1914) (Figura 35), quien asumió la jerarquía en abril de ese año y permaneció en el cargo hasta 1911. De acuerdo a sus propuestas, la carrera se exten- dió a cuatro años de duración. Durante su gestión, en 1908 la

125 Bianchi Frizera, A. op cit,: 344.

126 Veterinario español, llegado a Montevideo en la década de 1880 y contratado por la Municipalidad para hacer el control higiénico de los tambos en la capital. Sustituyó al Médico Veterinario de la misma nacionalidad, Miguel Muñoz, que cumplía con esa función desde 1874. Este fue el padre del primer médico egre- sado de la Facultad de Medicina de Montevideo, José María Muñoz y Romarate, nacido en Sevilla y fallecido en Buenos Aires.

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Figura 35. Daniel Elmer Salmon

institución pasó a depender del Ministerio de Industrias, nom- brándose un Consejo de Patronato y Administración, integrado por algunos veterinarios y hacendados.'” Dicho Consejo adqui- rió, en 1909, el predio de la quinta de Taranco (en la avenida Alberto Lasplaces, actual emplazamiento de la Facultad) y al

127 Los integrantes del Consejo fueron los siguientes: Presidente: Juan C. Blanco Sienra; Vice-Presidente: Félix Buxareo y Oribe; Secretario: Dr. José Z. Polero, Vocales; Dr. Alfredo Navarro, Dr. Federico Escalada, Dr. Julio Muró, Sr. José R. Muiños y el Sr. Enrique Puppo. También lo integraba el Director como Miem- bro nato.

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año siguiente se inició la construcción de los edificios, que fue- ron inaugurados en 1911.

En este mismo lapso, también se contrató a los profeso- res doctores José Z. Polero y Héctor Heguito, egresados de la Universidad de La Plata y al italiano Guido Rosa. Entre 1910 y 1912 se publicó la “Revista de Medicina Veterinaria”, a impulso de Salmon. Luego de finalizada la actuación de éste se nom- bró un nuevo Consejo, presidido por Navarro, quien quedó por unos meses otra vez como Director de la Escuela. En ese mismo año se contrató al anatomopatólogo y parasitólogo alemán Kurt

Wolfgang Wolffhigel (1869-1951).

“Quien sucedió a Navarro en la Dirección fue el ya men- cionado Heguito. Por Ley de marzo de 1912, se modificaron todos los servicios de la Escuela, se crearon Institutos, se au- mentó el cuerpo de profesores y del personal administrativo. El 13 de julio de 1918, se aprobó una nueva ley de reorganiza-

ción de la Escuela de Veterinaria y de su plan de estudios” .*?8

Recién el 5 de enero de 1933, la Escuela de Veterinaria, con la denominación de Facultad se reincorporó a la Universidad

por la Ley No 8.935. 3) Fundación de la Facultad de Agronomía

Por el Decreto de 1906 se creaba, conjuntamente con la Escuela de Veterinaria, la de Agronomía. Las aulas se abrieron el primero de marzo de 1907, matriculándose 22 estudiantes. Al principio tuvieron lugar en la quinta de Pereira, más tarde en el Pabellón de Agricultura y a partir de 1909, en su actual emplazamiento de la avenida Garzón esquina avenida Millán. En la primera fase, Navarro se desempeñó como Decano inte- rino de la Facultad de Agronomía. Se contrató al renombrado agrónomo alemán Alexander Backhaus (1865-1927). Este, a su vez, fue reclutando un grupo de representativos docentes e in- vestigadores, en su mayoría también alemanes. De las ocho cá- tedras iniciales, siete eran ejercidas por extranjeros. En Botánica

128 Santesteva, Ruth Departamento de documentación y biblioteca de la Facultad de Veterinaria, 101 años de historia. Veterinarios, 2009; 17:14-17.

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derecha a izq.: Doctores; Rafael Muñoz, José Z. Polero, Guido Rosa, Héctor Larrauri, Ricardo Baldassini, Jesús Lopéz y Héctor R. Heguito. Sentados, de der a izq.: Doctores Teodoro Visaires, Daniel E. Salmon, Ernesto Bauzá, Arturo Incháurregui y Diego Blasi (de: An Fac Vet).

y Patología vegetal, actuaron el botánico y fitopatólogo Dr. Gustav Gassner (1881-1955, egresado de la Universidad de Agricultura de Berlín, estuvo en Montevideo desde febrero de 1907 hasta 1910, en que regresó a Alemania; fue autor de más de 150 trabajos científicos sobre su especialidad) y el Ingeniero Horticultor Egon Petzke (n 1878), teniendo como ayudante a Wilhelm Frantz Herter (1884-1954, especialista en sistemática y micología, que publicó una copiosa obra científica entre la que figura la “Florula urugayensis”, 1930-1933). En 1908 los reem- plazó el perito agrónomo Eduardo Llovet. Siguiendo a Gassner, actuaron August Rimbach (1862-1943, botánico alemán de larga experiencia y muy destacado dibujante), que tenía como ayudante a su hermano, el geólogo Carl (1864-1933); después de 1918 ambos retornaron a Ecuador, donde existió una larga saga de investigadores agronómicos europeos. Entre otros pro- fesores germanos, destacamos además al geólogo Carl Walther Ziegler (1878-1948, autor de numerosos estudios, en particular “La estructura geológica de los suelos del Uruguay”, de 1919;

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Figura 37. Facultad de Veterinaria (1919), de An Fac Vet .

tuvo una importante actuación científica y docente en Uruguay, siendo designado Doctor Honoris Causa de la Universidad en 1944; fue integrante de la Sociedad Linneana del Uruguay) '? y al botánico Cornelius Osten (1893-1936, con una gran obra, especialmente sobre las cactáceas de nuestro suelo y la “Plantae uruguayensis”, 1925 y 1927-29).

En 1908 la Facultad de Agronomía también pasó a formar parte del Ministerio de Industria, Trabajo e Instrucción Pública y en 1911, del Ministerio de Industrias y Comunicaciones. En este año se hizo el primer cambio en el plan de estudios. Por Ley de setiembre de 1911 se crearon las “estaciones agronómi- cas”, contratándose en 1914, al también germano Dr. Alberto Boerger (1881-1957, doctorado en la Universidad de Bonn, que vivió y murió en Uruguay). Éste, llegado en 1912 junto a su ayudante, el Ing. Agr. Enrique Klein (1889-1970, igualmente graduado en Bonn, que se trasladó luego a la Argentina), había sido convocado para organizar un “Servicio de mejoramiento

129 Baumann Santana, Néstor Dr. Karl Walther Ziegler, un ejemplo en la Academia y en la vida, http://leopoldstein.net/html/goeller_ab_4550.html (consulta el 29 de enero de 2015).

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genético vegetal”; actuando primero en el vivero de Toledo, fue trasladado en 1913 a la Estación de “Bañado de Medina” en Cerro Largo (hoy “Profesor Ernesto Rossengurt”) y finalmente a “La Estanzuela”, establecimiento de investigación agronómi- ca, denominado “Instituto Fitotécnico y del Semillero Nacional del Uruguay” y más tarde, “Estación Experimental Alberto Boerger”, conocido hoy como “INIA: Instituto Nacional de Investigaciones Agronómicas”, nombre del que injustamente se omite el de su fundador y por muchos años director). (Figura 3 8) En 1911 se había comenzado, además, la construcción de la “Escuela Experimental de Paysandú”.

Gustav Gassner Cornelius Osten Alberto Boerger

Carl Walther Ziegler

Figura 38. Algunos profesores alemanes de la Facultad de Agronomía.

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Figura 39. Facultad de Agronomía (1919)

En 1925, la Escuela de Agronomía (Figura 39) pasa a ser

Facultad, integrándose nuevamente a la Universidad.

En las resoluciones del Consejo de Enseñanza Secundaria y Superior puede apreciarse la cuidadosa preparación del progra- ma, con incorporación de ciencias básicas y trabajos prácticos, la alta exigencia horaria y el control de su cumplimiento por parte de los estudiantes, el orden impuesto en cuanto a la sucesión de pruebas, el incremento en el número de docentes, estimulando la incorporación de jóvenes valiosos y con vocación por la ense- ñanza. Todo ello, expresado con un grado de detalle y exactitud que muestran el trabajo desarrollado por dicho Consejo.

HIPÓTESIS ACERCA DEL ACERCAMIENTO DE LA ENSEÑANZA SUPERIOR AL MODELO GERMANO

Queda un elemento por dilucidar: ¿por qué las autorida- des universitarias, que hasta ese momento habían sido influidas por la cultura francesa y sólo habían contratado, como Director

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del Instituto de Higiene Experimental, al italiano José Sanarelli (1865-1940), formado en el Instituto Pasteur de París, se incli- naron ahora a especialistas procedentes del mundo anglo sajón y particularmente germano? ¿Sería porque el Rector o la mayoría del Consejo juzgaba que para las ciencias aplicadas a la agro- pecuaria los profesionales procedentes de esa parte del mundo tenían mejores calificaciones? o ¿ porque en la Universidad de La Plata -de donde tomaron ejemplo para la organización de los nuevos institutos- predominaba tal influencia?

Lo cierto es que, pese a que algunos francófilos como Turenne plantearon ásperas divergencias con la gestión de Backhaus,*9%% estos científicos, de excelente formación, aporta- ron nuevos aires académicos en la Universidad, donde dejaron su impronta por muchos años.

A nuestro modo de ver, la respuesta es que Acevedo tu- vo conocimiento del “fenómeno” de la influencia germana sobre la educación universitaria y especialmente médica en Norteamérica, iniciado en el Hospital y la Universidad Johns Hopkins. Estos fueron instalados en 1889 y 1893 respectiva- mente, con William Welch (1850-1934) a la cabeza de la ense- ñanza de la Patología, quien había estudiado en Alemania entre 1875 y 76 y trasplantó a su país la rica experiencia adquirida en Berlín. Lo propio ocurriría poco después con los restantes “fun- dadores” de dicho centro médico universitario: William Osler (1849-1919), Harvey Cushing (1852-1934)*9* y Howard Kelly (1858-1943). Este hecho, entre otros, determinaría el viaje a Europa de Abraham Flexner (1866-1959) en 1905, propicia- do por la Fundación Carnegie, con el propósito de observar el estado de los estudios médicos, que fue plasmado en el famoso

130 Ver Anexo Documental No 9,

131 “En realidad, Cushing estudió primero en Londres con Horsley, que lo decep- cionó y luego estuvo con Kocher en Berna, que lo estimuló en su vocación. Finalmente, volvió a Gran Bretaña con el fisiólogo Sherrington, a quien admiró. Más que a los alemanes, Cushing admiraba a Osler” (E. Wilson, comunicación personal, mayo 2015).

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“Informe Flexner”,*92 publicado en 1910, donde se enfatizaba la excelencia de los centros docentes médicos en Alemania. De es- te modo se selló la antes mencionada influencia, lo que condujo a que varias universidades norteamericanas adhirieran al siste- ma germano de educación médica (con creación de Institutos, profesores “full-time”, residentes, etc.), y a la contratación de profesores de dicha procedencia, muchos de los cuales, como también sucedió en nuestro medio, terminaron emigrando de- finitivamente. En consecuencia, el extenso informe de Acevedo, tantas veces citado, de 1906, puede considerarse una obra pre- cursora en materia de pedagogía universitaria.

132 Flexner, A. Medical Education in the United States and Canada: A report to the advancement of teaching, Carnegie Foundation, 1910, 346 págs.

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XVII

PRIMER DECANATO DE NAVARRO DE LA FACULTAD DE MEDICINA (1905-1907)

a Facultad de Medicina había tenido a su frente gran- des personalidades que precedieron a Navarro. José Máximo Carafí (1853-1895), entre 1884 y 1887, “or- ganizador” de una Facultad en ruinas;!** Pedro Visca, entre 1887 y 1888, “original profesor que dejó correr su Decanato en el dulce laisser faire propio de los espíritus bondadosos y tranqui- los”;'% Elías Regules, entre 1888 y 1898, pródigo en iniciativas renovadoras y José Scoseria, entre 1898 y 1904, quien dentro de sus logros, concretó, el 22 de octubre de 1904, la colocación de la piedra fundamental del nuevo edificio de la Facultad de

Medicina.

El 25 de enero de 1905 Navarro fue designado Decano y, terminado su mandato en 1907, fue reelecto por el período si- guiente, que no llegó a cumplir por motivos que luego veremos.

Imaginemos a nuestro personaje en la “capilla de los Ejercicios” cita en la calle Sarandí esquina Maciel, que enton- ces sólo alojaba la Facultad de Medicina y en un piso superior, agregado al original, el Instituto de Higiene Experimental (de- pendiente de la anterior).

133 Pou Ferrari, R y Mañé Garzón F. José Máximo Carafí, op cit, 2013:133-144. 134 Cantón, Eliseo . Historia de la Medicina en el Río de la Plata, Madrid, 1928, 3:367.

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Durante el tiempo que duró su decanato, proyectó “una

reorganización de los estudios de medicina, cirugía y odontología”.

PLAN DE ESTUDIOS DE MEDICINA Y CIRUGÍA???

Sobre el nuevo plan de estudios de la Facultad de Medicina,

dice el Rector Acevedo en su Informe de 1906:!?4

“Ha sufrido modificaciones sustanciales la enseñanza de la Medicina. Ya la Facultad ha dado hombres eminentes, de reputación europea, que honran verdaderamente al país por la extensión y profundidad de sus estudios. Con el nuevo plan del señor Decano doctor Alfredo Navarro, la enseñanza va a mejorar considerablemente y el nivel ya alto de la Facultad de Medicina tiene que ser excedido”.

Eliseo Cantón (1861-1931) resume del siguiente modo las

características del nuevo programa:

“Trató de aumentar los estudios prácticos, haciendo obli- gatorio para todos el servicio permanente, durante cierto tiem- po, en los hospitales, reforma útil que más tarde ha sido aban- donada; hizo sintético el estudio y la forma de los exámenes, aglomerando las materias similares para que el estudiante no trabajara únicamente en vista del examen, sino para adquirir conocimientos; esta reforma también fue abandonada.

Durante su corto Decanato, extendió la enseñanza de las ciencias de laboratorio, particularmente de la histología [el 20 de abril de 1906 se designaba como Jefe del Laboratorio y encargado de dictar los cursos a Juan Pou y Orfila <1876- 1947>, quien era ayudante desde 1899 y que continuaría a cargo hasta 1912] y de la anatomía patológica [Navarro soli- citó por escrito a José Verocay <1876-1927>, que se hallaba transitoriamente ejerciendo como médico en Paysandú y con quien intercambió varias cartas, que se hiciese cargo de la enseñanza de la materia, pero luego no lo apoyó, por lo que el célebre compatriota volvió a Praga]'”” y creó un curso

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Ver Anexo Documental No 7.

An Univ (Montevideo), 1906: 14: 223-234.

Cf. De Armas, Rafael. Nuevos aportes sobre la vida de José Verocay (1876-1927),análisis preliminar de su obra. Jornadas de Neurohistoria, Monte-

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de hematología, lo que era una innovación para aquella épo- ca. Suprimió la enseñanza de la historia natural médica para transformarla en cátedra de parasitología, con real acierto [en la que fue designado su alumno Horacio García Lagos].

Proyectó la división del estudio de las dos otras ciencias accesorias, la física [desde la fundación de la Facultad estaba a cargo de Jacinto de León <1858-1934>] y la química [ha- bía existido un buen nivel en esta materia bajo la influencia del alemán Eduardo Kemmerich, quien pasó luego a traba- jar en la industria privada; más tarde Scoseria se encargó de mantener el prestigio], llevando como introducción al estudio de la fisiología, lo que es físico química, y a las otras ramas de la enseñanza lo que corresponde a la oculística, la otorrinola- ringología y la electricidad”.**

PROFESORES AGREGADOS

Otros aspectos de la gestión de Navarro en el Decanato son

sintetizados por Acevedo en estos términos:

“Dos reformas fundamentales ha planeado el doctor Navarro sobre la base de las conquistas que antes habían rea- lizado el doctor Scoseria y sus antecesores en el decanato de la Facultad de Medicina: Una de ellas está destinada a ensan- char el cuerpo enseñante, mediante la incorporación de jóvenes médicos, bajo forma de profesores agregados, que dictarán los cursos teóricos, mientras que los profesores ya hechos se con- sagrarían a las clínicas. Muchos de esos jóvenes médicos de inteligencia y aptitudes sobresalientes, una vez terminados sus estudios, se olvidan de la Universidad, se dedican a la política o se consagran por entero a los enfermos, inutilizando para la causa de la ciencia y de la enseñanza nobles condiciones».

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video, setiembre de 2012, http://www.institutodeneurologia.edu.uy/sitio/docu- mentos/JVEROCAY pdf (consulta el 29 de enero de 2015).

Cantón, Eliseo . Historia de la Medicina en el Río de la Plata, Madrid, Biblioteca de Historia Hispano Americana, 1928; 3: 435-437.

An Univ (Montevideo), 1906; 14: 223-234.

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REGLAMENTO DE ESTUDIOS Y EXÁMENES

“La otra reforma responde al propósito de organizar prácticamente la enseñanza, reglamentar de modo eficaz y conveniente el orden y la forma de los exámenes. Del primer punto de vista, se ha avanzado mucho con la certificación del profesor, la transformación de la anatomía patológica que hoy se estudia en el laboratorio y en la sala de autopsias, como complemento de las clínicas; la extensión de todos los ejerci- cios prácticos [...] Durante los primeros tres años, rendirá los exámenes de aquellas asignaturas cuyo estudio se realiza fuera del enfermo. Sólo después que haya aprendido y trabajado en las clínicas, sin la obsesión del examen de fin de año, tendrá derecho de solicitar que se le forme un tribunal examinador.

La Patología y la Terapéutica deberían enseñarse a la cabecera del enfermo”.

INSTITUTOS DE ANATOMÍA, QUÍMICA Y FISIOLOGÍA

Continúa el Rector, haciendo referencia a un tercer aspecto de la gestión de Navarro:

“Desde el día en que empezaron las obras de la nue- va Facultad de Medicina, adquirí el convencimiento de que era necesario organizar los Institutos de Química, Anatomía y Fisiología, sobre una base análoga a la del Instituto Experimental de Higiene”.

En cuanto a la elaboración de estas reformas Navarro expre- sa en el seno del Consejo:

“Mientras no se consiga que el anatomista y el fisiólogo -lo mismo que el químico- se dediquen a su ciencia, la cultiven con entusiasmo y transmitan ese entusiasmo a sus discípulos que serán a su vez un día verdaderos maestros, no habrá am- biente propicio a tales especializaciones” .

Señala seguidamente el Rector, en frase memorable, su ad- miración por la ciencia y la enseñanza germanas (así como de algunos centros de investigación franceses) y subraya la necesi-

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dad de dar prioridad a la creación de institutos donde puedan prepararse y trabajar los científicos, sin apremios económicos ni restricciones de tiempo, con todo lo necesario para desarro- llar su actividad creativa. Dicha “proximidad” espacial entre los investigadores entre y de estos con los clínicos, era señalada casi simultáneamente como un hecho de gran trascendencia por el joven Juan Pou y Orfila, que, al retorno de su larga esta- día en Berlín publicaba -no sin mencionar con admiración el

Informe de Acevedo- sus “Observaciones sobre la Enseñanza de la Medicina”.'**

He aquí lo consignado por Acevedo:

“Es a sus grandes Institutos de Anatomía que debe Alemania el puesto avanzado que ocupa dentro del campo de dicha ciencia, y sin sus magníficos Institutos de Química, no habrían adquirido muchas de sus industrias el desarrollo que tienen, causando asombro en el mundo entero. Del mismo modo, si la fisiología no ha descendido en Francia, debemos atribuirlo a las instituciones dedicadas a cultivar el material requerido para esa clase de estudios [se está refiriendo a los consagrados laboratorios de la Sorbonne y al Institut de France, así como al relativamente reciente Institut Pasteur]. Pero nada de esto se hace, nada de esto se ensaya siquiera en un país, sin dar a los hombres de ciencia, en primer lugar, buenos laboratorios y en primer lugar también, una situación personal decorosa que les permita especializarse, dedicarse al estudio, a la experimentación, al laboratorio, libres de todas las preocupaciones inherentes a la lucha para llenar las necesi-

dades diarias de la vida.

Continúa Acevedo el relato:

“El doctor Navarro, a quien pasé el proyecto, sintetizó en los siguiente términos los objetivos de los nuevos Institutos:

19) Llenar los fines de la enseñanza, y para eso hay que dejar bien establecido que será Director de cada Instituto el profesor de la materia correspondiente en la Facultad: el Director tendrá, pues, directamente a su cargo la enseñan-

141 Pou y Orfila, Juan Observaciones sobre la enseñanza de la Medicina, Montevi-

deo, El Siglo Ilustrado ed, 1906.

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za de la materia; es que la creación del Instituto de Higiene Experimental, que ha prestado y presta tan señalados servicios al país, tan meritorios servicios, no los ha prestado directamen- te a la enseñanza; debió de enseñarse allí la Higiene; pero, en realidad, no puede llenar su cometido.

29) Crear un centro científico del cual puedan salir tra- bajos originales y donde se formen hombres de laboratorio, sin los cuales la medicina moderna no puede llenar su cometido”.

Viendo con la perspectiva de tantos años, aquellas motiva- ciones de Acevedo y su grupo, sólo se plasmaron en edificios y títulos, no se obtuvieron los frutos esperados, pese a los enormes recursos que fueron vertidos en su puesta en marcha.

JEFATURAS DE CLÍNICA

Cantón agrega información sobre otra iniciativa de Navarro:

“Aproximó la juventud médica a las cátedras, atrayén- dola hacia la carrera de la docencia, para cuyo efecto hizo transformar la Institución de la Jefatura de clínica , que de permanente pasó a ser temporaria, de tres años de duración, siendo reservada a los médicos que no tuvieran más de dos años de ejercicio profesional”.

Esta disposición no fue de validez retroactiva, a medida que renunciaban o eran promovidos a otras jerarquías, los nuevos se atenían al carácter transitorio del cargo; los Jefes de clínica siguieron siendo designados por indicación directa del catedrá- tico lo que dio motivo a ásperos enfrentamientos en el Consejo de la Facultad en 1924 entre los representantes de los profesores y los de los estudiantes.

PLAN DE ESTUDIOS DE ODONTOLOGÍA

El 24 de noviembre de 1906 se suprimieron los exámenes generales de Odontología. Navarro presentó un proyecto de re- organización de los estudios de esta disciplina. En su informe

Cantón, E. Historia op cit: 1928;3:436.

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que contaba con una introducción fundamentada y profunda, afirmaba:

“Los estudios de Odontología se hacen en la Facultad de Medicina de un modo absolutamente deficiente”.

En el marco de este proyecto se nombraron como catedrá- ticos interinos y honorarios en Práctica de prótesis al Dentista Guillermo Hill y de Anatomía Dentaria al Dentista Ubaldino Morales.'*

VINCULACIÓN CON EL PODER EJECUTIVO

Según Oddone y Paris, en este período se dio un hecho sin- gular, que no se repitió en nuestra historia universitaria en cuan- to a la relación entre educación superior y Poder Ejecutivo: '*

“Por primera vez, en tiempos de Acevedo, grupos uni- versitarios, como tales, manifiestan su adhesión a la discutida personalidad política del presidente Batlle, al finalizar su pri- mer período de gobernante. En efecto, el 7 de marzo de 1907, profesores, estudiantes y miembros del cuerpo médico nacional, encabezados por el Decano de la Facultad de Medicina Alfredo Navarro, acudieron al domicilio de Batlle a testimoniarle, co- mo universitarios, su agradecimiento por el apoyo prestado a la Universidad [...] y, días más tarde, un grupo de ingenieros, arquitectos y agrimensores le hicieron llegar, a través del Rector Acevedo, un álbum |...] agradeciendo la obra del gobernante”.

Sin embargo, cosa paradojal, ese equipo que tan bien se había desempeñado duraría poco tiempo más...

143 Escudero Morére, Pablo: Evolución histórica de los estudios de Odontología en el Uruguaya. Primera parte_ desde la época colonial hasta la creación de la escuela de Odontología, Odontoestomatología, 2010, 12: 1-11.

144 Oddone, J. y Paris, B., op cit :75-76.

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FINALIZACIÓN DEL RECTORADO DE ACEVEDO Y RENUNCIA DE SUS PRINCIPALES COLABORADORES

1 19 de marzo de 1907 tiene lugar la sucesión pre-

sidencial: toma el cargo Claudio Williman, mientras

Batlle se apresta a realizar un largo viaje por Europa,

del que retornó en 1911 para asumir de inmediato su segunda Presidencia.

El 14 de marzo de 1907, el nuevo Presidente y su Ministro de Industrias e Instrucción Pública, Gabriel Terra (1873-1942), elevan un mensaje a la Asamblea General, anunciando una nue- va ley orgánica para la Universidad, que recién se promulgaría el 31 de diciembre de 1908. Dentro de las disposiciones que, según este mensaje previo, contendría esta ley, estaba la creación de Consejos Directivos en las Facultades de Derecho, Medicina y Matemáticas, presididos por el Decano. Tanto estos como el Rector serían nombrados por el Poder Ejecutivo; se reservaban como atribuciones para Consejos y Decanos, todas las que por las leyes de 1885 y 1889 correspondían al Rector y al Consejo de Enseñanza Secundaria y Superior, así como todo lo concer- niente al funcionamiento docente de las respectivas casas de es- tudio. En palabras de Eliseo Cantón:

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“La presente ley, importaba dar un paso adelante en la vida institucional de las Facultades y de la misma Universidad [...] Las Escuelas de Veterinaria y Agronomía pasaban a la órbita del Ministerio de Industrias, y estarían a cargo de un Consejo de Patronato y Administración. Estos nuevos rumbos dados a la Universidad sin previa consulta con sus autorida- des y que a juicio de éstas la convertía en una <federación de Facultades>, dieron lugar a la renuncia del Rector, de los Decanos de Medicina, Derecho y Matemáticas, Navarro, de Pena y Eduardo García de Zúñiga [1867-1951], respectiva- mente, así como a la del consejero Américo Ricaldoni [1867- 19281

Navarro se dirige al Rector el 21 de abril de 1907,'* en los

siguientes términos:

“Desde el momento que conocí su decisión irrevocable de retirarse del rectorado de la Universidad, determiné presen- tar mi renuncia del Decanato de Medicina. Obedecía así a una cuestión de principio; creo que es necesario dejar al nuevo Rector en la libertad más absoluta para elegir a sus colabora- dores directos.

Pero en este caso a la cuestión de orden general se unía una particular a su persona: durante todo mi Decanato yo he encontrado en el Sr. Rector el más franco y decidido apoyo en todo lo que he emprendido en la Facultad de Medicina; y he tratado, en la medida de mis fuerzas, de colaborar en la labor intensa que distinguirá particularmente su Rectorado: a esa labor que le ha hecho crear tantas cosas de primera impor- tancia en nuestra Universidad y que hará que en el futuro, cuando pasen las pasiones del momento, se haga justicia a su obra meritoria.

A esa obra, toda personal de Ud., yo he prestado como miembro de H. Consejo, el más decidido apoyo; sólo en una cuestión, en la de exoneraciones de examen, hubiera habido

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Por moción de José Irureta Goyena, los renunciantes, conjuntamente con Angel Maggiolo, fueron designados miembros honorarios del Consejo, nombramiento del que ya había sido objeto José Scoseria al término de su Decanato (An Univer (Montevideo), 1907; 15:105) .

Arch de la Univer (Montevideo), c-1907, 3 cp 71; en: Oddone, J. y Paris, B. op cit; 4:368-371.

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Dr. Francisco Soca Figura 40.

entre nosotros alguna divergencia, pues si bien me cuento entre los adversarios decididos del antiguo sistema, creo que la reforma que se impone deberá de hacerse con otras ideas directrices que no tuve nunca ocasión de exponer ante el H. Consejo puesto que el plazo del ensayo del sistema vigente no había terminado aún. En todo lo demás yo he sido uno de sus colaboradores directos y considero, en consecuen- cia, que cuando, por razones fun- damentales, Ud. se retira, debemos de hacerlo igualmente los que he- mos aceptado y apoyado su obra.

Presento, pues, al Sr. Rector renuncia del cargo con que se sirvió honrarme y le ruego que me permita que en esta última manifestación oficial deje esta- blecido cuál ha sido mi actua- ción al frente de la Facultad de Medicina, para que, aquellos que levantaron mi candidatura, juzguen si he sabido responder a la confianza en depositada”. Continúa un excelente resu- men de esta gestión.**

Francisco Soca (Figura 40) fue seguidamente elec-

to como Rector, pero renunció luego de pocos meses para incorporarse al Parlamento, siendo sustituido por Pablo De María (1850-1932), que estuvo en el cargo entre 1908 y 1911. Augusto Turenne fue Decano de la Facultad de Medicina entre

1907 y 1909.

147 Ver Anexo Documental No 6.

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“El Primer Consejo Directivo de esta institución, luego de la convocatoria a elecciones realizada por el Rector el 10 de enero de 1909, estuvo integrado del siguiente modo, por los catedráticos: Elías Regules, Augusto Turenne, José Scoseria y Alfonso Lamas; por el Cuerpo médico: Alfredo Vidal y Fuentes (1863-1926), José R. Martirené y Juan Aranguren; por el de farmacéuticos, Carlos Bacigalupo; por los dentistas, Santiago Etchepare y por los estudiantes: Juan Francisco Canessa (1869-1939). Se renovarían la mitad de ellos cada bienio. El Consejo celebró su primera reunión el 15 de febrero de 1909, resultando electo Decano, por unanimidad, Manuel Quintela (1865-1928), el primero que cumpliría su cargo durante tres años, y Regules y Turenne, como delegados de la Facultad ante el Consejo universitario”. *%

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Cantón, E., op cit, 1928, 3: 470-471.

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XIX

INFORMES DE NAVARRO Y LAMAS A PROPÓSITO DEL DESARROLLO DE LOS CURSOS DE SUS RESPECTIVAS CLÍNICAS

QUIRÚRGICAS (1906)

ara seguir aportando elementos concretos acerca de la

realidad en la que se desenvolvían las tareas de los pro-

fesores de Clínica quirúrgica, recurrimos a estos in-

formes, elevados al Rector por los dos catedráticos en 1906, que son complementarios de los presentados en 1901. En el contenido de estos documentos, por cierto rico, sistemático y completo, no hay nada sustancialmente diferente con respecto a lo que habían aprendido de sus Maestros, uno en París, el otro en Montevideo. Se trataba -decían- de trasmitir una rutina, 1% en constante renovación por casos nuevos y por el progreso de los conocimientos (al antiguo aprendizaje “a la cabecera del en- fermo” se agrega ahora la “vivencia del caso”). A lo anterior se sumaba la práctica de maniobras, primero realizadas por los más experimentados, en las que más tarde los alumnos colaboraban como ayudantes o efectuaban bajo supervisión. Finalmente repasaban conocimientos anatómicos, fisiológicos y patológi-

149 Esta palabra la empleamos en la segunda de las acepciones con que aparece en el Diccionario de la Lengua española, de la R.A.E.: “Secuencia invariable de ins- trucciones que forma parte de un programa y se puede utilizar repetidamente”.

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cos en cotejo con la clínica. Esa perseverante praxis terminaba traduciéndose en experiencia, al punto que permitía a veces, a simple “golpe de vista”, formular un diagnóstico, plantear un pronóstico o un tratamiento. “Todo ello imbuido de disciplina y contenidos éticos. Los dos catedráticos, con lenguajes distintos -el de Navarro más enfático y personal-, expresaban claramente estos objetivos y el modo de llevarlos a la práctica.

A) El informe del Profesor Navarro, a cargo de la Primera Cátedra de Clínica quirúrgica (Figura 41), es una verdadera sín- tesis de “didáctica médica”. Recordemos que a partir de los he- chos de 1904, los profesores habían quedado en las cátedras al- ternas a las que les habían pertenecido al inicio de sus funciones

“Mi clase carece de programa bien definido, puesto que la enseñanza debe hacerse con el material variable que constitu- yen los enfermos. Pero puedo exponer las reglas generales a que someto la enseñanza desde hace muchos años:

TI) Los alumnos de mi servicio tienen todos a su cuida- do un número variable de enfermos a quienes deben cono- cer especialmente y atender en las curaciones prescriptas, sea solos, sea bajo la dirección del practicante o de los externos. Estos, y sobre todo el practicante, dirigen a los estudiantes más jóvenes en su delicada tarea. Los unos van así instruyen- do a los otros. Cuando hay necesidad de una dirección más competente, interviene el Jefe de Clínica, que es justamente el que vigila la marcha general de los enfermos en todos los momentos. Finalmente, el Profesor, que está al corriente de todo, interviene cada vez que es necesario. El desarrollo de esta parte de la enseñanza me preocupa siempre. Llevarla a lo que debe ser es difícil, pues cuesta hacer comprender a todos los estudiantes lo indispensable de ese aprendizaje. Muchos han considerado que la tarea es banal y a veces cumplen su servicio casi como si fuera una obligación. Los más distinguidos ya se han dado cuenta de toda la utilidad, de la inmensa impor- tancia de esos cuidados prodigados a los enfermos, de esa lucha diaria con un montón de pequeñas dificultades que sólo la práctica frecuente permite resolver. A tratar de que todos vean bien eso y a desarrollar cada día más la parte del servicio de Clínica tienden todos mis esfuerzos. El resultado obtenido es

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1.2 cerámica quiróraica —Sala de operaciones

Figura 41. De: Memoria de M. Quintela.

ya muy grande y lo será cada vez más en el futuro. Dos de las reformas de mi Decanato responden a ese plan. Una de ellas, que ya se ha realizado en gran parte y que tendrá su pleno efecto en el año próximo, es la obligación de prestar guardias de 24 horas, impuestas a todo estudiante de Medicina. El es- tudiante no tendrá más remedio que ver todo y que hacer todo. Se trata, pues, de una reforma fecunda porque es práctica y porque obliga al estudiante a pensar por solo, a desarrollar su iniciativa. Las guardias en los Servicios especiales no han podido realizarse todavía, pero todas las dificultades han sido vencidas para el año venidero. La otra reforma, consiste en la supresión del número de historias clínicas y su reemplazo por un certificado que dará el profesor. Mediante esta reforma que será fecunda una vez que entre en las costumbres, el estudiante no está obligado a hacer tal o cual cosa, tiene que hacer todo lo que se le exija. Nada de lo que pasa en un Servicio de clínica debe ser desconocido por ninguno de los alumnos de clínica. Esta reforma a que responde la creación de un certificado que el Profesor sólo debe dar cuando esté satisfecho del alumno, no depende del Reglamento: ella depende sobre todo del Profesor; si el Profesor se penetra de su rol, de su responsabilidad en la enseñanza, habremos hecho un gran servicio a los estudiantes.

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Desde hace varios años hago que todo alumno conozca bien varios enfermos de mi sala y que de ellos sea responsable. Pero procuro a la vez que vaya conociendo a todos y tengo la espe- ranza de que me sea dado el año próximo llegar en mi servicio al pleno desarrollo de tan importante reforma.

II. Mis lecciones están organizadas del modo siguiente:

Tres veces por semana, con motivo de la visita de la sala, los alumnos presentan los enfermos nuevos, no vistos por el Profesor. Entonces yo hago hacer el examen de cada enfermo por el alumno responsable de ese enfermo; se hace el estudio de un modo absolutamente completo puesto que yo no conozco el caso; pero en vez de hacer yo el interrogatorio, lo hace el alumno, yo lo guío o lo hago guiar por otro alumno más ade- lantado, y hago resaltar a cada instante el por qué de las cosas, la razón de los datos que se buscan, la importancia de lo que se obtiene; cuando es necesario recuerdo a los alumnos otros casos análogos, lo que ya han visto y establecen comparaciones. Este estudio tiene a mi juicio una importancia inmensa: el estu- diante puede seguir las dificultades con que lucha el Profesor para llegar al diagnóstico, aprende a resolverlas ahí práctica- mente, aprende lo que no se aprende en los libros, es decir, el examen práctico, y desarrolla sus cualidades de investigación. Me preocupo especialmente de este punto: dejo al estudiante la mayor iniciativa y no lo interrumpo sino para guiarlo hacién- dole notar la razón, el por qué de mi interrogatorio. Esto no es todo: cuando hemos llegado a saber lo que el enfermo tiene, se estudia la enfermedad en general; se hace la Patología.

II. Si hay tiempo, allí mismo, sea en la cabecera del enfermo, sea en la sala de lecciones, se estudia la enfermedad en todas sus fases si el caso lo requiere. Si no es posible, pues el estudio de los enfermos lleva dos horas a veces, y sobre todo si hay utilidad en poner a la orden del día una cuestión oscura o que supone una enseñanza general, entonces marco día pa- ra hacer una lección especial. Estas lecciones se hacen a veces reuniendo enfermos del servicio o que han pasado por él. La Patología y la Clínica son estudiadas ahí a fondo.

IV. En fin, el complemento de la enseñanza se hace en la operación. Cuando es necesario, yo enseño la operación antes en el pizarrón, la muestro siempre que el enfermo no se perju- dica durante el acto operatorio y ahí muestro también siempre

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que es posible los detalles de la enfermedad. Para realizar esta enseñanza del modo más proficuo posible yo salgo a menudo de la Patología y de la Clínica. El estudiante es a menudo interrogado y recibe la instrucción necesaria en Anatomía, en Fisiología, en Histología, a menudo le recuerdo la constitu- ción de una región, la estructura de un órgano, su función. Me sirvo también de la prueba de Anatomía patológica: el estudiante ve las autopsias y estudia la pieza operatoria. El Laboratorio es un poderoso auxiliar de mi Clínica: siempre que puedo hago que él venga a completar los datos necesarios para que el estudiante llegue al conocimiento completo del en- fermo y de la enfermedad. Pero, esta parte de la enseñanza es aún sumamente deficiente en nuestra Facultad: se hace poco y sobre todo, otros hacen algo, pero el estudiante no hace nada. Se le dice a veces el resultado de lo que el laboratorio ha dado, pero no se le enseña a buscarlo él mismo. Hacer esa enseñanza útil, proficua, práctica, será la obra del año que viene: mi Decanato deja eso organizado este año para que en 1907 esa gran reforma destinada a transformar el estudio de la medici- na entre nosotros se haga carne.

La cuarta pregunta: ¿qué deseo yo, qué es lo que necesito? Fuera de las reformas generales, una sola cosa aspiro en bien de los estudiantes: un servicio de cirugía de mujeres. Es ridículo pensar que los estudiantes salen de nuestras clínicas sin ver un montón de enfermedades peculiares a las mujeres y que en un

gran material de enseñanza es así perdido para ellos” .*P0

B) Informe del Profesor Lamas

Mientras tanto, he aquí el conciso informe de Lamas, (Figura 42) que figura a continuación, del que no difiere en lo sustancial:

“Abraza la enseñanza de la cirugía y se realiza por medio de lecciones prácticas, examinando y tratando los enfermos que ingresan al servicio y exponiendo a los alumnos las considera- ciones de generalización que el estudio del caso concreto me pueda sugerir. Los alumnos de la Clínica llevan la historia do- cumentada de todos los enfermos y deben seguir especialmente la marcha de la enfermedad en casos determinados. Practican también pequeñas intervenciones bajo la dirección del Jefe de

150 An Univ (Montevideo), 1907; 9: 208.

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sa rise yd Sala de pers unes

Figura 42. De: Memoria de M. Quintela.

Clínica o del Profesor. El material de estudio lo componen: los enfermos que ingresan a la Clínica y los instrumentos pa- ra intervenir quirúrgicamente. La sala “Maciel” destinada a recibir los enfermos de esta clínica, tiene capacidad para 20 enfermos, número insuficiente para que una clínica tenga el movimiento necesario a los fines de la enseñanza. No debe omitirse el que ese número aumenta por aglomeración de ca- mas y por dispersión de enfermos en salas próximas, puesto que tales irregularidades deben conocerse a fin de buscarle reme- dio. Impresiona también penosamente la falta de una sala de mujeres, indispensable en una clínica de cirugía general. La instrucción de los alumnos se hace incompleta y se da el caso de médicos que al recibir su diploma no han visto un tumor de la glándula mamaria”.

SS

Algunos datos con referencia a la Primera Cátedra de Clínica quirúrgica, posteriores a los antes consignados, extraídos esta vez

de la Memoria del Decanato de Américo Ricaldoni (1922).'*!

Memoria de la Facultad de Medicina correspondiente al período 1918-1921, presentada por el Decano Dr. Américo Ricaldoni. Sup An Univ (Montevideo), 1922;3. XXVI +374.

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“Ocuparon los cargos de Jefe de Clínica en el Servicio de Navarro: entre los años 1918 y 19, Clivio Nario y entre 1920 y 21, Roberto Pereira; en iguales períodos, se desempeñaron como Asistentes Francisco Ruvertoni y Clivio Nario, respecti- vamente y Fernando Etcheverry como Jefe de Clínica Adjunto. Entre 1919 y 1920, Luis Surrraco dictó un Curso de Clínica Urinaria”.

En 1919 Navarro concurrió como Profesor invitado a la Universidad de Buenos Aires, donde dictó una conferencia so- bre cirugía del píloro. Este intercambio de docentes había sido implementado y estimulado por el Decano Ricaldoni, quien tu- vo esa concepción “panamericana” de las ciencias médicas, en el marco de la cual propuso redactar un “Tratado” con aportes de profesores de las distintas naciones hermanas; su desaparición

privó a Latinoamérica de este trascendente intercambio. '”

+

Figura 43. Navarro operando en el Hospital Maciel, ayudado por Francisco Ruvertoni y rodeado por otros colaboradores y estudtantes. De: Memoria de de Quintela, 1915.

152 Wilson, E., Mañé Garzón, F Américo Ricadoni. Artífice de la Medicina Uru- guaya, Montevideo, 2009, Ed de la Plaza, 398 pags.

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En 1920, Navarro formó parte de la Comisión, designada también por Ricaldoni y el Consejo Directivo, “para la decora- ción histórico alegórica del edificio de la Facultad de Medicina”, elaborando un pormenorizado informe, en el que el Consejo se basó para ir incorporando los elementos aconsejados.

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XX

NAVARRO EN LA SOCIEDAD DE MEDICINA DE MONTEVIDEO Y SUS PUBLICACIONES EN LA REVISTA MÉDICA DEL UruGuaY (1895-1932).

nmediatamente después de su regreso al país, Navarro se incorporó a la “Sociedad de Medicina de Montevideo”, creada en 1893, la que constituyó el primer ateneo médico quirúrgico en nuestro medio, donde se dio la interacción entre los profesores, los médicos y los propios estudiantes de

Medicina.

Fue designado miembro del Comité de Redacción, a partir del momento en que se tomó la decisión de publicar la “Revista

Médica del Uruguay” en 1898.

En este ámbito, Navarro actuó conjuntamente con José Brito Foresti (1870-1939), Luis Demicheri (1870-1952), Alfonso Lamas, Juan B. Morelli (1868-1947), Luis Morquio (1867-1935), Enrique Pouey, Manuel Quintela (1865-1928), Américo Ricaldoni, José Scoseria, Francisco Soca, Joaquín de Salterain y Augusto Turenne.

En 1899, la Comisión Directiva de dicha Sociedad estuvo integrada por: Alfredo Navarro, en calidad de Presidente, Luis P.

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Bottaro, Vicepresidente, Augusto Turenne, Secretario, Antonio M. Harán, Tesorero y José Brito Foresti, Bibliotecario.

AOK

En sucesivos tomos de la citada Revista, Navarro publicó, aparte de sus innumerables intervenciones en las discusiones de las ponencias de otros miembros que en ellas aparecen y que vale la pena leer con atención, los siguientes trabajos:

1) “Cirugía del espacio subfrénico (Comunicación al g

Congreso Científico Latino Americano)”.'** Se basa en dos ob-

servaciones:

A) la de un herido de bala en la batalla de “Tres Árboles”, en el que se había hecho el diagnóstico de piotórax, que Navarro corrigió por el de absceso subfrénico (primera publicación de tal patología de causa traumática), y

B) el caso de un niño de 7 años que presentaba un proceso hepático (quiste hidático) abscedado, que emergía parcialmente en la cara superior del órgano.

Efectuó la técnica descrita inicialmente por Odilon Lannelongue (1840-1911) en 1887, que fuera objeto de la tesis de Eugene Canniot en 1890,*% citada por ]. Pantaloni (de Marsella) en su libro sobre cirugía del hígado y las vías biliares de 1899, empleada por Charles Monod en abril de 1897 y comunicada más tarde por éste último, conjuntamente con su alumno Vauverts”. La misma fue presentada en 1910 por Henri Hartmann (en nombre de Navarro) ante la Sociedad Francesa de Cirugía ; en 1911, este mismo cirujano dio cuenta de otra operación similar efectuada por Baudet. En la bibliografía francesa, aparece desde entonces como “técnica de Baudet-Navarro”. Volveremos sobre el particular, que será abordado por el propio Navarro en publi- cación ulterior.

153 Rev Med Urug, 1898; 1: 49-52.

154 Canniot, E. De la résection du bord inférieur du thorax pour aborder la face convexe du foie, Paris, Steinheil, 1890

155 Pantaloni, J. Chirurgie du foie et des voies biliaires. Paris, Inst Bibli Scient, 1899.

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Consistía el procedimiento en la resección del reborde con- drocostal (más tarde Navarro la modificó, efectuando tan sólo la luxación de este sector), la desinserción de las fibras del dia- fragma -lo más afuera posible- y el desepegamiento digital, pro- gresivo y cuidadoso de la pleura. En uno de los casos Navarro practicó la intervención del lado izquierdo (siempre había sido descrita y realizada a la derecha). De este modo -dice-

“se puede explorar en todos los sentidos la cavidad sub- frénica y las paredes que la limitan. Ya no sólo las colecciones purulentas de este espacio, ni las colecciones hepáticas podrán ser abordadas, sino que con ella ensancharemos mucho el lí- mite de la intervención en los cánceres del hígado y tal vez sea esta la vía de elección para abordar las colecciones torácicas pleurales o mediastínicas. El porvenir, dirá si a ellas esta ope- ración es aplicable.”

Finaliza afirmando.

“El primero de los pacientes falleció a los veinte días por piohemia, con abscesos por todos lados”.

Concluye:

“En consecuencia, Señores, me creo autorizado a decir que tenemos una ancha vía para abordar el espacio subfrénico; como Lannelongue y Monod, yo respeto la pleura pero ella no es para un obstáculo; prescindo de ella alejándola del cam- po operatorio; y la larga resección, entonces posible, me permite explorar en todos sentidos la cavidad sub frénica y las paredes que la limitan”.

2) “Contribución al estudio de los Traumatismos del cráneo (Comunicación al Congreso Científico Latino-Americano)”.*5 Presenta dos casos de cirugía craneana en heridas traumáticas penetrantes de esa región.

A) La primera había sido ocasionada por una bala.

“Convencido de que el proyectil no es aséptico [...], que lo que él arrastra delante de es séptico, ensancho largamente

la herida superficial y agrando la herida del hueso: caigo en

156 Rev Med Urug, 1898; 1: 53-57.

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un foco cerebral que admite dos falanges del índice, lleno de esquirlas, de cabello y de pedazos de proyectil; la sustancia ce- rebral corría a través de la herida”.

Para resolverlo, se guió por el principio general de las inter- venciones por fracturas de cráneo ocasionadas por proyectiles, la llamada “trepanación preventiva” de Monod.

B) El segundo era el caso de un hombre de 24 años que, a consecuencia de una pedrada en la región postero superior del área parietal izquierda, ingresó al Hospital con una herida en esa zona.

A la mañana siguiente tiene hemiparesia del lado dere- cho y afasia subcortical”.

Lo interviene de inmediato, hallando una fractura con leve hundimiento de la calota,

“cuya extirpación deja libre la duramadre, que no estaba comprimida; pero había un pequeño orificio que hizo pensar en la existencia de un absceso cerebral. El cerebro fue incindi- do con el bisturí en una extensión de 3 centímetros [...], lo que dio salida al pus de un absceso, perfectamente localizado, que medía 6 centímetros de profundidad”.

Se hizo drenaje del cerebro con tubo de goma y curación superficial.

YA los cuatro días, los fenómenos de localización desapa- recieron pero se presentaron convulsiones, que finalizaron al retirar el drenaje”.

Concluye:

“la necesidad absoluta de intervenir quirúrgicamente en toda fractura de la bóveda, aún en la ausencia total de sínto- mas, como medio de desinfectar el foco”. El enfermo volvió a presentar convulsiones algunos días después y al examen se observó “que la cicatriz estaba hundida de más de un cen- tímetro y que en ningún esfuerzo se desplegaba: no sólo no había hernia sino que la piel era aspirada hacia el interior de la cavidad craneana”.

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Practicó entonces una segunda intervención, disecando los

planos cutáneo, periostal y meníngeo, con lo que

“inmediatamente el cerebro se hernió e hizo difícil la co- locación de una chapa de plata preparada de antemano y que fue colocada debajo del colgajo profundo, entre él y el reborde óseo. La placa fue sólidamente adaptada al periostio por hilos de seda que la atraviesan por agujeros preparados de antema- no; fue preciso forzar el cerebro para aplicar la placa al nivel del agujero óseo. Reunión completa de los tejidos superficiales”.

En días posteriores, la completa parálisis y afasia fueron ce-

diendo. Con gran convicción, concluye Navarro:

“seguro que lo que se imponía era la reducción de la her- nia cerebral, es decir la supresión de una parte importante de las circunvoluciones rolándicas, o bien, la aplicación de un vendaje que, sabido es, es una mala solución [...]. Estoy au- torizado a decir que en las hernias cerebrales recientes que se producen a consecuencia de la pérdida de la duramadre, lo que trae un desequilibrio entre la presión intraventricular y la presión exterior, el cirujano puede forzar la reducción del cerebro y esperar tranquilamente la cesación de los accidentes pasajeros que ella favorece, seguro de obtener el restablecimien- to definitivo de la función. Vale más que todos los tratamientos propuestos hasta el día de hoy; es esa mi opinión y la que some- to a la ilustrada opinión de mis colegas”

Esta sorprendente intervención ha sido estudiada en pro-

fundidad por el neurocirujano e historiador de la Medicina

Eduardo Wilson, conjuntamente con otras efectuadas -tanto a

nivel cerebral como en otros sectores del sistema nervioso- por los cirujanos de la época en el trabajo titulado “Neurocirugía en el Uruguay antes de 1904”.!*

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Ver: Wilson, E. Creadores de la neurocirugía uruguaya. Alejando H. Schroe- der-Román Arana Iñiguez. Montevideo, ed de la Plaza, 2006, 255 págs. Wilson, E. La neurocirugía en el Uruguay antes de 1904. Rev Med Urug, 1992; 8: 161-173.

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3) “El sulfonal'*? en la espermatorrea”.'% El autor parte de p p la suposición que

“la espermatorrea es debida a un exceso de trabajo mental que pone en actividad a las células cerebrales, trayendo como consecuencia la eyaculación. Con este concepto, si se adminis- tra un medicamento que amortigúe el trabajo mental o que lo anule, la eyaculación no se producirá. Ese medicamento es el sulfonal. En veinte casos en que lo experimentó, sólo en uno no se obtuvo resultado”.

Siguen algunos comentarios de Ricaldoni, Vidal y Fuentes y Jacinto De León (que hace una clasificación clínica de las es- permatorreas).

4) “Aparato para las fracturas del maxilar”.*** Sólo aparece la cita en la Revista. Se trata sin duda de un aparato ortopédico para favorecer la consolidación de las fracturas de esa localiza- ción.

5) “Recto sifilítico”. 2 Se registra el título pero no se publi- ca la observación. Seguramente se trata de la demostración ante la concurrencia de la pieza quirúrgica resultante de la interven- ción presentada días después.

6) “Herida de la región glútea interesando la cavidad pel- viana”.18 Si bien el caso no está publicado in extenso, se trata de una herida de dicha región que llega a la cavidad pélvica, al parecer sin ocasionar dolor. La misma da lugar a una discusión en la que Pouey se muestra sorprendido por la falta del síntoma dolor, a lo que otros, entre ellos Turenne, objetan que han visto casos como el relatado. Lamas afirma que no se puede generali- zar con respecto a dicho síntoma en las heridas de esa topografía anatómica.

159 Sulfonal. (Del lat. sulphur, azufre.) m. Quím.: Sustancia cristalina, incolora, inodora e insípida, poco soluble en agua. Empleada durante algún tiempo como hipnótico, se